Revisemos la trayectoria laboral de Damon Albarn en los once años que van desde el último álbum de Blur: tres discos de estudio junto a Gorillaz; otro par junto a las superbandas The Good, The Bad and The Queen y Rocket Juice & The Moon (con él en el grueso de la composición); cuatro bandas sonoras para cine; una ópera en colaboración; doblaje de voz en una película animada; la producción para los respectivos discos de tres músicos africanos (Amadou & Mariam, entre ellos) y de las dos ediciones más recientes del enorme Bobby Womack; la co-administración de un sello discográfico con tienda anexa en Londres (Honest Jon’s); la organización de la caravana musical African Express; la gira de reunión de Blur.

Y algo debe estarse quedándonos fuera, de seguro. Por eso, leer que su primer disco solista, Everyday robots, es “un regreso” resulta muy gracioso. Albarn debe estar entre las figuras pop más productivas hoy en actividad y no ha habido modo de extrañarlo en estos años en que su famosa banda se alejó de los estudios. Su prolifidad no es sólo la de la eficiencia: su música consigue ofrecer hoy efectivas luces de adelanto en torno a los rumbos sonoros y también temáticos por los cuales avanza la canción de autor curiosa sobre su tiempo. En el nuevo disco hay una canción sobre la relación entre tecnología y naturaleza. Hay una canción sobre usuarios y videojuegos. Hay canciones sobre soledad en la ciudad y sobre nuestra dependencia de los aparatos electrónicos (el título es parte de un verso suyo que dice: “Somos robots cotidianos en nuestros teléfonos”). Cuando el músico admitió sin pudores que “You and me” se refería a su antigua experiencia con la heroína se cerró una idea interesante sobre la mirada personal del álbum: estas son las composiciones de un creador adulto dispuesto a mirar con calma una juventud hiperestimulada, y que hoy pone a disposición la doble mirada de impudicia y opinión social que pudiera convertir su experiencia en guiños de amplia empatía. Everyday robots es un disco excepcionalmente cercano, y quizás eso sea porque así nos paramos hoy todos, los casi robots, frente a una rutina sobre la que el buen pop todavía puede arrojarnos luces de entendimiento.