Qué hubiese sido del periodismo de rock del siglo XX sin todas esas benditas listas. Aparecían de todo tipo, extensión y criterio; de las canónicas a las ridículas, de las propositivas a las irrelevantes. Y estuvo bien: nos ayudaron a orientarnos por entre el bosque tupido de grabaciones de cincuenta años de convivencia entre artistas que iban haciendo camino al cantar.

Pero ya está bueno; basta.

Las listas no tienen hoy ningún sentido, y, las más de las veces, lo único que ordenan es la falta de imaginación de los redactores a cargo. Revistas como Rolling Stone y Q —y también uno que otro suplemento local— insisten en presentarnos la canción popular como una secuencia hegemónica: blanca, angloparlante, rockera, primermundista; y, para peor, necesitada de una jerarquía como de premiación escolar. La trampa funcionó por varias décadas, pero ya no más. Una de las bendiciones que ha traído la distribución online de música es que hoy el gusto juvenil avanza por entre vericuetos: si al inicio se ajusta a una cierta guía canónica, luego se dispara por entre atajos, desvíos y puentes colgantes que vinculan géneros que la convencional crónica rockera antes nunca unió. El acervo musical personal es hoy reflejo fiel de un oído curioso, no de uno obediente.

Y así debió ser siempre. Porque, a diferencia de lo que pronosticaría un cálculo flojo, esa diversidad aporta en precisión. Hace poco fue noticia que la edición estadounidense de Rolling Stone había ubicado al chileno Víctor Jara entre ‘Los cincuenta rebeldes del rock’n’roll’. Las mentes a cargo de una selección tan innecesaria eran las de la vieja escuela, ansiosas por ajustar a un molde cliché (rebeldía=rocanrol=género aspiracional) un criterio que no hacía más que reflejar su ignorancia. Hay mucha vida sonora más allá del rock y sus corsés de pretensión subversiva (por completo inofensivos, a estas alturas). Las listas son rígidas, y la música, por fortuna, es sinuosa.

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