Este último viernes (11 de mayo) fue publicado el esperado nuevo disco de Arctic Monkeys, “Tranquility Base Hotel + Casino”. Esperado, porque se trata de una de las bandas que sin dudas ha asumido la tarea de seguir echando bencina en el maltrecho estanque del rock, con discos que han dado que hablar, que han puesto diversos singles en radios, y que han sumado nuevos fans en cada entrega.

Pero tal vez en ese mismo concepto, “esperado”, parece estar el germen de lo vivido apenas ese último álbum salió del horno. Porque, a fin de cuentas, ¿qué es lo que el fanático de una banda espera cuando espera?

El nombre Arctic Monkeys fue trending topic en Twitter durante las primeras horas del disco en el ruedo, y en los comentarios imperantes en la red del pajarito parece encontrarse una cercana respuesta a esa pregunta: Todo indica que el fan promedio no espera otra cosa que lo mismo de siempre.

Si hubiera que resumir en un concepto la reacción mayoritaria en las redes sociales —que, como sabemos, sirve de parámetro para la reacción general, pero no debe ser homologada sin más con la misma—, probablemente el más próximo a lo observado sería “decepción”. Seguidores, simpatizantes y simples conocedores, parecieron encontrarse en su desazón ante la nueva propuesta de Alex Turner y compañía, mucho más cuidada, intimista y reposada que en las entregas anteriores.

Una noticia quizás desconcertante para quienes esperaban una descarga de decibeles, riffs distorsionados y rock para la pista de baile, pero que a cambio se llevaron una colección de temas con toques de soul, aires de salón, manufactura de cancionista, bocanadas de humo, y una mirada hacia adentro antes que a las multitudes.

¿Una traición a los principios que, se supone, los Monkeys enarbolaron alguna vez?

Pues lo cierto es que eso es altamente discutible, cuando no una falsedad. Aunque el look rockabilly de Turner y ciertos singles exitosos hayan permitido construir una imagen particular en torno al grupo, lo concreto es que el cambio ha sido parte de su ADN a lo largo de su discografía. El giro actual, entonces, no es otra cosa que el más pronunciado, pero de ningún modo el primero.

Pero y si lo fuera, ¿cuál sería el problema? ¿Dejar de sonar como siempre sonaron? ¿Tener la audaz idea de probar otro sonido, de estudiar, investigar, desafiarse, provocar o atreverse?

Pues si todo eso fuera un “pero”, el problema ya no estaría en las inquietudes artísticas, sino en los propios fans que con o sin querer se haya cultivado. Esos seguidores promedio, que se quejan porque Manuel García ya no es el de “Pánico”, Lucybell ya no es el de “Peces”, los Guns ya no son los de “Use your Illusion”, Metallica ya no son los del disco negro, The Cure ya no son los de los 80, etc. Es decir, seguidores que no son del grupo, sino del éxito, del correlato que ciertas canciones tienen con sus momentos vitales, y de su propio período de mayor exposición musical, que no es otro que la juventud.

Allá ellos, anquilosarse es su opción. Pero pretender que aquellos a los cuales han admirado sigan similar curso, desde luego que no suena muy legítimo. Los artistas, por definición, se mueven y evolucionan. En ese camino, acertarán algunas veces y errarán otras, pero quizá ese riesgo sea preferible al inmovilismo. Y si a partir de ello viene un recambio o una depuración en la base de seguidores, pues que venga: Es un costo que, sin dudas, valdrá la pena pagar.

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