Fue una mañana fría, de día soleado. Aquel 17 de octubre de 1961, en la estación de Dartford, Mick Jagger se sentía un campeón. Dos nuevos vinilos se sumaban a su colección de blues: Rockin’ at the Hops de Chuck Berry y The Best of Muddy Waters. El futuro cantante los lucía orgulloso, convencido de que sus compañeros de la London School of Economics valorarían su erudición musical. Al frente, Keith Richards, estudiante de la escuela de arte y fanático del mismo género, abrió los ojos de inmediato. Miró los títulos de los álbumes y supo que tenía un alma gemela. La semilla de los Rolling Stones era realidad.

Por esa misma época la biografía de Brian Jones, multiinstrumentista y líder de la primera etapa de los Stones, era legendaria. Hijo de un pastor de iglesia, cometió el peor error: antes de cumplir los 18 años embarazó a cuatro chicas. Perseguido por sus padres, mujeres y ocasionales suegros huyó a Escandinavia. Allí, durante casi un año, fue libre. Se ganó la vida tocando música en la calle hasta que, agobiado por la falta de dinero, volvió a la casa familiar. En ese período tuvo una revelación: conoció los discos de Elmore James y se obsesionó por el blues.

Más preocupado de la música que del sustento económico para sus distintos hijos, Jones se incorporó a la primera banda de blues británica: Alexis Korner’s Blues Incorporated. Cosechó elogios: sus solos de guitarra atrajeron público y también a chicas que lo esperaban después de cada actuación.

En uno de esos shows, Mick Jagger y Keith Richards lo vieron y quedaron pasmados. El rubio rebelde, por cierto, era un paradigma de la nueva juventud: vivía al límite y bajo sus propias reglas. Ese gesto —además de su admiración por los mismos músicos— encantó a la dupla y, al poco tiempo, se concertaron para ensayar. Richards le mostró a su nuevo amigo a Chuck Berry y Bo Diddley. Por su parte, el padre de múltiples vástagos consiguió que Jagger fuera esporádicamente el vocalista de la Alexis Korner’s.

Jagger y Richards disolvieron su amateur banda Little Boy Blue and the Blue Boys y se unieron al guitarrista para formar un nuevo grupo. La jerarquía fue evidente y sin chistar. Brian Jones era el líder: se encargó de bautizar al grupo en tributo a un tema de Muddy Waters y reclutó al pianista Ian Stewart, al bajista Dick Taylor y al batero Tony Chapman para cerrar el elenco.

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Estos últimos fueron alejándose poco a poco de sus compañeros y terminaron reemplazados por Bill Wyman y Charlie Watts, respectivamente. A diferencia del trío original —que eran de clase media y que contaban con padres con estudios universitarios—, Wyman y Watts eran de origen obrero. El padre de Bill era albañil y el de Charlie, camionero. Además, ambos trabajaban: el bajista como vendedor en una multitienda y el hombre de los tambores como diseñador gráfico.

Jones y Richards estaban convencidos de que sus canciones serían exitosas. Jagger, en tanto, desconfiaba. Mientras compartía departamento con sus dos nuevos amigos, sufría por su falta de confianza. Y se culpaba: sentía que había defraudado a sus padres al desechar los estudios en la prestigiosa London School of Economics.

Cuando partieron en julio de 1962, los Stones eran unos puristas del blues. Nada de excesos ni libertinaje. Lo suyo era la música, interpretar versiones de sus ídolos negros. Brian Jones, un hombre que soñaba con alcanzar fama, grabó varias maquetas y las presentó en diversas disqueras. Al igual que a héroes como The Beatles y Elvis Presley en sus primeros intentos, le dieron la espalda.

Sin desanimarse, el líder de la banda siguió buscando notoriedad. Y llegó a la pieza precisa: Giorgio Gomelski. De padre ruso y madre francesa, el tipo era un trotamundos recién afincado en Londres. Apasionado por el blues, realizó un festival del estilo al aire libre en la capital inglesa y, poco después, abrió el bar Crawdaddy, uno de los más cool de la ciudad y donde alternaban emergentes bandas de jazz y del estilo que los aspirantes a estrellas cultivaban.

A Jones le costó convencer a su nuevo amigo que les diera una oportunidad en su negocio. Gomelski, consciente de su repertorio, le pedía más canciones y fiato. Una noche, el empresario llamó al guitarrista y le dijo que lo esperaba al otro día para tocar. Para los Stones fue un sueño cumplido. Se pararon por primera vez ante 66 personas y les pagaron dos libras. Pero dio lo mismo. En pocas semanas, su auditorio se duplicó, triplicó y, rápidamente, hubo filas para verlos.

Ese largo camino al éxito… Los Rolling Stones tenían reputación y seguidores. Un diario local escribió de ellos por primera vez y The Beatles llegaron a verlos después de una recomendación. No fue el único favor de los de Liverpool. En un concurso de bandas nuevas en esa ciudad, George Harrison aconsejó a un ejecutivo del sello Decca —que había rechazado a Lennon y compañía— que fichara al emergente grupo.

