Tardes de viernes 18 y sábado 19 en el caluroso enero capitalino. Hora de inicio agendada para las 19:30 horas en el Estadio Nacional, anticipada por una energética DJ recibida como una estrella más por el público, durante cerca de 30 minutos.

Ésas son las coordenadas de inicio para lo vivido el fin de semana en el recinto de Ñuñoa, y que se cumplen con precisión oriental. Ojo, que esta vez no se trata de un símil, sino de la más estricta realidad: Mal que mal, hablamos del festival SM Town Live Special Stage, evento protagonizado exclusivamente por figuras del pop coreano, y que generó amplios comentarios en la víspera.

Pero lo cierto es que el desembarco de la mayor cita de K-Pop registrada en Chile ha comenzado a vivirse mucho antes de ese momento. No sólo en las horas previas, con adolescentes apostados desde temprano en los accesos al estadio, ocupados también por vendedores de cuanta chuchería exista (además de abundante merchandising no oficial). Ya en la jornada anterior, el aeropuerto de Santiago tuvo minutos de caos en la llegada al país de los artistas, y hasta una conferencia convocada en un mall debió ser suspendida a causa del fervor descontrolado.

Son parte de las cosas que ocurren en la dimensión paralela del K-Pop, un sello de origen que acabó transformado en cultura urbana, y que el fin de semana demostró su condición de planeta aparte, con lógicas únicas e irrepetibles en cualquier otro espectáculo pop del orbe.

Al respecto, hay cuestiones obvias, como las dimensiones colosales de la estructura que acoge el show, y que van mucho más allá de un simple escenario. Desde ese espacio tradicional, ahora emergen también larguísimas pasarelas en dirección a otras tres plataformas, rematando en una quinta tarima bajo las ubicaciones más lejanas, a la que se llega mediante vehículos descubiertos.

A la vista está también lo que ocurre en las performances, con interpretación en vivo prácticamente nula, pasos de artistas que rara vez superan las dos canciones al hilo, y combinaciones de toda índole a la orden del día: Primero un grupo íntegro, después otro incompleto, más tarde una fracción de un conjunto y luego la otra, seguido de la reunión entre un miembro de éste y otra integrante de aquél, relevados por un solista, etc.

Quizá un público promedio no resistiría tal libreto, pero el devoto del K-Pop lo hace de buena gana. En su mayoría infanto-juvenil, los asistentes disfrutan de un formato quizás pensado para sus cuotas de atención estimada, sin nadie largándose con un repertorio, y con sucesiones siempre rápidas, mientras una pantalla superior va dando cuenta del quién es quién. Cada tanto, alguno de los protagonistas se lanza con larguísimos textos en coreano, que se hacen más largos en la traducción en off. Se habla de visitar Valparaíso, comer cazuela, caminar por la Plaza de Armas, y otros clichés similares de efecto instantáneo en una audiencia naturalmente proclive al sobajeo chauvinista.

Así es como pasan los esperados EXO, Girls Generation, Red Velvet, NCT 127, NCT Dream, dos representantes de SHINee, los ya “clásicos” Super Junior… Todos exponentes de un pop prefabricado que remite al funk ochentero, el dance de los 90, la EDM actual, y algunos con ese toque oriental de estética cartoon. Es decir, aunque muchos de sus seguidores quieran pensar que sí, lo cierto es que no hay en el K-Pop una configuración de género. Sí de escena, luego devenida en chispa que encendió la mecha de tribus o nichos en países tan remotos como Chile.

Una escena constituida alrededor de un origen y un idioma, pero también en torno a un modo de hacer las cosas, y cruzar la información que flota al respecto, subir la vista hacia el marionetista que mueve los hilos, hace que el hecho de testificar este rito particular, termine transformado en algo del todo excepcional.

Porque en el orden dispuesto, es imposible no imaginar a la productora coreana que da nombre al festival, y a cuyo alero crecen todos estos grupos, como una suerte de factoría, un gigante que determina quién hace qué, cuáles serán las características de éstos y de aquéllos, cuál será el guión del evento, dónde estarán los puntos de inflexión de la velada y cuáles serán los discursos a pronunciar.

Los mismos ídolos cuyas fotos se venden en los suelos de la plaza San Borja, terminan revelándose como extraordinarios ejecutantes de un diseño ajeno, trabajadores orientados a construir un producto garantizado, tan bien definido como un smartphone Samsung, un automóvil Hyundai o un televisor LG, entre otras firmas con sede en Seúl. El giro de SM, en tanto, parece ser la fabricación de ídolos, y SHINee, EXO o Super Junior, no serían otra cosa que los modelos disponibles del producto en cuestión.

Para un afuerino, entonces, la experiencia musical termina transformada en una de tintes antropológicos e industriales. Extraña, envolvente, desconcertante, apabullante, impactante. A todas luces, fascinante.

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