A los 52 años, Chris Cornell parecía ser un hombre que venía de vuelta. Padre de familia devoto, sus dos hijos Christopher y Toni junto a su mujer Vivky Karayiannis, y su hija mayor, Lilian Jean, de su anterior matrimonio,  eran el núcleo del vocalista de Soundgarden, Audioslave y otros proyectos, incluso algunos extramusicales, como fundar un restorán en París llamado Black Calavados.

Superadas las adicciones que se llevaron a varios de sus camaradas hace ya varios años, Cornell estaba completamente activo, dejando una canción para la película The Promise, sobre el genocidio del pueblo armenio y había visitado hace poco un campo de refugiados en Grecia.

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Pero mientras muchos veían con alegría el retorno de una de las bandas de rock más importantes de los últimos 30 años y con ello a una de las voces más respetadas de la historia, Cornell tenía otros planes. Luego de subir a escena con Soundgarden por última vez en el Teatro Fox de Detroit, tomó una dosis mayor de Ativan (lorazepan), un ansiolítico que usaba como medicamento según declaró su mujer, que todavía no entiende cómo el cantante se ahorcó tras el show, que horas antes terminó con señales que ahora se leen claras  en las letras de uno de sus primeros éxitos, Slaves and bulldozers del disco Badmotorfinger, uno de lo que dio el puntapié inicial a una generación de músicos como Nirvana o Pearl Jam.

Como si fuera un final completamente pensado, la presentación que cerraba el inicio de una gira mundial de Soundgarden se fundía con un coro de In my time of dying, un clásico de la música góspel que inmortalizó Led Zeppelin, con la que Chris Cornell (52) lanzaba en vivo la última palada a su tumba: “Cuando yo me muera/ no quiero que nadie esté triste/ Todo lo que quiero que hagas/ es llevar mi cuerpo a casa”.

Mientras su mujer e hijos se quedaban con la idea de unas vacaciones para el Memorial Day que estaban preparando, la maldición de Seattle volvió a caer sobre uno de sus hijos ilustres.