Fuiste una estrella de la canción estadounidense. Eres mujer. Te llega la vejez. Tu destino inexorable es el del recuerdo, con giras nostálgicas por salones de hotel y teatros en los que caben un par de miles de adultos mayores tan conservadores como tu ropero.

En cambio, eres francesa. Tu lectura fresca de la tradición de la chanson te agrupó hace cincuenta años junto a otras “chicas yeyé”, como dio en llamarse el estilo de coqueta sofisticación interpretativa para ropa negra y pómulos altos. Si quieres, te retiras para aquietarte en una vida doméstica y de beneficencia (como France Gall), pero también tienes perfecta licencia para seguir en una búsqueda musical autoexigente y propositiva. El disco que Françoise Hardy publicó en 2012, a los 68 años de edad L’amour fou, fue un trabajo de sobria pero honda reflexión sobre la fragilidad de los afectos en el tiempo, y en el que, sobre piano y violines, su voz mantiene el carácter de esa cautivadora emotividad pensante que la hizo inolvidable en, por ejemplo, L’Amitié, un clásico de su etapa de chasquilla y bluyines. En los últimos seis meses hay discos igualmente sólidos de contemporáneas y compatriotas suyas. A punto de cumplir 70, Sylvie Vartan ha retomado su gusto por el sonido estadounidense de raíz, y levanta en Sylvie in Nashville canciones nuevas y tradicionales junto a invitados como Shania Twain, Lionel Ritchie y Neil Diamond. Su esfuerzo eléctrico y bilingüe es sorprendente para una mujer asentada en una fama labrada entre discos y películas, pero que hoy considera necesario probarse en un área nueva.

Lo de Juliette Gréco supera incluso esas marcas. La cantante de Montpellier tiene hoy 87 años, y su nuevo Gréco chante Brel es el de una intérprete aún inquietante. Su voz grave —“musa del existencialismo”, la llamaban— se ajusta con el carácter debido al repertorio del enorme compositor belga Jacques Brel (la producción del disco es de su esposo, Gérard Jouannest, antiguo colaborador del autor de Ne me quitte pas). No es sólo que Gréco sostenga un disco interesante por sí solo, sino que consigue que sus años le agreguen un color a su canto que ninguna jovencita puede imitarle. Por un lado, entonces, tenemos la rueda de la retromanía que ocupa a tanta antigua estrella en un girar mareador y aburrido. Por el otro, la conciencia de un estilo que encuentra con los años nuevos matices con los que hacerse interesante. El pop actual descubre ahora en Francia las pruebas de que el estilo es más firme que la piel.