Un apellido como una marca. A estas alturas, continental. Gustavo Santaolalla (1951) no es sólo un buen compositor, y sería insuficiente presentarlo como un antiguo rockero. Insistir en lo de “el rey Midas” de la producción latinoamericana es impreciso: su oído abierto no está sólo para hacer dinero. Más allá de sus conquistas, ha existido en el argentino una dirección de trabajo cuya firmeza es en sí misma un estilo. No parece la de un ex hippie, como pudo haberse calificado al músico en los años de Arco Iris y Soluna, el par de grupos de rock y raíz con los que en los años setenta publicó un total de seis LPs. Tampoco la de un simple buscavidas sudamericano en el gran bazar musical de Los Angeles, en cuyo centro caótico se instaló hace treintaitantos años para ascender, ascender y ascender. Hasta el prestigio local. Hasta los Oscar y los Grammy. Hasta recibir encargos de Jorge Drexler, Elvis Costello, Café Tacuba, Juanes y Los Prisioneros (juntos hicieron el hoy ubicuo Corazones). Su historia sería el crescendo de un triunfador convencional, si no fuese porque está llena de desvíos de honesto sentido artístico. Por cada acierto ha habido una apuesta, y por cada batacazo, un gustito. Ningún productor exitoso latinoamericano (esa categoría tan dada al cómodo), ha conseguido elevar tanto la norma creativa como el argentino barbón de oídos limpios.

Hablamos de Santaolalla ahora porque desde hace pocas semanas circula un valioso nuevo disco suyo, esta vez solista, que lo tiene a él mismo a cargo de un ronroco, un guitarrón, un laúd, un cuatro, un buzuki. Sus treinta y cinco minutos de cuerdas son completamente instrumentales, y suenan a pampa y a sol. No grababa nada suyo desde 1998, y por eso el austero Camino es una noticia importante, más allá de sus vistosos encargos recientes, como la banda sonora que le ha hecho a Relatos salvajes, el nuevo vehículo en cine para el talento de Ricardo Darín, o el trabajo que hoy lo ocupa junto a Guillermo del Toro. Tras cada encargo una obsesión: la identidad. “De dónde soy, a dónde vengo, a qué suena todo eso”, dice él. Encauzar en música esa eterna nostalgia por el sur.