Hace casi un año Francisca Valenzuela (27) tomó una decisión determinante en su vida: dejó la casa paterna en Santiago y junto a su novio, el músico y productor Vicente Sanfuentes, se instaló en California. Arrendaron una casa en Echo park, un barrio verde situado al noreste de Los Angeles. “Encontré un lugar muy diferente de lo que uno ve cuando va de visita. Es una ciudad que parece dura, rápida, impersonal, pero estando ahí me di cuenta de que se pueden hacer muchas cosas, hay circuitos muy entretenidos. Ha sido muy interesante generar un grupo de amigos nuevos. Hay una comunidad joven ambiciosa que está trabajando fuerte. Estar cerca de gente tan capaz y aprender de ellos es muy estimulante”, cuenta.

Ahí armó su primera casa. “Lo que me tiene más feliz es una piececita a la que le digo taller. Un espacio que puedo dominar entero: en una esquina puse los equipos de música, en otra los cuadernos, hay un lugar para los lápices, los recortes… Y descubrí que me gusta la rutina doméstica, hacer cosas en la casa, recibir amigos, siempre tenemos gente invitada a comer”.

Wp-FV-450-3

—¿Cocinas con recetas?

Google es mi amigo y Martha Stewart me ha enseñado mucho. Mi primer aprendizaje en la cocina fue que todo parte con una cebolla sofrita. Pero las ensaladas son mi especialidad, hago aperitivos y otras cositas como sandía con queso feta, nueces, menta, quedan bien ricas.

Dice que irse de la casa fue muy bueno. “Una evolución que todos tenemos a cierta edad. Ha sido entretenido también, con desafíos, uno no está muy consciente de ello, no anuncias: ‘¡cambio de etapa, wuaaa!’ (grita histriónica). Vas hacia adelante nomás”.

Esta dinámica la tiene viviendo un tiempo allá, otro acá. Eso sí, en Santiago llega a la casa de sus papás, a su pieza. “Los invadimos, nos apretujamos, pero es rico compartir más tiempo, estar en el desayuno y en la sobremesa todos juntos”.

—¿Dónde está tu ‘hogar’?

—Es medio esquizofrénico, pero siento los dos lugares como propios. Ahora estoy construyendo un espacio con mi pareja en Estados Unidos, pero llego acá y es como si nunca me hubiese ido. Además, me carga eso del autoexilio.

—Cambiaste de vida, ¿también cambiaron las letras y la música?

—Sí, todo y es natural, no creo que uno pueda hacer el mismo disco 18 veces. Cada cual es el reflejo de un momento distinto. En este disco la pregunta fue: ¿hago lo que puedo o lo que quiero? Eso significó buscar herramientas, aprender lo que me hacía falta para lograrlo, unirme con gente nueva y vivir una experiencia totalmente diferente.

—¿Hubo una búsqueda consciente en ese sentido?

—Totalmente, y más allá de decir quiero que este disco sea así o asá o que esta etapa cumpla con tales objetivos, me importaba componer mejor, producir con mayor autonomía. Por eso decidí trabajar fuera, en un lugar distinto, menos cómodo y más exigente. Por primera vez congelé las cosas. Dejé de tocar y de hacer todo lo que hago comúnmente… y me encerré a trabajar tres meses al estilo de la vieja escuela. Un privilegio que no había podido tener antes.

—¿Armaste tu propia metodología de trabajo?

—Sí. Fue súper rico. Al comienzo pensaba no hacer interrupciones, pero igual fue un periodo intermitente, tuve algunas actividades, viajes que cortaron los tramos de creatividad, pero en esos bloques de trabajo sí había una metodología. Sentía que no podía quedarme ahí esperando la inspiración, entonces me levantaba en la mañana, me sentaba al piano, en el computador y me obligaba a crear. Así compuse unas 50 canciones, muchas de ellas en inglés. Fue muy productivo; apenas terminaba un tema, armaba los arreglos, la producción… Eso lo complementaba con otras actividades, tuve tiempo para pintar, hacer collage, tejer… De pronto me daba cuenta de que eran las dos de la tarde y podía cocinar, volver a tocar piano, ir a un taller, caminar…

Asegura que su biorritmo es diferente cuando compone o canta y esa energía permea todo lo demás, le da cuerda. “Me meto en un ritmo y me embalo, termino una cosa y empiezo otra altiro, me entretengo mucho sola, es un gran juego”.

