Aunque la última vez que se escuchó su voz fue un 15 de mayo de 2010, la fecha que se recuerda es el 4 de septiembre de 2014. Ése fue el día que quedó grabado a fuego entre los fans de Gustavo Adrián Cerati, hasta entonces transeúntes errantes de un camino que llevaba entre la angustia por su interminable coma, y la esperanza de una milagrosa recuperación.

Ese día, del que este lunes recordamos un tercer aniversario, todo terminó. O más bien, apenas ese epílogo desgraciado, quizá una de los episodios más trágicos que anote el rock latino. Porque en los tres años transcurridos desde su muerte, algo ha quedado en claro: Como pocas veces ocurre, la de Cerati es una herida aún abierta en cientos de admiradores, un duelo que no cesa.

Prueba de ello es el recuerdo emotivo que brota en redes sociales en estas fechas clave, o cierto ánimo compungido que impregna los homenajes que aún se le rinden: Desde multitudinarias citas colectivas con nombres de primera línea, o un elaborado montaje del Cirque du Soleil, hasta pequeños shows de bandas tributo.

Pese al tiempo transcurrido, la garganta no deja de apretarse en ciertos pasajes de esas veledas, las narices siguen congestionándose, los ojos aún se lubrican.

¿Por qué Cerati no despega aún al plano de los mitos, de las deidades, ése al que Michael Jackson o Prince no tardaron demasiado en llegar, una vez pasado el shock de sus partidas? ¿Por qué no figura instalado en el altar de los que ya están más allá de todo, incluso de la nostalgia? ¿De ésos que ya no dejan vacíos, porque su presencia es permanente? ¿Por qué, si méritos tiene de sobra?

Podemos gastar litros de tinta hablando de las bondades artísticas de Cerati. Podemos volver a referirnos a su musicalidad a flor de piel, y a su minuciosa artesanía a la hora de armar canciones. Podemos hablar de ese hombre hambriento de futuro, que no dudó en subirse a todos los vehículos que hacia allá lo condujeran. Podemos hablar del infalible lector de la escena, ése del olfato inigualable para saber qué escucharíamos en los tiempos que se avecinaban. O de ese letrista tan amado como cuestionado, pero que a la hora de evocar con las palabras o de usarlas como elemento melódico, tenía una habilidad simplemente única. Como la que lucía con una guitarra entre sus manos.

Pero Cerati también es más que eso: Es la auténtica banda sonora de varias generaciones, el sonido de una época y sus vivencias, con la transversalidad que ello implica. Fue la puerta de entrada que muchos tuvieron a otros mundos sonoros, en los años en que los grandes sellos nos decían qué escuchar. Es el dueño de un saco de canciones en el que prácticamente todos pueden encontrar al menos una de su gusto. Fue un ídolo a escala:

Tan latino y tan global al mismo tiempo. Una especie de Elvis, de Bowie, pero que ya no debíamos ver sólo en archivos, porque lo teníamos acá, y sólo acá lo entendíamos a cabalidad.

Tal vez habría que viajar a los años de gloria de Sandro para encontrar otro como él, aunque la luz del Gitano se apagó lentamente a causa del declive artístico, el retiro y el enfisema. De su explosión avasalladora, sólo quedaba una llama débil en 2010, cuando la muerte lo vino a buscar.

Cerati, en cambio, parece habernos sido arrebatado, cuando en su corazón todavía quedaba tanto por decir.

Quizás por eso no lo hemos dejado partir del todo a esa galería donde habitan los que dejaron una huella perenne. Ésa donde el recuerdo sólo es motivo de grandeza, respeto y admiración. Porque con nuestra gran estrella, el duelo no podía ser el de cualquier celebridad.

Pero el día en que ya no quede el vacío, sino sólo la historia, tarde o temprano llegará. Y entonces, paradójicamente, Cerati volverá a la vida en la forma que él mismo cimentó, y que no es otra que la de una leyenda.

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