Se trata de una placa que, antes que canciones, valida el concepto primario de tracks, piezas. De ahí quizás viene el hecho de bautizar cada corte con una secuencia correlativa de nombres, que parte en “Manchitas A” y termina en “Manchitas K”. Once pasajes que, en lugar de melodías, privilegian las texturas, las atmósferas y las sensaciones, hasta construir un conjunto de naturaleza reposada, onírica, espacial y persistente.

“Ambient”, podríamos decir, aludiendo a la vieja terminología electrónica, y usando ese anglicismo que habla por sí solo respecto de la naturaleza de la música: Cuadros envolventes que se mezclan con el aire, con las paredes, hasta transformarse en un elemento más en el entorno de quien escucha. Y modificando esa atmósfera, además, con momentos que pasan por lo onírico, lo pacífico, lo acuático, lo intrigante, lo aéreo… A ratos más frío, otros más cálido, pero siempre con vocación introspectiva e intimista, aunque no claustrofóbica.

Eso es lo que se podría decir de “Manchitas”, el nuevo disco de Jorge González, desde la vereda de la crítica musical y estética. Pero lo cierto es que el contexto que rodea a esta placa, grabada entre diciembre de 2017 y febrero de 2018, hace que los párrafos anteriores se transformen en algo simplemente sobrante.

Ya acostumbrados a dejarnos conquistar o no por melodías aisladas, que luchan por escapar de la fugacidad de las playlists, esta vez resulta imposible separar la escucha respecto del presente de un Jorge González disminuido, quizá hasta atrapado en un cuerpo que ya no responde de la forma en que él quisiera.

Imposibilitado de tocar guitarra, bajo y teclados, los instrumentos que lo acompañaron por más de 30 años, otro en su lugar habría optado quizás por una jubilación en toda ley. Dar vuelta la página hasta transformarse en un recuerdo, un ser ajeno al tiempo actual, que termina mirando todo desde la dimensión del retiro.

Pero quizás Jorge González no sería Jorge González, una de las más grandes glorias de la música popular en Chile, si se acogiera a semejante alternativa, por comprensible que hubiera resultado. En cambio, el ex Prisioneros, aunque arrastrando las secuelas perpetuas de un accidente cerebrovascular, prefiere reinventarse para seguir creando, sopesar las posibilidades de su condición actual y continuar en el ruedo.

Si no está el bajo o la guitarra, bueno, estará el mouse. Si el ritmo del rock y el pop se torna dificultoso, en la electrónica más reposada puede estar la pista adecuada para la nueva carrocería de González. Si el canto ha dejado de ser una herramienta factible, el terreno instrumental puede ofrecer mejores perspectivas.

De este modo, “Manchitas” le podrá parecer un gran disco a algunos, o uno más a otros, cada quien verá. Pero sólo seres algo menos que humanos no podrían tomar éste como un trabajo loable y heroico, fruto de un espíritu admirable y, finalmente, conmovedor.

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