En teoría, no debería impresionar que David Bowie sorprendiera al mundo hasta el final, tratándose de un artista que hizo de la inquietud y la creatividad dos marcas personales y constantes en una carrera de más de cinco décadas y 65 discos. Pero incluso para esos estándares, su última performance es un asalto inesperado. Bowie cumplió sesenta y nueve años el pasado ocho de enero, lanzó su nuevo disco el mismo día, con una estrella negra como todo anuncio sobre la carátula, y cuarenta y ocho horas después se despidió del mundo tal como lo conocemos.

Resulta imposible no escuchar el nuevo disco con otros oídos en ese contexto, y no ver algo parecido a premoniciones en las imágenes lóbregas de sus inquietantes clips postreros, “Blackstar” y “Lazarus”. I’m not a pop-star / I’m not a film-star / I’m not a gangster, enumera el cantante como en un juego de palabras retrospectivo en “Blackstar”, la canción monumental que inaugura esta serie de siete composiciones con la que Bowie prueba otra vez cómo nunca perder el instinto por experimentar, no importa cuán popstar haya sido una y otra vez en su trayectoria.

Su cómplice esta vez es un cuarteto de jazz estimulante y versátil con un saxo como timbre fundamental. Y le sirve lo mismo para multiplicar su voz en distintos timbres y armonías vocales desde futuristas y maliciosas a dramáticas e intimistas. Y para multiplicar ideas y sonidos también, y arremeter desde la segunda canción con un pulso ligero, luego sonar oscuro hasta un modo casi dark en “Lazarus”, sumar un ritmo drum n’ bass en “Sue”, citar al slang de La naranja mecánica con palabras como cheena, devotchka, moodge y malchick en la letra de “Girl loves me”, conmover con la belleza melódica y armónica de “Dollar days” y cerrar con líneas así de sugerentes la última canción de su vida, nada menos: Saying no but meaning yes / This is all I ever meant / That’s the message that I sent. Casi a modo de un legado. “Mira acá arriba, estoy en el cielo” (Look up here, I’m in heaven) es lo primero que uno escucha ahora en esa canción con nombre de resurrección que es “Lazarus”, y entonces es como si siguiera ahí, en una estación más de su eterna reinvención tanto musical como escénica y sexual, como si su despedida fuera otra puesta en escena, una nueva obra de arte con la rúbrica de David Bowie.

Los videos de Bowie en su canal de Youtube.