Como en la hípica o como en el fútbol, a la hora de los resúmenes artísticos de cada temporada habitualmente es dable hablar de “escapados”. Ejemplares que se arrancan por metros de aquellos que batallan por alcanzarlos, o equipos que se terminan ubicando varios puntos por delante de sus más cercanos perseguidores. El ganador termina vislumbrándose nítido, indesmentible, y la coronación final no es otra cosa que un mero trámite.

Sin embargo, en materia de conciertos internacionales este año representa la excepción. Como en pocas temporadas, con toda justicia el cetro podrían reclamarlo diversas manos. Podría caer, por ejemplo, en las de Depeche Mode, quienes regresaron para hacer su primer Estadio Nacional, dando cuenta de un culto que se mantiene firme con el paso del tiempo, y al que David Gahan, Martin Gore y Andrew Fletcher respondieron con un show intenso y vívido, anudado por clásicos que se hicieron carne gracias a la impronta de la banda.

Puede pedir lo propio David Byrne, quien en marzo parecía erguirse como insuperable desde la tarima de Lollapalooza, gracias a un trabajo de relojería junto a sus músicos, con quienes construyó una performance tan musical como teatral. Pulcra, elegante, propositiva, absorbente, cautivante, única.

El torbellino de emociones propuesto por Radiohead, seguro que también será puesto en primer orden por más de alguno que logró viajar entre distintos planos esa noche de abril, gracias a la música y la puesta en escena de Thom Yorke y compañía. Un quinteto que incluso optó por sumirse en una posición secundaria en el contexto de un estadio, con tal de que melodías y vibraciones hablaran de modo absoluto.

Gorillaz no sólo pelea su lugar desde la figura de la “deuda”, que tenía al proyecto de Damon Albarn a punto de transformarse en otro “Godot” para la cartelera local. Porque, amén de terminar con la larga espera, el conjunto puso a relucir una estructura colectiva antes que virtual, ubicando a la música en lugar preponderante, por sobre las individualidades y por sobre las animaciones. Y cuando hablamos de Gorillaz, sabemos que nos referimos a algunas de las producciones más brillantes de este siglo, puestas a relucir por primera vez en suelo chileno.

Pero desde esta tribuna, enfrentados a la disyuntiva de otorgar un primer lugar, optaremos por dar tal privilegio a Roger Waters. El británico estuvo en Chile recién el pasado 14 de noviembre con su gira “Us + Them”, y reordenó la disputa. El ex Pink Floyd trajo un espectáculo que representó un punto aparte en materia de tours en curso, varios peldaños arriba de los demás que recalaron en Santiago, en ítems como técnica y relato. El sonido resultó simplemente asombroso para el estándar acostumbrado en estadios, mientras que el repertorio fue equilibrado en éxitos y en material nuevo, y el entramado resultó urgente en su mensaje antifascista y su llamado a la resistencia. Todo coronado con un despliegue monumental, que tuvo en la réplica de la estación Battersea a su mayor elemento.

En definitiva, una pelea amistosa que orquestamos quienes gustamos de los resúmenes, y que en el saldo final nos deja con un agradable sabor de boca: El de haber visto números estelares aterrizando en nuestro país, ya instalado como plaza regular para ese tipo de espectáculos. Ojalá la curva en 2019 se mantenga ascendente.

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