Lo ha escrito y dicho el musicólogo Juan Pablo González cada vez que alguien corre a plantearle alguna pregunta que incluya la palabra ‘identidad’: lo chileno de la música popular chilena es, precisamente, su cosmopolitismo. Cuplés, boleros y rancheras se colaban antes en el gusto y las composiciones locales como ahora el funk, el hip-hop o el noise. Vivimos pendientes del sonido foráneo, pero no desde el intercambio de la experiencia cotidiana —la relación con el inmigrante es, aún, entre nosotros una práctica excepcional—, sino desde la curiosidad por aquello que guía al mundo sin realmente necesitarnos. Hemos sido aplicados para aprender sobre música a la que accedemos asomándonos con insistencia y muchas veces sin invitación.

La nueva canción chilena acapara cada vez más líneas y minutos en espacios extranjeros. La atención prioritaria se la lleva si ésta es melódica y juvenil (‘Chile, nuevo paraíso del pop’, llegó a titular el diario español El País), pero resulta innegable la fortaleza de la agenda internacional en vivo de otras ofertas, de Gondwana a Myriam Hernández, de Inti-Illimani a Américo.

Septiembre, mes de tonadas y cuecas —huasas y bravas—, ganará en espesor si nos sirve para descubrir rasgos distintivos de la música que hoy se urde acá, lejana a veces de la raíz aunque también riquísima cuando la explora. Vale la pena buscar el trabajo reciente de mujeres decididas a combinar autoría e investigación, como lo hacen Natalia Contesse en el nuevo Corra la voz, Carola Guttman en Escrito en el agua, La Pájara en Malvarrosa o Pascuala Ilabaca en el premiado Busco paraíso; además de las siempre estimulantes presentaciones en vivo de gente como Fabiola González, La chinganera; la payadora Cecilia Astorga; o el grupo Las Primas, deudor de la tradición de las cantoras campesinas. Es música de chilenas con algo más que orgullo de serlo: su creación se enlaza con una responsabilidad hacia la historia que acomoda su canto.