Más que rivalidad, la relación entre los Fab Four con los londinenses era de aprecio y admiración. Jones, especialmente, envidiaba la fama de sus colegas. Imaginaba provocar esos estados de histeria en el auditorio, lograr ese nivel de repercusión en la juventud. Un día de septiembre de 1963, Andrew Loog Oldham —el ambicioso mánager que vistió como rockeros salvajes a los Stones y que fue asistente de Brian Epstein, el primer representante de los Beatles— se encontró en la calle con John Lennon y Pau McCartney. Necesitaba su apoyo: los Stones tenían que grabar un tema original, pero no se les ocurría nada y les pidió ayuda. La dupla llegó a los estudios, saludó a los muchachos, se encerró en una pieza y en dos horas salieron con un tema. Era “I Wanna Be Your Man”. Se lo cedieron a los Stones y fue su primer hit: llegó al puesto número doce en los rankings.

Aunque Loog Oldham intentó replicar, en un primer momento, la actitud de los Beatles en los Rolling Stones, durante su primera gira nacional cambió astutamente de idea. Había relegado al pianista Ian Stewart a tocar detrás del escenario —“porque parece Neandertal”, dijo—, hizo que se vistieran de forma descuidada, que Jagger mascara chicle mientras cantaba y en una entrevista con la BBC los instó a contestar con un “Sí” y “No”. Cuando los de Liverpool conquistaron Estados Unidos, en febrero de 1964, el mánager estampó una frase para enmarcar: “Nosotros debemos ser la banda que a tus padres les encantaría odiar”.

Los Stones pasaron a verse como una banda de “forajidos, peligrosos y degenerados” y Oldham alentó esa postura, que fue acentuada con las poses sexuales de Jagger y las vestimentas extravagantes de Jones en el escenario. En la interna, en tanto, las relaciones se deterioraron. Poco a poco, el líder fue cediendo protagonismo. Primero a Jagger y, posteriormente, a Richards. Wyman, casi una década más viejo que sus compañeros (obligado por el mánager a mentir sobre su edad real), y un Watts observador y silente prácticamente no eran considerados.

Pese a que en esta primera etapa, Brian Jones es el personaje que dota de sensibilidad pop a las canciones de los Rolling Stones, su ‘gallito’ por la popularidad personal decrece notoriamente. Keith Richards le quita su novia, Anita Pallenberg; el mismo guitarrista forma una alianza creativa con Jagger y lo deja sin piso ni capitanía grupal. Y Oldham comparte vivienda con la naciente dupla a cargo de los temas.

A fines de 1964, el fundador es tratado como un mísero músico de sesión. “Desde que supimos que cobraba más que nosotros en los shows, dejamos de seguirlo. Además, trataba muy mal a las mujeres. El fue responsable de su propia caída”, diría Richards a mediados de los setenta.

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Los Stones omiten el aporte creativo de su ex líder y su habilidad para darle colorido y sofisticación a su música por su dominio de instrumentos como el mellotron, sitar y marimba. Y el multinstrumentista comienza una espiral depresiva y autodestructiva. Desaparece sin aviso de ensayos, se presenta totalmente drogado en los conciertos; se pasea de bar en bar consumiendo altas dosis de alcohol y estupefacientes.

Cuando es despedido, el 8 de junio de 1969, Brian Jones asegura que irá por su resurrección artística. Es sólo un deseo: menos de 30 días después —el 3 de julio— aparece muerto en una piscina. Tenía 27 años. La policía llega a la conclusión de que el desgraciado hecho fue accidental. A Jagger y Richards no les importa. Solo Charlie Watts llora. La primera etapa dorada de los Rolling Stones cierra su brillante capítulo.

En libros

- Yo fui el camello de Keith Richards: Publicado en 1979, es un texto de referencia para todos los libros posteriores sobre el grupo. Su protagonista es Tony Sánchez, guardaespaldas y hombre todo terreno del guitarrista. ¿Su mérito? Cuenta historias de primera mano. Entretención pura para fans e iniciados de los Stones.

- Vida, de Keith Richards: Bestseller apenas se editó. La autobiografía —aunque la escribió el periodista James Fox— acentúa su personalidad de forajido del rock. Minimiza la labor creativa de Brian Jones y destroza, como siempre, a su socio Jagger. El guitarrista relata historias donde es héroe y omite algunos deslices personales.

- Los Beatles vs. Los Rolling Stones, de John McMillian: Desde la mirada de un historiador, cuenta con una minuciosa documentación. Más que hablar de la rivalidad entre las dos bandas más grandes del Reino Unido, los muestra como amigos que compiten por superarse. Aunque siempre bajo el liderazgo de los de Liverpool…

- Los Rolling Stones, de Philip Norman: Autor de obras sobre Lennon, Elton John y Buddy Holly, entre otros, el auto exhibe la evolución artística y personal de un grupo que comienza con covers de cantantes bluseros y se convierte en uno de los conjuntos más salvajes y creativos del rock.

- Rolling Stoned, de Andrew Loog Oldham: Las memorias del mánager del grupo, el hombre encargado de darles el aspecto pendenciero y el comportamiento turbio a los músicos. Retrato nostálgico de una banda que, en apenas dos años, pasó del anonimato a llegar en limusinas a los escenarios.

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