Dos síntomas en apariencia irreconciliables marcan el período previo al desembarco de Luis Miguel en Chile: Por un lado, miles de fanáticos colapsando los sistemas de compra de entradas, y agotando las mismas en apenas horas, tras el anuncio de sus cuatro shows en el país; por otro, un artista que la temporada pasada no se cansó de hacer noticia por presentaciones erráticas, colmadas de exabruptos indignos de un intérprete de su nivel.

Extremos opuestos que el mexicano ha unido, y que seguirán amarrados a partir de este martes, cuando el hombre de “La incondicional” abra en Santiago una escala más del nuevo aire que vive desde 2018. Una ventisca que llegó luego de al menos tres temporadas a los tumbos, en las que se dedicó a coleccionar polémicas con particular ahínco.

 Entre ellas, la deshonrosa orden de aprehensión dictada en su contra en Los Angeles, en el marco de una causa interpuesta por Warner y cifrada en más de tres millones de dólares. O la emanada en mayo de 2017, luego de que su ex manager lo demandara y él optara por desatender los llamados a declarar.

No fueron los únicos que llevaron su nombre hasta la ventanilla de un tribunal. Alejandro Fernández fue otro que lo demandó por una fallida gira conjunta, y un grupo de promotores hizo lo propio tras una presentación a la que simplemente no llegó, ganándose una funa en pleno escenario, con acusaciones de borrachera incluidas.

Ésa venía siendo la norma del “Sol de México” en esta década, amén de inusuales desafinaciones, largas ausencias durante los shows, desvaríos en escena, indisimulada animadversión hacia sus sonidistas, dudas sobre la idoneidad de su estado, y así suma y sigue.

La debacle habría continuado exactamente del mismo modo, si no fuera por un oasis que apareció en medio del desierto, para reordenarlo todo. “Luis Miguel, la serie” logró acaparar la atención de América completa, entregó nuevos marcos de comprensión en torno al artista, permitió compadecerlo incluso, y disparó su popularidad de forma inédita en esta era del streaming y las descargas.

 La reproducción de sus canciones llegó a aumentar en hasta 4.000 por ciento en Spotify, misma plataforma en que llegó a meter 30 cortes en el top 200 de forma simultánea en México; en su país, además, sus presentaciones se multiplicaron día tras día, mientras que en radios chilenas la rotación de sus temas prácticamente equiparó a las figuras de moda.

El detalle es que el oasis, luego pareció revelarse como espejismo, cuando una vez visto el último capítulo de la serie y sin más andanzas de Luisito Rey por comentar, el ídolo que creímos retornado siguió dando la hora, haciendo el loco en la tarima, y reactivando su colección de pastelazos y polémicas.

Entonces quedó claro: Nunca hubo regreso, porque en rigor no se había ido, sino que ya no lo mirábamos de la misma manera; no hubo resurrección alguna, porque nunca se trató de él, sino de su personaje; no hubo renovación, porque tampoco hubo nuevas canciones liderando la arremetida, sino clásicos de los 80. De algún modo, fue el reencuentro con el primer Luis Miguel el que terminó alimentando la ilusión de un astro con nuevos bríos en 2018, y a la que luego no supo luego responder.

 ¿Podrá hacerlo ahora, en 2019, en el inicio de un nuevo tramo de su gira, precisamente en Chile? El intento de una respuesta sólo podrá llegar el 24 de febrero, cuando el mexicano vaya en su avión privado atravesando de vuelta la cordillera, y sus cuatro presentaciones en el país sean ya una historia escrita. Porque el artista que veníamos viendo, lo cierto es que hace de cualquier proyección un ejercicio vano y riesgoso. Con ése Luis Miguel, aunque siempre incomode decirlo, la verdad es que nunca se sabe.