En sí mismo, el reggaetón ya es un bicho raro en la historia reciente de la música popular. Tras su arribo a Chile, a inicios de la década pasada, tuvo su gran explosión en 2005, cuando “La Gasolina”, “Dale Don Dale” y otros temas emergidos entonces, dominaron nuestro territorio.

Como toda moda, tuvo fieles y detractores, mientras su curso permitía vaticinarle un destino similar al de antecesores como el axé y el merengue hip hop (esa fórmula insufrible popularizada por Proyecto Uno, Sandy & Papo y otros tantos nombres ya olvidados). Es decir, cinco minutos de fama, buena llegada en el nicho juvenil del momento, un par de veranos pegando fuerte, y hasta luego, que pase el siguiente.

Pero el siguiente nunca pasó. Después del reggaetón, sólo vino más reggaetón, y luego una reencarnación del mismo con unas cuantas variantes, a la que hoy llamamos música urbana. Los peces gordos de entonces, en su mayoría fueron relevados por nuevos exponentes como Maluma, J Balvin y Nicky Jam. Casi todos, salvo excepciones como la del gran patriarca.

Quince años después, Daddy Yankee sigue siendo tan efectivo como en sus inicios, y la última prueba al respecto llegó esta semana desde Chile: Tras confirmar un show en Santiago para el próximo 9 de marzo, apenas se demoró algo menos de un día en agotar cerca de 15 mil boletos.

Otra rareza del género entonces: Si en otros movimientos de aspiración masiva los referentes logran marcar cuando mucho a una o dos generaciones, en el mundo del reggaetón ya son varias las que su líder lleva conquistadas. De la era de las pachotadas y de esa grandilocuencia ridícula adornada con bling bling, sacamos en limpio que Tito El Bambino no era el patrón de nada, y que Don Omar no reinaba en ninguna parte. Pero el autodenominado “Big Boss”, parece que sí terminó por ser jefe en estas lides.

Pero ese título, de tenerlo, lo habría ganado con más mérito que la sola permanencia en el tiempo. Justo es reconocer en Daddy Yankee precisamente a uno de los impulsores de la reinvención del género, dotándolo con el germen de su propia renovación. Ya en 2008 anunció una apertura al pop de sintetizadores, en un tema como “Pose”, mientras que en 2010 incursionaba en la fusión tropical, con los genes merengue de “La despedida”.

Son variantes como ésas las que dieron paso al concepto de música urbana, el género que sigue dominando el mundo, algo que el propio Ramón Luis Ayala comprobó de sobra en 2017, como la mitad de ese hito sin precedentes llamado “Despacito”. El tema, firmado junto a Luis Fonsi y Érika Ender, le permitió escalar mucho más allá de nuestra región, y su estatus de artista más escuchado en Spotify a nivel global (en julio de ese año) quedó como la prueba indesmentible de aquello.

Tal vez eso explica que, luego de transformarse en visita regular por estos pagos, ahora anote un último paso en el ya lejano 2016, lapso que rompería el año pasado en un inédito encuentro con Fonsi, pero que un confuso lío con la productora local terminó por frustrar.

Los fantasmas de los desacuerdos con su compatriota, que además lo relegaron injustamente de la gran cosecha del “Despacito”, se hicieron presentes entonces, y quizá es por eso que el éxito de esta venta en Chile cobra cierto ánimo de revancha. La de ver una vez más a los subalternos cobijándose en masa bajo la sombra del jefe y, a este último, demostrando quién es el que en este rubro sigue mandando sin contrapesos.