No alcanza el nuevo disco de Christina Rosenvinge para calificar en la categoría de “reinvención”, pero sin duda que son una sorpresa la oscuridad de sus letras, la austeridad de sus arreglos, la profundidad de sus percusiones (la batería con rever remite a asociaciones lúgubres) e incluso la carga de algunos títulos: “La absoluta nada”, “Balada obscena”, “La muy puta”. Esta última, por ejemplo, es una canción de doce estrofas que asume la voz de una mujer definida por las críticas de otros y condenada por su actuar liberado y pretensión poética, y que es probable se refiera a la propia cantante (“Atrapen a esa rubia… / ¡Que le toca ya!”).

Una mujer tan linda como ella, de apariencia aún frágil y juvenil a los 51 años de edad (“así, danzo desnuda, sin rostro, sin edad / No me afecta el tiempo / ni la gravedad”, canta, probablemente con autosarcasmo), viene proponiéndose hace años ser tomada en serio como cantautora rock. El cometido la ha llevado incluso a cierta sobreactuación: a principios de siglo, una trilogía de discos suyos en inglés encauzó una etapa de trabajo en los subterráneos rockeros neoyorquinos, donde intentó ubicarse en parte apadrinada por dos de los músicos del grupo Sonic Youth. “La gente no sabe qué hacer conmigo”, le decía hace poco la danesa-española a un diario madrileño. Consiguió hits radiales con temas melódicos pero de letras simplonas (“Voy en un coche”, “Mil pedazos”), tuvo una multinacional a su servicio y un novio en plan maldito (el escritor Ray Loriga) que activaba el músculo del estereotipo en los medios. Su disposición actual es más cercana: trabajo independiente y autónomo (composición, interpretación, producción), mayor conciencia comunitaria en las letras (la nueva “Alguien tendrá la culpa” habla de cómo afectará la crisis económica española a las generaciones futuras) y el descarte voluntario de cualquier asomo de glamour.

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“Romanticismo industrial” ha descrito ella misma el sonido de Lo nuestro, la octava publicación solista de una cantante con una discografía iniciada en 1980, pero que recién hoy suena a cargo de aquello que más profundamente la inquieta. Los años creativos debiesen ser despojo, no acumulación. Luego de mil vueltas, de bandas y asociaciones, de pop y de ruido, Christina Rosenvinge confiesa en uno de los temas que cierra su nuevo disco que se hacen canciones no por hambre ni deseo ni encandilamiento ante la belleza o angustia por el paso del tiempo, sino, tan sólo, “la nada / la absoluta nada / que entra y manda a andar”.