Como si fuera una pantera platinada que no esconde sus sesenta años, Annie Lennox apareció en el escenario de la reciente entrega de los premios Grammy como una musa rockera que no desperdicia el glam ochentero que la convirtió en figura potente de la música británica junto a David Bowie y Freddie Mercury. Esa noche fue suya cuando interpretó Take me to Church y después el clásico I Put a Spell On You junto a la guitarra del irlandés Hozier. El ‘amén’ que la artista lanzó entre una y otra canción, no hizo más que poner nuevamente en relieve la faceta de esta cantante que marcó el espíritu rebelde de las mujeres que se atrevían con cortes de pelo masculino, trajes de smoking y corbatas negras. Ella, con bastón y sombrero de copa, era la encarnación de un feminismo feroz con banda sonora y letras severas.

En 1977 conoce a David Stewart, quien fue su pareja fuera y adentro de los estudios de grabación. Formaron el dúo Eurythmics, un nombre que rendía homenaje a un antiguo estilo de baile. El disco más famoso fue Sweet Dreams, que llegó a vender más de seis millones de copias en 1983. Con canciones como Who’s That Girl, Love Is a Stranger y Right by Your Side, Annie fue una de las primeras en confirmar que un perfecto registro contralto no sólo era patrimonio del canto lírico y la ópera, sino que además podía ser la clave de un nuevo pop; enérgico y dramático entre fríos sintetizadores.

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Cuando le preguntan por ese pasado de gloria, ella lo ve como un camino que estaba escrito. Un eslabón que la conectó con la industria y que tímidamente trató de sortear con trabajo y perfeccionismo. La ruptura fue antes de que terminara la década y por desavenencias irreconciliables se separó de Stewart para comenzar su carrera en solitario. Su primer single Why fue éxito inmediato y el video de No More I Love You’s, donde aparece rodeada de hombres maquillados y vestidos con tutú, la confirmó como estrella de la disidencia: una voz que repetía al infinito que el amor podía ser posible en distintas esferas y direcciones. Casi tres años después graba su segundo disco: Medusa. Nuevamente triunfa y le ofrecen que cante la canción principal de Drácula, la película gótica de Francis Ford Coppola. Ella parecía ser la única capaz de entender que los amores prohibidos podían trascender la historia.

Nació un 25 de diciembre en Aberdeen, Escocia. A los pocos años, su familia vio en ella un registro vocal que quería imponerse ante el mundo y no dudaron en inscribirla en el coro de la iglesia del pueblo. Los padres pudieron acompañarla poco tiempo: ambos murieron de cáncer cuando ella cursaba sus estudios de piano, flauta y clavicordio. En la Royal Academy of Music de Londres prosiguió sus estudios en los años 70 mientras cantaba en bandas experimentales como Longdancer y Windsong. Nada era fácil. Proveniente de una familia de esfuerzo, dependía de becas y trabajaba en tiendas y bares para conseguir dinero extra.

Cuando ya alcanzaba la fama junto a Eurythmics, apareció su faceta más excéntrica. Se casó en 1985 con un influyente Hare Krishna en Londres: un alemán llamado Radha Raman, quien la vinculó con la filosofía de Oriente y la meditación. Fue una relación que apenas duró un año. Entre 1988 y el  2000, estuvo casada con el productor israelita Uri Fruchtmann, el padre de sus dos únicas hijas: Lola y Tali. Antes de que cambiara el siglo fue madre por tercera vez. Pero su hijo Daniel nació muerto y ella experimentó una crisis emocional tan fuerte que cambió por completo su forma de ver las cosas. Se convirtió en activista a tiempo completo, sostenía reuniones con Nelson Mandela, defendía los derechos de los más pobres de la Europa Oriental, además de reunir fondos para combatir la hambruna en África y conseguir recursos para la epidemia del Sida, esa enfermedad que le fue quitando tantos amigos de la música, el cine y la moda. En su misión no ha estado sola: la acompaña su tercer marido: el ginecólogo sudafricano Mitch Besser con quien se casó en el 2012 en un velero que cruzó el río Támesis, con invitados del mundo de la medicina y de la música.

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Muchas veces dijo sentirse ‘desengañada’ por los hombres, sobre todo antes de Besser. Al punto que manifestó que su vida habría sido más fácil si hubiese sido lesbiana. “Una mujer como compañera quiere Lennox”, escribían los tabloides ingleses. Fueron tan fuertes sus palabras que tuvo que explayar sus ideas ante la revista Saga. “No me parece que ser gay pueda ser tomado como una alternativa, porque no es así. Pero algunas veces desearía que lo fuera porque de esa manera todo sería más sencillo”. Eran tiempos duros desde el punto de vista emocional y ella misma se explicaba sin remordimientos. “No quiero rechazar la posibilidad de enamorarme de nuevo, pero realmente creo que para el noventa por ciento de las mujeres, la mayoría de los hombres son una gran desilusión en cuanto a relaciones personales. Que quede claro que tampoco soy una mujer ‘detesta-hombres’, porque en realidad me encanta su compañía”.

La tildaron de lesbiana combativa y a ella no le importó. “Creo que las mujeres heterosexuales inteligentes son un reto para los hombres heterosexuales”. Y cerró el tema invitando a ‘no actuar estúpidamente’ para apaciguar al género masculino.

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Tal como a Sinead O’Connor, hay cosas que le molestan de la avanzada musical de estos días: considera que existe una tendencia de sexualizar la música, de vender productos que no son más que una estilizada pornografía con un pobre acompañamiento musical. Es el ‘auto-abuso’ de la industria actual. “Las cosas han evolucionado tanto que algunos han ido hacia atrás”, dijo. “Los artistas no son conscientes de que en su público hay niños de apenas siete años de edad ¿Qué es eso?”, lanzó. Su capacidad de compromiso, su aporte a la música y sobre todo la idea de que Escocia debe ser parte de la gran nación británica, le han valido simpatías que nadie imaginó en una cantante que en los ochenta parecía expresar toda la rabia contra el régimen de Margaret Thatcher. En el 2010 la misma reina Isabel II le concedió la Orden del Imperio para ser una nueva Lady de pelo corto.

Sus juicios son certeros. Como cuando hace un par de meses se fue en picada contra Beyoncé. “Su feminismo no es más que un símbolo. Si bien es una artista fenomenal, creo que sus ideas en torno a la mujer no son más que una fórmula para promocionarse a sí misma”. Nadie había puesto en tela de juicio la actuación de la diva negra en los MTV VMA del año pasado, cuando se desplegó en el fondo del escenario la palabra ‘feminista’ con grandes letras blancas e iluminadas. “A eso yo lo llamaría un feminismo light. No quiero criticarla, pero sí me gustaría sentarme junto a ella un día de estos, escucharla y saber por qué piensa así. No es la única: me gustaría saber qué piensan muchos artistas sobre esto”.

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Fue nuevamente una lady de ojos inquisidores, porque lo que hizo no fue más que dejar en claro que esa postura para defender los derechos de la mujer no era más que un anzuelo para vender música de baja monta. “Veo a un montón de artistas tomando la palabra feminismo como rehén, y usándola para promocionarse a sí mismos. No creo que ellos representen de corazón las profundidades del feminismo. Para muchos es muy cómodo, y eso no me gusta”.