Chayanne sabe que tras los saltos en el escenario y esas conferencias de prensa llenas de elogios y mieles —hace unos años, una profesional chilena ocupó su turno en la rueda reporteril para preguntarle si acaso quería acompañarla a ver su dormitorio lleno de fotos de él—  hay dolores y momentos duros que deben vivirse en la intimidad. No hay para qué ser impertinente pidiéndole detalles. Dos minutos de Google mostrarán al hombre de “Torero” saliendo en abril pasado del velorio de su madre, Irma Luz Arce, entre cámaras y micrófonos, privado por completo del recogimiento que un día como ése requería.

En un momento, Chayanne mira la colmena reporteril al frente suyo, sólo a metros de un ataúd y de una familia en duelo (su padre, sus cuatro hermanos, su esposa y sus dos hijos) en una funeraria de San Lorenzo, Puerto Rico, y, sonriendo, accede a responder un par de preguntas. Su proverbial simpatía se vuelve, entonces, innecesaria.

“Era una situación muy difícil, y entiendo que te llame la atención mi reacción frente a algo así —concede el puertorriqueño de 46 años y veinte discos—. Pero también sé que el que está en ese momento tomando la foto o el video es tan humano como yo, y está haciendo su trabajo. E incluso puede luego apagar la cámara y darte un abrazo, porque él también sabe lo que estás pasando. Lo que yo quería y quiero siempre es proteger a los míos, evitarles cualquier tipo de herida sentimental. Un momento como ése es de tan profundas emociones”. 

—Eso sucedió hace varios meses. ¿Cómo te ha ayudado el paso del tiempo a enfrentar la pérdida?

—Es difícil, pero va llegando algo que no es aceptación, pero sí un modo de poder manejarse con los recuerdos. Eso ayuda mucho a cicatrizar las heridas. Yo ahora estoy bien, gracias a Dios. Entiendo que hay un ser que amo que partió pero que sigue estando conmigo.

Si el entretenedor acaso más enérgico en la primera línea de la balada latinoamericana sucumbe de pronto a la melancolía, no será más que por un par de minutos. En esta conversación telefónica Santiago-Miami, Chayanne suena todo lo risueño y enérgico que uno esperaría del hombre que se desplaza como enchufado a un generador eléctrico cada vez que muestra en vivo hits como “Provócame”, “Fiesta en América”, “Salomé” y “Torero”; y que además carga de energía erótica sus temas lentos, de entre los cuales “Dejaría todo”, “Tu pirata soy yo” y “Completamente enamorados” son reconocibles para cualquiera que se enfrente al trajín de una ciudad latinoamericana y su gente. Están en los taxis, en las micros, en las salas de espera. Chayanne los ha ido acumulando desde hace ya tres décadas (su debut solista, Chayanne es mi nombre lo publicó a los 16 años de edad), y no parece haberle perdido el gusto al desafío de seguir haciéndonos cantar algo suyo. En su nuevo disco, En todo estaré hay otro montón de potenciales éxitos. Para Chayanne, es importante que este álbum lo reinserte en una dinámica promocional que aún disfruta.

No hay imposibles apareció en 2010. Nunca antes habías dejado pasar tanto tiempo entre un disco de estudio y otro.

—Es verdad. Parpadeas, y ha pasado un montón de tiempo. Vino una gira de dos años, que en Chile estuvo fantástica, luego algunos shows con Marc Anthony (se refiere al tour “Gigante2”), otra gira, y ahí se fueron tres años. Me importaba poder trabajar este disco con calma, cogiendo un poco más de oxígeno que en otras grabaciones. Pude haberlo hecho más rápidamente, pero quise trabajar de lleno.

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Esa dinámica de trabajo, en el caso de Chayanne se concentra en la selección del repertorio para cada disco. El compositor colombiano Estéfano, oído certero en la elaboración de baladas (“Dejaría todo”, “Atado a tu amor”, “Salomé”), es otra vez en este disco un pivote autoral. El single “Humanos a Marte” es un mid-tempo de cadencia contagiosa, y que vuelve sobre un enfoque que al boricua le funciona estupendamente: en sus canciones, la mujer es una reina; y el hombre, un esclavo de sus deseos.