—¿Qué escribes además de canciones?

—De todo, mucho del tipo diarios de vida a mano alzada, dejo correr la conciencia, registro lo que me pasa, también poemas. Me gustan las palabras, hacer trabajo de vocabulario; leo y anoto, frases, ideas. En el escritorio tengo muchos libros abiertos, subrayados. Soy fanática de David Foster Wallace, estoy leyendo entrevistas de él y de repente digo: esto es increíble, y la subrayo y eso desencadena espontáneamente reflexiones, ideas y lleno cuadernos que nunca ocupo, pero están ahí… Interrumpe: ¡¿Uy es muy nerd lo que estoy contando?!

—¿Autocensura?

—No, es que es algo bien mío. Eso me pasa desde chica. Hay pocos oficios que permiten tener momentos así… Esa es mi suerte, que eso sea parte de un proceso validado para crear mis canciones. 

—¿Le muestras las canciones a alguien?

—Casi siempre a Vicente (su novio) que es productor y músico. Trabajamos separados, pero me ayuda su opinión. Le hago una disertación y le muestro la canción cuando ya está más o menos avanzada, y también a mi hermano menor (23). Lo ‘atrapo’ via Skype, le digo: ‘déjame cantarte la canción que estoy haciendo’ y antes de que diga algo me lanzo: ‘lalara lala… ’.

—¿Le haces caso en sus observaciones?

—Mm, semi semi. Porque uno está muy ensimismada y es terrible si alguien dice: ‘está pésimo, o sabís que no entiendo na’. Me cuesta porque me aferro a las ideas.

Wp-FV-450-2

Francisca es de contrastes. Su imagen etérea, suave, cambia apenas abre la boca y las palabras brotan a mil por hora, las ideas se agolpan en su cabeza, irrumpen por dentro queriendo salir, entonces sus manos se mueven, hacen y deshacen, necesitan estar ocupadas como su mente. Por eso Francisca toca piano, guitarra, escribe, lee, pinta, teje, borda, cocina, practica Pilates y yoga… “Tengo mucha energía y la saco haciendo cosas, no sé de dónde viene, es un impulso”.

Es la cuarta y única mujer de cinco hermanos, y todos son iguales.

“Soy megaacelerada, exigente, abarcadora. ¡Ay, lo más difícil es ser selectiva!, no sé diferenciar qué hay que hacer y qué no. Yo sé lo que es relevante, pero creo que también tiene que ver con que mis proyectos son autodesarrollados, multidisciplinarios, siempre estoy en distintos frentes, decidiendo hasta la ropa de los músicos. Hago listitas con cosas durante el día, hay que mantener todo a flote. Hago harto trabajo de producción que es medio tedioso, entonces en vez de decir: ‘ya filo, esto no es importante, o puede esperar dos horas más’, me meto a resolverlo. Así no me doy ni cuenta cuando estoy muy arriba de la pelota y avanzo, avanzo, avanzo… Y puedo pasarme un mes así, hasta que de repente me siento súper cansada y no entiendo por qué, no caigo en cuenta. Todo gira alrededor mío, es una cosa muy rara…”. 

—¿Y te hacen caso?

—Sí.

—¿Eres mandona?

—Claro, I’m the boss, es mi proyecto, pero también somos un equipo, me importa mucho la opinión de las personas con las que trabajo, que son pocas. Somos muy nucleares. Me ayudan a desarrollar, diseñar y ejecutar todo.

—¿Cómo te desenchufas?

—No manejo muy bien el cansancio. Soy súper buena para estar activa 48 horas y después me muero. Entonces flojeo un fin de semana entero. Para mí el descanso tiene que ser horizontal, estaría en mi cama todo el día. Cuando caigo muy cansada puedo ver 22 capítulos de Homeland medio en coma. El cansancio me hace muy mal.

Cuenta que sueña mucho con su casa de infancia en EE.UU. (donde nació y vivió con sus padres, el biotecnólogo Pablo Valenzuela, Premio Nacional de Ciencias Aplicadas y Tecnológicas 2002 y la bioquímica Bernardita Méndez, que hoy coordina su carrera). “También sueño mucho con la primera casa que tuvimos cuando nos vinimos a Chile. Pero últimamente se repite que estoy corriendo en un aeropuerto, muy atrasada”.

