En un viejo galpón, Jorge Drexler (49) baila lo más coordinadamente posible bajo el lente de David Trueba. Su coreografía no es perfecta, pero el cantante uruguayo, y uno de los compositores más respetados de Iberoamérica, parece estar en otra. Feliz y relajado, sus palabras en “Universos paralelos” son acompañadas por las rimas de Ana Tijoux, una de las colaboradoras de su nuevo disco Bailar en la cueva, recién lanzado en el país y que presentó en Chile este 9 y 10 de mayo en el Teatro Caupolicán (Ticketek) y 11 en Rancagua.

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Hijo de una familia de judíos-alemanes que escapó del Holocausto vía Bolivia y que terminó en Uruguay, entre sus oficios Drexler cuenta el haber sido salvavidas, cantante de sinagoga y enfermero. Médico de profesión y con especialidad en otorrinolaringología, un buen día decidió dejar el trabajo al que toda su familia se había entregado para dedicarse a cantar y escribir canciones. Su aventura no fue vacía. Hace diez años su música tomó carácter global luego de ganar un Oscar a la mejor canción por “Al otro lado del río”, de la película Diarios de motocicleta, que en la premiación en Los Angeles era interpretada por Antonio Banderas, mientras Drexler protestó pacífica y elegantemente recibiendo su premio cantando a capella.

Desde Madrid, en el Barrio Chamberí, Jorge —quien vive allí desde que Joaquín Sabina le pidió telonear unos conciertos en España— nos habla de Bailar en la cueva, su disco más arriesgado, donde todos sus viajes por Latinoamérica se condensan en melodías que van desde la cumbia a la música peruana, con colaboradores como Caetano Veloso, Ana Tijoux o los colombianos Bomba estéreo. “Latinoamérica es un crisol maravilloso de culturas. La integración del mundo indígena con el afroamericano e ibérico tiene mucho que enseñar. Latinoamérica es un laboratorio de interacción cultural”, explica.

“Bolivia”, en la que lo acompaña Caetano Veloso, es uno de los puntos altos del disco. La canción “habla de la historia de mi padre, con cuatro años y mis dos abuelos cuando escaparon del  horror de Berlín en 1939. Ellos eran judíos alemanes y vivieron ocho años en Oruro, Bolivia, que fue el único país que les dio visa. Allí nació mi tío y murió mi bisabuelo. Cuando fui a cantar a Bolivia por primera vez hace un año y medio me di cuenta de que estaba muy emocionado y que tenía que devolver en una canción eso que sentía”.

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—La crítica ha dicho que este es tu primer disco bailable, pero a muchos músicos no les gustan estas tipificaciones. ¿Cómo te lo tomas?

—¿A quién no le gusta que le digan que su música es bailable? Es curioso. Yo concibo la danza como un acto fundacional de nuestra especie y la música tiene probados más de 45 mil años de existencia, con flautas de huesos de mamut que se han encontrado. Desde entonces ha habido baile, porque nunca han estado separados. ¡La gente baila en las pinturas rupestres y que sea bailable es un elogio para el disco, porque significa que está conectado con las tradiciones más antiguas de nuestra especie! Bailar es cerrar el juicio sobre cómo uno está moviendo los pies, es una actividad interior, liberadora, que hace romper los cerrojos.

—Pero antes en tus canciones decías “gracias, pero yo no bailo”.

—Lo loco sería no cambiar. Cambiar es un indicador de salud mental. La locura es el piloto automático. Seguir haciendo siempre lo mismo porque te parece que funciona, eso es negar el carácter dinámico de la vida…

—Mover el cuerpo en Uruguay durante la dictadura no era para nada bien visto.

—Yo me crié en un país en dictadura donde hacíamos formación militar antes de entrar a clases y nuestro movimiento en grupo se limitaba a ponerse a marchar en los actos. Bailar no era bien visto por los militares ni por la resistencia.

—Dijiste que el baile es una forma de enfrentar los miedos y los pudores. ¿Cuáles son los tuyos a punto de cumplir 50 años?

—Más allá de los concretos, que no son diferentes a los de cualquier persona, te puedo decir que son menos que los que tenía a los 25. Soy una persona menos pudorosa y rígida. Yo creo que era más viejo a los 29 que a los 49… Mentalmente era más prejuicioso, estrecho de miras, con más miedos.

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—En los últimos cuatro años actuaste en cine, hiciste música para un ballet que dirigió Julio Bocca, lanzaste una aplicación para smartphones para armar canciones… ¿Cuál es tu motor? ¿La familia?

—La familia desde luego no. Es motor emocional, pero no me impulsa a hacer cosas nuevas… al contrario, uno tiene cada vez más ganas de quedarse en su casa. Lo que me impulsa es una inquietud interior, que tal vez responde a un trastorno de personalidad (se ríe). Yo creo que es la alegría y la curiosidad de ganarme la vida con la música cuando ya tenía 30 años y era un señor grande para meterse en algo nuevo. Eso me lo tomo como un privilegio que realmente me gusta.

—En tu vuelta a Chile te vas a encontrar con un país al que le pasó por encima un terremoto y con los cerros de Valparaíso incendiados…

—No conozco otro país que encaje, como un boxeador experto, los golpes con esa entereza y dignidad. Chile está forjado por las inclemencias. Desde fuera llama la atención cómo reaccionan una y otra vez con solidaridad, planificación y organización. Cualquier otro país se desmorona con una cosa así.