Se escribe a veces con sorna que hay que echarle la culpa a Bob Dylan de haber inventado la crítica de rock. En la denostación al gremio circula otra comparación graciosa: que Elvis Costello debutó en los años setenta lleno de alabanzas de los críticos porque al fin surgía un músico que lucía como ellos. Esnóbs, sobreintelectualizadores, sin calle: no vamos ahora a descubrir las acusaciones con las que carga el oficio —usualmente blanco, masculino y anglocéntrico— de comentar los discos y conciertos de quienes se ponen frente a un micrófono o delante de un amplificador. Pero de entre esos recelos se repite uno particularmente injusto: el discurso antietiquetas, que suelen proferir los propios músicos. Cómo odian que se les clasifique. Y cuánto disfrutan esquivar las autodefiniciones básicas sobre lo que hacen. A veces se pasan de listos inventando categorías que no significan nada (“metal pájaro”, “rockéricos populárikos”, “punk-reality”), en un despliegue gratuito de ingenio innecesario.

“Las etiquetas acotan, publicitan, agrupan a ovejas que pastaban en soledad. Sirven para construir la taxonomía esencial para dar sentido a la inmensidad de grabaciones. Son especialmente útiles las que se aplican retrospectivamente: ofrecen el milagro de la segunda oportunidad a una porción de ese noventaicinco por ciento de discos que pasan inadvertidos en cualquier época”. Diego A. Manrique (crítico estrella de España) vuelve a tener razón. La digitalización de la música abrió hace unos años la compuerta a un intercambio de archivos apabullante, y hoy la comodidad del streaming nos acostumbra a la búsqueda infinita, imposible de acotar. En ese universo, la clasificación no es un capricho de periodistas perezosos, sino el mapa político en el que podemos acordar ubicar lo que suena, y encauzarlo de algún modo asible. Como tal, sufre justos acomodos. No es correcto seguir hablando de “world-music” cuando el eje de análisis al fin comienza a desplazarse de Estados Unidos, pero tampoco hay por qué negar que tres acordes eléctricos en secuencia acelerada son —acá y allá, antes y ahora— punk. Escuchar música de click en click no ha matado la humana necesidad de saber dónde se pisa. La etiqueta no es un juicio de valor, sino apenas una brújula.