—¿Te sientes chilena?

—Totalmente. Si hasta me pillo diciendo en Los Angeles: ‘en Chile se hace así, tenemos esto…’.

—¿Qué visión tienes de la sociedad chilena?

—Creo que somos pudorosos aún. Hay ciertas características como un cierto sentido del humor que es muy chileno, también somos chaqueteros.

—¿Has sentido el chaqueteo?

—Como sociedad tendemos a exacerbar lo negativo, lo morboso. Hay temor permanente de hacer cosas distintas en cualquier rubro. En mi caso me guío mucho por la intuición, si hay chaqueteo no lo pesco, no le doy espacio para que cuestione o interfiera en lo que estoy haciendo. Hay que saber a quién escuchar, dónde depositar confianzas, distinguir lo relevante y no dejarse llevar por esa cultura negativa y media ‘sapa’ que busca la quinta pata al gato. Esto tiene que ver con que somos un país chico y nos conocemos todos, especialmente en lo cultural. Hay mucho doble estándar, segregación. Todos deberíamos colaborar para cambiar esto.

Por eso, ella resolvió hacer algo al respecto y hace un año y medio se hizo embajadora de la fundación Todo Mejora, asociada a la campaña estadounidense It Gets Better. “Ahí trabajo contra el bullying entre los jóvenes y niños con actividades concretas en institutos y colegios. La identidad de género y sexual es algo que siempre me ha convocado, me parece obvio y natural hacerlo, es básico que una sociedad sea empática y respetuosa con estos temas. Si puedo participar como ciudadana y más teniendo cierta visibilidad, mejor. Me crié en una ciudad con mucha apertura, donde hay variados estilos de vida, de familias y llegué a Chile a una sociedad pudorosa, con doble estándar, conservadora, hostil, violenta, fundamentalista que me generó una reacción interna muy fuerte, que hoy he podido plasmar trabajando en una fundación que está preocupada de prevenir el suicidio adolescente por bullying homofóbico”.

De hecho, Insulto —del último disco— es una canción que alude a la comunidad homosexual.

“Tengo un hermano gay, y una noche nos quedamos conversando hasta tarde acerca de un libro sobre la identidad sexual de un sociólogo francés que se llama Insulto. Aquella conversación me marcó porque me di cuenta de que ni siquiera con la mayor de las empatías puedes comprender lo que sufre una persona por el mero hecho de que su identidad sexual genere tanta violencia u hostilidad en otros. A los dos meses, me salió la canción, un tema de frustración y estigmatización, una queja ante toda esa gente que se atreve a decir que solo existe una única manera de vivir, una única doctrina y que marca constantemente cómo deben ser las cosas”.

Wp-FV-450-4

—Pero en Chile hay más apertura.

—Claro, desde que llegué cuando chica y ahora de adulta hay un cambio positivo, generaciones que están dialogando y poniendo sobre la mesa temas diversos. Somos una sociedad más colorida, crítica y conectada. Ha sido bacán ver como ha ido creciendo esa realidad.

—Incluso hay acuerdo de vida en pareja.

—Me parece poco aún, entiendo las circunstancias, creo que el AVP es una opción para parejas de todo tipo, pero a nivel de personas del mismo sexo y homosexuales debería haber un matrimonio tal cual también.

—¿Qué te parecen iniciativas como el libro Nicolás tiene dos papas?

—No lo he visto, sí he seguido la polémica y estoy de acuerdo en educar a la sociedad desde chicos y naturalizar todo tipo de diversidades, distintos modelos de familias y personas. Entiendo que puede generar una provocación  en los más conservadores, pero me parece un importantísimo paso conversar y validar realidades y nutrir la sociedad.

—¿Has seguido también lo que ha ocurrido en la Iglesia chilena?, fuiste a un colegio católico.