“No me cansa cantarle al amor, al contrario. Todos sabemos que amor habrá siempre, pero también situaciones difíciles en las parejas, y a eso tan infinito yo le canto. Me preocupan las letras, por supuesto. Intento que el estándar vaya subiendo disco a disco, y que las canciones me identifiquen. La verdad es que con las canciones de este disco, que me preocupé de hacer con calma, estoy encantado”.

—¿Crees que están de algún modo en el disco las emociones extremas por las que pasaste este último tiempo?

—No lo sé, pero sí sé que el disco fue hecho con un amor, con un hambre, con un gusto que tienen que ver con aprendizajes muy profundos por los que he pasado últimamente. Vengo haciendo discos desde chiquito, y en el camino he agarrado muchas experiencias. Se da algo que me gusta mucho, y que es que cada nuevo disco que hago, para mí es como el primero, aunque yo sé que estoy mucho más seguro adónde quiero llevarlo. Pero es inevitable que las expectativas te pongan nervioso: yo quiero que a la gente le guste mi trabajo.

—¿Qué tan autónomo eres en esas decisiones de trabajo?

—Soy muy afortunado. Del sello tengo un apoyo grandísimo, una colaboración enorme. No me presionan. Si yo quisiera hacer un disco de concepto pues podría hacerlo, y no lo descarto. Quizás un unplugged o un disco dedicado a la salsa. Ahora estoy trescientos por ciento convencido de querer grabar canciones inéditas, promocionarlas y luego irme de gira con ellas. Toda mi energía está puesta ahora en eso. Soy alguien que ha trabajado mucho, que me he dedicado por completo a lo que me gusta, pero también reconozco una dosis de suerte. Cuánta gente hay que trabaja mucho y sin embargo no consigue lo que quiere.

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A diferencia de baladistas a su altura comercial, como Ricky Martin o Enrique Iglesias, los versos que  Chayanne ha llegado a grabar alguna vez en inglés (como los de “Simon sez”) son una total rareza en su discografía. Ni siquiera la explosión promocional que en 1998 le significó el álbum Atado a tu amor, y que reorientó su trayecto por un tipo de balada-pop más elegante y de cuidado acompañamiento visual en carátulas y videos, lo ha tentado de convencer con su música a un público exclusivamente angloparlante. 

“Estoy súper convencido de mi cultura, de mis valores, de mis principios —dice ahora cuando se le consulta sobre el tema, entendiendo que en lo del idioma hay un criterio cultural amplio—. Me siento bien con lo que estoy haciendo y cómo lo hago. Además, tenemos un mercado enorme. Hay cantantes que ya con México tienen suficiente, entonces cómo voy a decir yo alguna vez que el mundo hispano me ha quedado grande. A veces le hago algún guiño al inglés, y es cierto que hay ideas en mi promoción que están tomadas de artistas de allá, pero me siento muy bien así, con mi español, con mi identidad”.

Un viejo disco casi olvidado de Chayanne es elocuente sobre esa mirada, intrincada a su formación como intérprete y auditor. En Influencias (1994), el boricua reunió diez canciones de artistas a los que admira, por el puro gusto de hacerlo. Hay ahí versiones para “Amada amante”, para “Yo soy aquél”, para “Amor libre”, para “Pedro Navaja”. Roberto Carlos, Raphael, Camilo Sesto, Rubén Blades. Más que los brillos de sus compañeros de generación y el impacto de la balada con sintetizadores, fueron los portentos del canto latinoamericano de los años setenta —con orquestas, con poesía, con conciencia— los que moldearon a Chayanne como auditor, y en ese puente entre estilo y masa se comprende mucho mejor lo duradera que ha resultado su apuesta.