Si hay algo que no ha caracterizado a los programas buscatalentos de nuestra televisión, es el lanzamiento de nuevas figuras que verdaderamente vengan a decir algo en el panorama musical local. Si revisamos nombres, quizás María José Quintanilla y Mon Laferte puedan llegar a considerarse una excepción, si no fuera porque el devenir de sus carreras transformó al paso por “Rojo” en un antecedente de muy limitada influencia, y del que incluso era atendible renegar. Denise Rosenthal y Augusto Schuster, en tanto, son harina de otros costales televisivos (“Amango” y teleseries varias) que en su desarrollo no sólo supieron dejar atrás, sino además fuera de contexto.

Pero quizá este 2018 esté trayéndonos finalmente la excepción a esa regla, de la mano de Camila Gallardo. Una figura que logró planear durante al menos dos temporadas gracias al impacto que significó su paso por “The Voice”, aunque sin nuevos antecedentes sustanciales que resaltar durante el mismo período. A punta de redes sociales, campañas publicitarias, y una adecuada comprensión del impacto que hoy tienen los sencillos en desmedro de los discos, la cantante supo equilibrar la rentabilización de su popularidad con la necesidad de que el agua circulara bajo el puente, de modo que olvidáramos lo justo y recordáramos lo preciso.

Pero hoy ya es tiempo de que la artista que será de aquí en más definitivamente salga del cascarón, y es lo que Gallardo logra de forma meritoria en “Rosa”, el álbum que acaba de editar bajo el seudónimo de Cami. En diez canciones, la cantante demuestra definición, norte y tranquilidad para encontrar su lugar, ahuyentando el apuro que antes ha terminado en decenas de producciones ya olvidadas, entre quienes buscaron emerger por la vía de la pantalla chica.

“Rosa”, en cambio, ofrece cierta unidad a partir de aquello que Gallardo ha terminado por elevar como uno de sus mayores atributos, y que no es otro que la naturalidad. Fue su registro más identitario que asombroso, y su estampa fresca antes que artificiosa, los que terminaron por transformarla en verdadera referente millenial, y son precisamente esas cualidades las que ahora son aprovechadas en piezas de inspiración acústica, femenina e íntima.

Por cierto, aquello no se refiere únicamente a canciones lentas, desenchufadas y fogateras (que las hay), sino a un marco referencial, una esencia y un estado de ánimo que impregna incluso al lado más movido de su repertorio. Ahí conviven temas que miran de reojo al rock (“Antorcha”), pop florido y jovial (“Toditas por ti”) e incluso una pieza de costado urbano (“No es real”), aunque libre de los excesos que suelen caracterizar a ese género, además de difícilmente bailable.

Lo predominante, en tanto, son canciones algo más pausadas y sentimentales, que oscilan entre lo folclórico y lo romántico, lo melancólico y lo esperanzador, con espacio abierto para la reverencia vintage que impera en buena parte de la escena femenina latina (“Pa callar tus penas”). Temas populares pero no clichés, que permiten que reluzca la autenticidad del registro de Gallardo, y ese color que la distingue en un universo con tendencia a la homogeneidad.

Una voz que, en definitiva, navega prácticamente sola, y que por lo mismo no queda más que liberar y aprovechar: Arroparla con los elementos justos y pertinentes para que brille y destaque, descartando rutas innecesarias que arriesguen opacarla. Y así, como insinúa “Rosa”, el futuro puede transformarse en un territorio absolutamente abierto, pero en el que ya comienzan a vislumbrarse los cimientos de una carrera que, seguro, dará mucho que hablar.

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