Febrero de 1998. En el peak de su apogeo, mientras registraban las cifras que les permitieron pasar a la historia como la boy band más exitosa de todos los tiempos, los Backstreet Boys aterrizan en Viña del Mar, para participar en nuestro Festival Internacional de la Canción.

El fervor que desata su presencia en la comuna es tal, que a su alrededor todo se transforma en caos: Las afueras del entonces Hotel Miramar (actual Sheraton), las del Hotel O’Higgins, las gradas de la Quinta Vergara, todo luce cubierto de mujeres adolescentes fuera de sí, expresando en gritos y lágrimas las emociones que cualquier conducta racional es incapaz de canalizar. Si las redes sociales fueran también una comuna, lo ocurrido el miércoles 23 de enero no distaría en demasía de lo sucedido hace dos décadas. Personas sobre 30 años, que encontraron en Twitter su nueva calle, esbozaron allí un fervor teñido de nostalgia y cierta jocosidad en torno a sí mismos, tal vez por observar a distancia al adolescente que fueron, pero que de algún modo sigue viviendo en lo profundo de quienes son hoy. Una presencia latente que emerge cada tanto, gracias a detonantes como el de ese día, cuando se anunció que justamente en el Festival de Viña del Mar, la casilla de último confirmado será ocupada por los propios Backstreet Boys.

“¿Pero cómo, existen aún?”, se habrá preguntado más de algún desinformado, y la respuesta es obvia: No sólo han mantenido permanente actividad entre los 90 y nuestros días, sino además con un apego y una efectividad entre sus fans que sólo puede ser excepcional para un conjunto de su tipo. Porque las boy bands, esos grupos de chicos fabricados para el éxito instantáneo en un público infanto-juvenil, han llevado la fecha de caducidad prácticamente estampada desde el momento de su origen. Rara vez superan el lustro de éxito, su declive va de la mano con el inevitable crecimiento de su audiencia, y el recuerdo a su alrededor termina impregnándose apenas de nostalgia, cuando no de vergüenza y hasta una cuota de sorna. Lo saben prácticamente todos los ídolos teen que aquí hayan pegado.

Pablito Ruiz, uno que llenaba todo en el Chile de fines de los 80, hoy es una caricatura de sexta categoría; New Kids On The Block, fenómeno sin parangón entre 1988 y 1991, perdió el favor del público de un día para otro; Loco Mía, los favoritos de las muchachas a inicios de los 90, ahora son un fantasma kitsch, al que apenas se alude con mirada irónica y socarrona; Jonas Brothers, una especie extinta; Five, con suerte un recuerdo; Big Fun, ni siquiera eso.

Los Backstreet Boys, en cambio, permanecen activos con integrantes que promedian los 45 años, siguen manteniendo el favor de fanáticas convertidas hace rato en adultas, llevan más de un año de residencia en Las Vegas, hicieron un crucero temático centrado en su figura, en Chile llenan Movistar Arena cada tres o cuatro años y, en definitiva, se plantan en el mundo con estatus de icono de la cultura pop contemporánea. Un éxito que, por cierto, no se basa sólo en el impacto causado a fines de los 90. Además de la exótica decisión de persistir en un proyecto que debía desaparecer, los norteamericanos han enfrentado la empresa con la sensatez que, puestos en similar trance, otros no han tenido: Con rigor para mantener el nivel y la forma escénica, con plena conciencia de su adultez, del rol que ocupan hoy en la música, sin tratar de jugar al jovencito, transparentando la nueva etapa vital en que se encuentran, e incorporando necesarias cuotas de humor a la hora de abordar su propia herencia.

De ese modo, hasta han jugado con su imagen en spots de televisión, y han abierto las puertas de su presente para documentales que se adentran en el desafío de mantener andando una boy band, cuando de “boy” ya no se tiene nada. El entusiasmo provocado por el anuncio de su visita, asoma entonces como la recompensa a una forma única y llamativa de encarar las cosas, mientras que la posibilidad de verlos nuevamente en vivo por nuestra TV, como una opción que, más que interesante, es derechamente imperdible.

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