Haber sabido antes que eso que nos molestaba de Bono tenía un nombre: “filantrocapitalismo”. Un octosílabo nacido desde la sospecha tanto hacia el líder de U2 como a tanta celebridad que desde los años ochenta confunde beneficencia con publicidad, buena intención con crítica silenciada, y que ha encontrado el modo de concientizar sobre asuntos sociales sin arriesgarse en la denuncia política. Como símbolo de toda esa cobardía, el músico se ha ganado ya un libro, escrito por el periodista irlandés Harry Browne y traducido rápidamente al español (por editorial Sexto Piso).

Bono: en el nombre del poder abre con una foto de portada del cantante junto a George W. Bush (y no se le ve nada incómodo) y avanza por 288 páginas desde una tesis provocadora: al buscar ayuda en economistas neoliberales y políticos conservadores, Bono no hace más que reforzar todo aquello que sostiene la desigualdad que supuestamente quiere superar. “Su mensaje básico es que los ricos y poderosos se ocuparán del problema de la pobreza, en lugar de mirar hacia el pueblo, hacia la democratización como agente del cambio”, cree Browne.

Las pruebas expuestas en su contra son contundentes: la evasión de impuestos en su país con el traslado de los negocios de U2 a Holanda, su alianza publicitaria con marcas como Louis Vuitton y Apple (responsables de graves explotaciones en Africa), su tibieza pública en el conflicto de Irlanda del Norte, la sospechosa amistad con la plana mayor de neocons que sostuvo la farsa de la invasión a Irak, y, en general, la mezcla de paternalismo y pose en cada una de sus alocuciones políticas sobre un escenario.

La conciencia social que muchos artistas mostraban en los sesenta no ha combinado bien con las imposiciones promocionales de estos tiempos, que no sólo impiden el radicalismo sino que acomodan cualquier mensaje al consenso del mercado. Bono es emblema de ese cinismo, postula este libro. Es el propio músico el que lo reconoce: “Me veo a mí mismo como un vendedor. Cuando estoy de gira vendo canciones de puerta en puerta, y luego vendo ideas, como el rescate de la deuda. Como todos los vendedores, soy un poco oportunista, y veo Africa como una gran oportunidad”. El traje de benefactor mundial se le nota hoy deshilachado.