En días en que tratamos de honrar la música chilena, bien vale la pena sacar a la luz una de nuestras falencias endémicas: La lamentable falta de catálogo que aqueja a nuestro medio. Por supuesto, ya ni siquiera hablamos del formato físico, cada vez más cercano al coleccionismo, sino incluso de plataformas legales de streaming o descarga.

En ellas, no sólo es imposible encontrar ciertos discos un poco más alternativos, aunque en su momento populares, como los de Christianes o Los Barracos, por nombrar apenas un par. Allí tampoco es posible hallar clásicos mayores del repertorio local, como “Las últimas composiciones” de Violeta Parra, nada menos.

Siendo así, no es de extrañar que muchos otros discos chilenos valiosos no estén a disposición de quien ande en su búsqueda. Por ejemplo, “El Resplandor”, la placa que abrió la era en solitario de Carlos Cabezas, efectivamente resplandece… pero por su ausencia. No está en Spotify ni en Portaldisc, por lo que escucharlo hoy sólo es posible buceando en los rincones más inseguros de la web, o gracias a algún usuario que se haya animado a compartirlo en el incómodo formato para los LP que ofrece YouTube.

Hasta hace poco menos de un mes, pasaba exactamente lo mismo con otra placa local que a todas luces merecía mejor suerte: “Álvaro Henríquez”, el único disco en solitario que hasta ahora ha publicado el líder de Los Tres, fechado en el año 2004. Pero, afortunadamente, desde el 17 de agosto es posible encontrarlo en las plataformas más habituales, permitiendo que un trabajo que estuvo fuera del radar por cerca de una década, pueda ahora ser apreciado y disfrutado por quien lo quiera.

El momento es inmejorable. De cara a un nuevo 18 de septiembre, la placa reflota como lo que finalmente es: Un compendio de lo que en realidad podemos entender por música chilena en época contemporánea, sin el afán arqueológico o parcelado con que en estos días solemos revisarla. Es decir, nuestra música asumida como un ente vivo, que siempre se está retroalimentando de nuevas influencias y que continúa su desarrollo de manera permanente. Nuestra música como el reflejo de una identidad dinámica.

La largada es con un tema que fue single, “Sirviente y no patrona”, una pieza ceñida a ese rock vintage con el que Henríquez hizo escuela en suelo local, y que luego fue replicado con más o menos fortuna por numerosas bandas. Pero Henríquez, aquí queda claro, lo ejecuta con muñeca de fundador, incluido el sutil matiz análogo en la producción.

“Le tengo dicho a mi Negra” es un viaje al núcleo de la cueca brava, género que luego se expande en “Tengo más alcohol que sangre”, mientras que “Recién cansado” y “Vida o muerte” son piezas cargadas de nostalgia y desolación, de ésas que dan ganas de salir a ahogar en alguna barra apartada y lúgubre. “Jefe de jefes”, original de Los Tigres del Norte, es releída por Henríquez a ritmo de corrido a la chilena, y el cierre con “Barco y naufragio” se traslada hasta nuestro sur, con matices costumbristas y chilotes, mas no tradicionalistas.

Es decir, un disco como para poner de corrido en cualquier asado por venir, con la confianza en que ningún track nos sacará de la vibra dieciochera, si es que entendemos a la misma como el correlato de una chilenidad evolutiva: Tan tradicional como moderna, tan local como intercultural, y tan rural como urbana.

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