Al menos hasta el año 2000, la conceptualización local del sonido negro como tal ocupaba sólo a auditores muy avezados. El resto se acomodaba en atender (y bailar) funk, soul, hip-hop y R&B sólo cuando éstos aparecían tan fusionados con el pop que nadie parecía interesado en hacerse preguntas sobre su arraigo.

Billy Ocean, Pointer Sisters, Lionel Ritchie, Withney Houston y Michael Jackson sonaron en los años ochenta en Chile como propuestas aprobadas por los ránkings de la Billboard.

Billy Ocean, Pointer Sisters, Lionel Ritchie, Withney Houston y Michael Jackson sonaron en los años ochenta en Chile como propuestas aprobadas por los ránkings de la Billboard, sin que alguien en los medios se inquietara por vincularlos a la profunda matriz familiar, religiosa o discográfica que los explicaba.

En ese contexto, Stevie Wonder no era un hijo precoz del sello Motown ni el ex niño prodigio que había superado con su talento una retinopatía de nacimiento, sino, apenas, el tipo que le puso un hit a la banda sonora de La chica de rojo.

Aunque para cuando apareció “I just called to say I love you”, en 1984, el ciego de Detroit ya había publicado diecinueve álbumes (el primero, a los doce años de edad), en Chile lo que importó fue puramente la eficacia de una balada más bien simplona (muy menor en su repertorio histórico), con estribillo adherente incluso para los bloqueados al inglés.

Wonder se acerca ahora a nuestro país (10 de diciembre, Movistar Arena) desde un estátus de sorprendente valoración popular. Ya no sólo los especialistas reconocen en su catálogo una marca histórica que excede la belleza de su voz pastosa, pues ha ido regalando versos políticos, baladas ultraelegantes, grooves de baile y pasajes instrumentales para sampleo (como el archicitado inicio de Superstition) capaces de levantar la canción estadounidense en general.

El adjetivo ‘influyente’ se usa hoy con sospechosa facilidad. En el caso de Stevie Wonder la palabra es, además de manida, imprecisa.

El adjetivo ‘influyente’ se usa hoy con sospechosa facilidad. En el caso de Stevie Wonder la palabra es, además de manida, imprecisa. La música de Stevie Wonder no es la de un pionero que abre caminos para sus admiradores, sino la de un virtuoso que ostenta su genialidad para que el resto nos pasmemos. Sus discos y conciertos se disfrutan al máximo, porque sería simplemente insensato escucharlos creyendo que se pueden imitar.