Para saberlo, nunca hizo falta acudir a esas canciones de corte más íntimo, crepuscular u onírico, como “Linger” o “Dreams”. Incluso en dechados de actitud como “Zombie”, la voz de Dolores O’Riordan siempre transmitió la idea de fragilidad, de vértigo. La prensa de la época más de una vez se refirió también a ella como dulce y angelical, y hay algo de cierto en eso. Pero pronto entendimos que no se trataba de un querubín luminoso, puro y majestuoso, sino de un ángel en vuelo pesado, contrariado, enfrentado a las sacudidas de alguna fuerte turbulencia.

Todas esas ideas algo extraviadas en la memoria patente, como consecuencia natural del paso del tiempo, reflotan ahora con la fuerza arrasadora de la ausencia y la tragedia, al saber que la voz de The Cranberries se apagó a los 46 años: Este lunes, el cuerpo de O’Riordan fue encontrado sin vida en la habitación de un hotel en Londres.

No hay versiones oficiales. El comunicado sólo habla de silencio, respeto y dolor familiar, mientras su biografía marcada por los abusos sexuales, la anorexia y la inestabilidad, parece señalar una ruta que no podía tener otro destino que el de una temprana partida.

Dolores O’Riordan ya no está, y nos queda la sensación extraña que sólo deja aquello que se desvanece. Como una llama que hace 20 años hubiera nacido de una explosión avasalladora, para luego hacerse cada vez más tenue, hasta apagarse en este lunes gris. Aún está el rastro de cuánto alcanzó la onda expansiva, la marca del núcleo desde donde partía el fuego. Pero éste ya se extinguió.

Quién sabe si afloren con los días las causas que satisfacen el morbo y consuelan por igual. O quizá el tiempo nos haga entender que ello no es estrictamente necesario en casos como éstos, de nombres a los que si bien no alcanzamos a otorgar el estatus de leyendas, sí lograron dejar una marca imborrable.

O’Riordan, sin dudas, lo hizo, como figura emblemática de una de las últimas generaciones que tuvo en el pop y el rock a sus guías espirituales; como estandarte de esa fuga masiva hacia el costado del camino, que terminó llamándose música alternativa; y como cara visible de un proyecto que puso al menos siete piezas en lo más alto de los rankings, en la época en que MTV era el eje de la cultura juvenil.

Podemos hablar de la carga emotiva de esas canciones, el tipo de arreglos, los estilos por los que pasaban. Pero lo cierto es que todo eso entra en un plano absolutamente complementario en relación con su principal atributo: No otro que la voz de la cantante. Un registro que perfectamente puede calificarse de excepcional, no por su riqueza técnica, potencia o versatilidad, sino por aquello que ninguna academia puede otorgar: Identidad, personalidad, sello. A kilómetros de distancia, Dolores O’Riordan era Dolores O’Riordan, y por eso enfrentarse a sus temas podía adoptar el tono único de lo irrepetible.

Tal vez así es como siga viviendo de ahora en más, en los reproductores de millones de fanáticos que hoy también ven cómo una parte de su juventud se aleja, junto con el aleteo de esta ave de paso. Una suerte de gota de agua colgando de una estalactita, que este lunes finalmente se precipitó.

Comentarios

comentarios