Mientras promediaba el concierto de Depeche Mode, el pasado miércoles 21 en el Estadio Nacional, comenzó mi pequeña obsesión contigo. Esa luz verde infame merodeando de pronto por el escenario, tintineando y agitándose en cada rincón. ¿Quién eres? ¿Dónde estás? ¿Por qué de nuevo tú aquí?

La luz va y viene. La sacas y la guardas. Ok, ¿ya probaste que podías hacerlo? No. Porque, como buen dueño del espectáculo que pretendes ser, esperaste un momento estelar para hacer tu número de fondo: “Enjoy the silence“, ese himno incombustible, que a casi 30 años de su publicación sigue erizando los pelos de quienes nos declaramos fans de los británicos, y que generación tras generación no para de reclutar nuevos adictos.

Era un instante sacro, único, pero ahí estuviste tú para arruinarlo. Cada segundo de la canción lo dedicaste a posar la luz de tu juguetito en algún sector del escenario, manchando escenografías, pantallas, músicos, lo que fuera.

Fue entonces cuando te vi en un borde de la Tribuna Pacífico, la localidad más onerosa del Estadio, cómodamente esparcido en tu silla. Imaginé tu adrenalina al sentir que la estabas haciendo, que estabas traspasando un límite, y pensando que aquello te convertía en una suerte de irreverente. Imaginé a tus acompañantes celebrando tu acción con risotada boba, y sintiendo que a través tuyo lograban probar también el dulzor de lo prohibido.

Pues bien, déjame decirte algo: No eres un irreverente, un atrevido o un temerario. No eres un audaz, capaz de hacer lo que otros no se animan.

Eres simplemente un tipejo que camina por el mundo pensando que sobre éste no existe otro ser más que sí mismo. Un egocéntrico, que no teme arrasar con voluntades ajenas y comunes, con tal de ver satisfechos sus propios caprichos.

Porque, si no te has dado cuenta, tu satisfacción infantil al ver tu puntito verde en el rostro de un cantante, implica necesariamente el atropello a la aspiración natural de otros 50 mil en el Estadio: Ver un concierto, disfrutar de la propuesta escénica que un artista quiere entregar, y en la cual tú y tu puntero no están incluidos.

Pero a ti no te importa eso, porque en el fondo tú no quieres disfrutar del espectáculo: Tú quieres ser el espectáculo, quieres saber que eso que tú haces ha sido visto por todos, sentir que por unos segundos las atenciones están puestas en ti. Si en ese afán hay que echarse al bolsillo a 50 mil, pues que así sea, ¿no? Y si alguien osa reclamarte, tal vez pienses que “le da color”, porque los equivocados deben ser los otros, nunca tú.

Dudo que te preocupes de informarte, pero seguro que algunas noticias llegan a ti de vez en cuando. Imagino que cuando sabes de un barrista lanzando proyectiles a un futbolista, lo encuentras flaite. Un “espontáneo” invadiendo desnudo un acto público, quizás te parezca un loco o un idiota.

Pero lo cierto es que tú no eres diferente a ellos. Eres lo mismo. Te arrogas el mismo derecho para dejar que sólo tu voluntad sea la que prime, que tus pasiones sean las que afloren, sin importar a quién se pase a llevar en ello.

Bájate del pony de una buena vez, tú y todos tus símiles. Si no puedes dejar tu juguete en casa, si no eres capaz de participar de instancias colectivas, mejor omítete de éstas.

Voy a Radiohead este miércoles. Espero que para entonces lo hayas entendido. De lo contrario, espero de corazón no volver a verte.

Comentarios

comentarios