Los espacios de sombra en el Parque O’Higgins eran los puntos preferidos para las pausas entre bandas durante el intenso fin de semana de rock, pop, dance, hip hop y sonidos de vanguardia de Lollapalooza 2016. Y en esa búsqueda por bajar la temperatura la sorpresa llegó con el refugio de unas ‘ramas’ bastante particulares.

En un festival que aparte de música tiene varias actividades paralelas (moda, juegos, gastronomía, innovación) el Árbol Corona apostó con sus cinco metros de altura en una estructura de material reciclado a mimetizarse en ese pulmón verde capitalino y a entregar algo más que la codiciada sombra: una experiencia.

Era el premio para los que esperaban su turno para sentir esa ansiada frescura asociada a la firma de cerveza. Un viaje de poco más de un minuto a sensaciones que partían cuando ‘ninfas’ abrían la puerta a un bosque mágico.

En el sector del Lolla Lounge también se alzó una réplica del diseño interactivo con un bar. Rápidamente se corrió la voz y músicos, figuras del espectáculo y deporte pudieron sentir lo mismo que otros ya estaban experimentando más cerca de los escenarios con Corona.

“La idea era extender nuestro lema Encuentra tu playa a otros lugares donde puedes relajarte, conectarte con la música, ser tú mismo. No queríamos forzar algo cuando estamos en este hermoso parque de Lollapalooza”, cuenta Camila Plass, jefa de Eventos Corona.

Así que se sumaron a este ‘bosque’ con una especie no mileniaria, sino que ‘millennial’. Un ‘árbol’ que dialogaba con aquellos plantados en otro siglo. ¿Su discurso? Conceptos importantes para esa nueva generación que fue al evento: reciclar, reutilizar, reforestar.

El plan lo tomó el estudio Sud y la diseñadora Esmeralda Garmendia. “Queríamos estar en armonía con este encuentro, el quinto festival más sustentable del mundo”, enfatiza Plass. Por eso tomaron 260 pallets de otras acciones de la marca para levantar el árbol. “Así evitábamos contaminar dando uso a un material ya existente. En paralelo, nos comprometimos con la Municipalidad de Santiago a plantar 50 especies nativas para consolidar este pulmón urbano”.

Y la invitación fue recibida por una expectante fila frente a la Elipse del Parque O’Higgins. Había que entrar y comentar la experiencia al interior de este ‘tronco’.

Así ‘viajaron’ a una realidad alternativa: sintieron ese aroma a tierra mojada, escucharon los sonidos de un parque austral, se pararon en un espacio infinito de espejos, vieron atardeceres en variados paisajes. Al final, los ‘visitantes’ recibían un pequeño saco. Allí partía el compromiso directo. Dentro iba una de las 24 mil semillas nativas para colaborar reforestando. Una tarea que puede hacerse sin sed y a ritmo de rock.