La fama gigantesca que en los años setenta consiguieron los Bee Gees no quita el sinfín de malos entendidos que hasta hoy rodea al trío de hermanos ingleses criados en Australia. Su apego casi esencial a la fiebre disco por poco anuló su valiosa discografía previa en la canción y la balada, y esos trajes de lamé dorado que encandilan cuando se les busca en Google Images no son precisamente los que permiten considerar su excepcional talento como compositores.

Por eso se entiende el revuelo producido por la entrevista ofrecida este mes por Barry Gibb al diario inglés The Guardian. El hombre del falsete —el único que sigue vivo de los hermanos cantantes— habló allí fuerte y claro sobre asuntos poco esperables en una estrella de la pista de baile, como su ego herido. “Cuando todo el mundo piensa que tu música es una mierda, ¿cómo no te la vas a creer? La crítica que recibimos en esos años fue devastadora. Yo no quería ni salir de mi casa”.

Cuando todo el mundo piensa que tu música es una mierda, ¿cómo no te la vas a creer? La crítica que recibimos en esos años fue devastadora. Yo no quería ni salir de mi casa.

La crítica musical de los años setenta debe hacerse un gran mea culpa por lo injusta que fue en su explicación de la moda ‘disco’. No sólo despreció al muy legítimo oficio del conseguir hacer bailar a las masas, sino que tuvo en sus narices a grandes compositores pop a los que nunca siquiera intentó tomarse en serio. Es muy recomendable la lectura de La historia secreta del disco, un libro del inglés Peter Shapiro traducido hace poco al castellano e importado a Chile por editorial Caja Negra.

El cronista logra allí vincular los pulsos del ‘disco’ a movimientos de profundo cambio social, como los de minorías sexuales y antirracismo. Es probable que en tres o cuatro años el disco haya hecho más por los gays y los afroamericanos que décadas de rock; aventura allí, entre líneas, Shapiro, quien levanta, además, uno de los textos musicales mejor escritos de reciente data. Su sola descripción de I feel love, de Donna Summer, merece la compra y la lectura: decenas de adjetivos se ordenan en tres largos párrafos para hilvanar baile, tecnología, erotismo y ¡proletariado! A veces el baile merece tomarse muy en serio.