En materia de giras, modalidades de nostalgia hay muchas. Desde luego, están los que consagran sus repertorios a los mismos grandes éxitos de siempre, en listas que hace rato no suman siquiera una canción. Pero los últimos años nos han traído también los vigésimos o trigésimos aniversarios de algún disco, shows a la carta, e incluso tours del adiós que se repiten sucesivamente (hola Scorpions).

Como nombre histórico que son, Depeche Mode podría estar hace rato en lo mismo. Desde principios de los 80 hasta ahora, los ingleses acumulan una infinidad de singles que los transformaron en patronos de la new wave y el synth pop, marcos que por cierto tienen más que ver con sus inicios, cumbres y época, porque la verdad es que tempranamente les quedaron estrechos.

En cada movimiento, han dejado en claro que lo suyo es electrónica y rock, pensados no tanto como géneros sino más bien como territorios, como plataformas a partir de las cuales explorar diferentes estilos. Gospel, por ejemplo, en un tema de de Songs of Faith and Devotion (1993) como “Condemnation”; country, en un clásico mayúsculo como “Personal Jesus” (para mejor muestra, escuchar el cover que hiciera el mismísimo Johnny Cash); blues, en uno más reciente como “Heaven”, del disco de 2013 Delta Machine.

Así es como las placas de su era post consolidación en el olimpo (digamos, desde Exciter en adelante) no se tratan sólo de avisar al mundo que siguen activos, sino de comunicar efectivamente. Despojados de la ansiedad por el hit, el siglo XXI les ha permitido mostrarse exploratorios y consistentes, con permiso para imbuirse en una búsqueda sonora propia de quien ya la hizo, y dejando en claro que madurez y desgaste son polos opuestos, aunque algunos los confundan con infinita liviandad.

Spirit es la última encarnación de este perfil, un disco de 2017 integrado por piezas consistentes y concretas, donde el apunte directo y el afán experimental se siguen fundiendo. A algunas de esas canciones acuden en la gira que los trae por tercera vez a Chile, este miércoles 21 de marzo, así como a otras de Ultra (1997) y Playing The Angel (2005), este último un álbum al que el tiempo terminará poniendo entre lo mejor de los británicos.

Clásicos como “Enjoy the silence”, “Everything counts” y “Never let me down again” también tienen reservado su lugar, en desmedro de otros hitos de su etapa synth, presentes en volumen preciso para reencontrarnos con la esencia Depeche: Martin Gore fertilizando la mezcla, alternando los sintetizadores con sus guitarras Gretsch, y Dave Gahan comiéndose el escenario, como uno de los más grandes frontman que es.

El resto, en lo suyo, porque aquí cada uno tiene su rol, y no han temido en confesarlo. El disco explicativo del DVD Devotional Tour da cuenta de esas tareas en boca de ellos mismos: Gore compone y Gahan se echa la performance al hombro. Alan Wilder, aún presente en esos años, confesaba que lo suyo era la artesanía de estudio. ¿Y Andy Fletcher? Mantener vivo el negocio, decía sin remordimientos.

Quién sabe si esos equilibrios, ese justo juego de roles, con cada cual sabiendo que parte mover (el corazón, el cerebro, el alma), hayan permitido a Depeche Mode llegar a 38 años de historia, con influencia irrefutable y modernidad incombustible. Si ello aún se refleja en vivo, lo sabremos este miércoles en el Estadio Nacional. Por lo pronto, el lujo de saber que tendremos una nueva oportunidad con este trío, no nos lo quita nadie. Nos vemos en Ñuñoa.

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