—Fue un privilegio haber ido a un colegio (Saint George’s)donde lo religioso no era lo central y sí había una motivación muy social. Vengo de una familia no religiosa por lo que no mantengo ningún vínculo con el catolicismo.Como ciudadana, desde afuera lo que ha sucedido con los curas  me parece una vergüenza y una desgracia. No estoy a favor de ninguna institución que sea estigmatizante con parte de la sociedad, que sean adoctrinados, hostiles o mentirosos… Ahí hay un tema muy raro que recién está saliendo a la luz y la gente está poniendo en duda un discurso que ha sido el mismo por tantos años.

Está en medio de la presentación de su tercer disco, Tajo abierto, que coincide con la internacionalización de su carrera, que suena mucho en México y España. Por eso, partió con una minigira por Estados Unidos que incluyó Lolapalooza Chicago, con un repertorio mixto de varias canciones de los tres discos y también temas en inglés, después vino España y México. En Chile aterrizó en Concepción y el próximo 12 de noviembre estará en el teatro Caupolicán de Santiago, tres días después se presentará en el club Ansco de Rancagua.

Tocar en vivo es primordial para Francisca.

“Se produce un círculo virtuoso, porque el impulso de crear y componer siempre ha estado de manera intuitiva. Esa versión mía más cruda, catártica y visceral que se puede dar en el escenario me gusta mucho, lo disfruto. La puesta en escena para mí es fundamental, un momento fuerte, donde me siento libre, cómoda, tranquila, comunicando. Me encantan esos instantes en el show que estoy con los ojos cerrados y se me olvida que está lleno de gente”.

Wp-FV-450

El disco —producido por su sello Frantastic, que también organiza y produce su trabajo— se llama Tajo abierto por la canción del mismo nombre. “Representa un hilo conductor medio inconsciente que tiene que ver con canciones y contenido. Son interpretaciones expuestas, vulnerables más íntimas, de soberanía interior. Por otra parte, el concepto tajo abierto me hizo sentido cuando estaba haciendo la lista de temas y agrupando las canciones me di cuenta de que sistemáticamente había una repetición y una alusión a los temas corpóreos, había mucho de órganos, de tejido, de sangre, y me gustó esta cosa de casarlo con lo anatómico, carnal, visceral. Que el disco fuera este cuerpo que uno quirúrgicamente abre y encuentras las canciones como unos órganos adentro latiendo.

—Hablas de sacarse la armadura, ¿eso es personal?

—Es solo para el disco. La canción “Armadura”, en particular nació porque hice una ilustración con unas armaduras medio japonesas y mirando el trabajo de Hajime Sorayama, un artista que me gusta mucho, me metí en la idea de la armadura y empecé a construir desde ahí. Igual debe haber un reflejo mío ahí.

—La que canta es una mujer que sufre, pero es fuerte, se hace la ‘chorita’, ¿qué tanto tiene de ti esa intérprete?

—Es difícil saber cuán ‘chorita’ soy. No me siento identificada con una mujer sufriente aunque esté descontenta. Creo que eso es un rasgo de personalidad, también una búsqueda de identidad. Nunca me he sentido o no he querido ser empoderada, pero hay una veta magnética ahí a la que vuelvo.

—Tu canto es muy femenino, ¿cuáles son las mujeres que hay detrás?

—Mi madre de seguro, como un ejemplo de persona, mamá, profesional y miles de otras cosas, ella es un gran referente; mis amigas también. Y vengo de una familia con muchas mujeres interesantes, poderosas. Además, todos los hombres que me rodean, que son igualmente feministas: mis cuatro hermanos, mi papá, mi pareja. 

—¿Es el primer novio con el que vives?

—Sí, es un compromiso más serio.

—¿Has pensado en la maternidad?

—Seguro. No estoy urgida, ni contando los días, ni pensando en que va a ser así o asá, pero sé que voy a tener hijos en algún momento. Vengo de una familia súper unida, no tengo rollo con eso, si se da qué rico tenerlos con tu pareja y tu familia. 

—¿Cuál es tu canción favorita?

—Va cambiando, además jamás pongo mis discos. Lo hago, lo guardo y nunca más lo escucho. 

— ¿Y si te tocan en la radio?

—Lo cambio.

—¿Pudor o aburrimiento?

—Es que lo he escuchado mucho, al principio los dejaba para ver cómo sonaban, pero… para qué te voy a explicar lo tedioso que es la mezcla, la masterización, la edición… Si está sonando no me molesta, pero yo no lo voy a poner, menos me voy a cantar conmigo misma…