Falta poco para la hora de almuerzo de un miércoles de octubre y dos jóvenes inglesas de color, con cuerpos esculturales, se toman una copa de vino blanco mientras conversan y miran el lago Llanquihue. Son las gemelas Sade y Cristina Alleyne y charlan sentadas en uno de los muelles de madera del Teatro del Lago, en la comuna de Frutillar, a unos mil kilómetros de Santiago. El día está espectacular para esta zona del sur de Chile y las muchachas, bailarinas, parecen disfrutar de los rayos del sol y de la vista sin ninguna prisa. Ambas forman parte de la compañía de danza contemporánea Akram Kham, del famoso coreógrafo inglés-bengalí, que cuatro jornadas antes había presentado en el teatro el espectáculo Kaash. Maravilladas por el entorno, las Alleyne junto a otros compañeros bailarines decidieron aplazar su regreso y quedarse unos días en la región de Los Lagos.

Para los que no conocen Frutillar o para los que no visitan la comuna hace más de cinco años, el efecto que ha generado el Teatro del Lago resulta una sorpresa bonita, estimulante y conmovedora. La ciudad de unos 17 mil habitantes —repartidos entre la zona baja, alta y en las áreas rurales— conserva la belleza natural y la cuidada infraestructura de antaño. Sigue siendo un lugar acogedor, con sus famosos kuchenes, en donde se respira esa calma que no se encuentra jamás en Santiago. Los propios vecinos han llevado adelante iniciativas como PLADES, a cargo de Eugenio Rengifo, que se ocupa del desarrollo sustentable de la comuna junto al municipio. Pero aunque Frutillar ha crecido a escala humana y sigue manteniendo su alma de pueblo, el teatro fundado en 2010 le ha dado un espíritu cosmopolita y un movimiento impensado. El alcalde socialista Ramón Espinoza, en el cargo desde 2004, ha sido testigo del proceso de transformación: “El impacto que ha causado el Teatro del Lago ha cambiado el ritmo de la comuna”, señala.

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Cerca de 738 espectadores vieron la presentación de la compañía Akram Kham del sábado 24 de octubre y, luego de finalizar la función, Frutillar estaba lleno de vida. Los restoranes a tope y la gente caminando por la bahía, como si se tratara de pleno febrero. El movimiento se prolonga por el resto de la semana y no solo por las visitas, que han hecho aumentar la oferta turística de la comuna. Atraídos por estos nuevos aires que revolucionan la localidad, jóvenes profesionales y familias con hijos pequeños también han llegado para quedarse, aunque los arriendos sean escasos y los terrenos hayan subido casi al doble desde 2014. El café del teatro, el Cappuccini, es una buena postal de lo que ocurre: con una vista increíble al Llanquihue y al volcán, y una música ambiental que bien podría acompañar cualquier brunch en Nueva York, a media mañana de los días de semana está repleto de gente trabajando en sus notebook. La demanda ha crecido y recientemente se han inaugurado otros lugares, como el Rosalba, un café con encanto que también ofrece a sus clientes las facilidades para el trabajo online.

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“El impacto que produce el Teatro del Lago en la región es equivalente al del museo Guggenheim para el desarrollo de Bilbao, en España”, señala Nicolás Bär, ex agregado cultural de Chile en la Embajada en Washington durante el gobierno del Presidente Sebastián Piñera, que en agosto asumió la gerencia general del teatro. El propio ingeniero junto a su esposa y sus dos hijos se instalaron a vivir en Frutillar.
El desarrollo ha llegado y parece beneficiar a mucha gente. Lorena Vivar, nacida en Puerto Montt, está radicada en Frutillar hace tres años y junto a su hermana tiene una pequeña empresa de transporte que ha podido crecer y sostenerse, explica, en buena parte gracias al Teatro del Lago. En sus van trasladan a los profesores y artistas desde el aeropuerto de Puerto Montt hasta los hoteles, por lo que tienen actividad todo el año. El marido de Lorena, César Almonacid, también está vinculado a la institución: es el jefe de mantención y escenografía. Y uno de los hijos de la pareja, Matías, de seis años, cuando tenía dos entró a la Escuela de las Artes Teatro del Lago a un programa llamado Juguemos a las Artes. Como Frutillar sigue siendo una localidad pequeña, con frecuencia se escuchan historias similares.

De acuerdo a las cifras del teatro actualizadas hasta 2014, en estos años de funcionamiento cerca de 102 mil personas han presenciado algunas de sus 292 funciones, donde han participado cerca de 670 artistas. Llega gente de Frutillar, del resto de la región, de otras zonas de Chile y del extranjero. Pero aunque la cartelera de este lustro ha sido de altura mundial, la filosofía del Teatro del Lago ha impedido que el espacio sea solo para la elite. En cada función hay butacas educativas —casi 50 mil niños y jóvenes habrán accedido de manera gratuita a fines de 2015— y para conseguir entradas existen descuentos que las hacen accesibles.

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“A veces tomo un colectivo y el chofer me habla de Marianela Núñez, argentina, la primera bailarina del Royal Ballet de Londres. Impresiona la transversalidad social a la que llegan las actividades”, relata Macarena Montecino, directora de la Escuela de Ballet del Teatro del Lago, que se trasladó a vivir a Frutillar de lunes a viernes para ofrecer clases y dirigir a un grupo de maestras que enseñan a 107 personas. Los alumnos van desde los tres años y para aprender no existe límite de edad. La escuela es una de las dos en Chile que están acreditadas por la Royal Academy of Dance (RAD) del Reino Unido. “El grado uno que toma el niño de 9 años en Frutillar es el mismo que el del niño en Berlín, Londres, Sudáfrica o Sao Paulo”, explica Montecino.
En un país en extremo centralizado como Chile, donde todo parece ocurrir en Santiago y algunas ciudades no tienen ni una librería, la existencia del Teatro del Lago en el comienzo de la Patagonia es una rareza extraordinaria que encandila a quien tenga un mínimo de interés por la cultura y sensibilidad. De 11 mil metros cuadrados y construido de maderas y de rocas, el edificio se asemeja a un barco que, sobre las aguas del Llanquihue, parece estar tomando impulso para navegar. El auditorio tiene vista al lago y al volcán Osorno, lo que lo convierte en un escenario único. Cuentan que no es extraño que, en medio de un espectáculo en la época de verano, un viajero en kayak se transforme por algunos minutos en un protagonista de la escena.

Pero la joya es el Espacio Tronador, la sala con mil 200 butacas donde se llevan a cabo las principales presentaciones. En este lugar ha actuado el violoncelista Yo-Yo Ma, el músico Chick Corea, la cantante Omara Portuondo y el bailarín Julio Boca, entre otra decena de figuras de nivel internacional. El gerente de dirección técnica, Mario Soave, explica que sin duda el Teatro del Lago es hermoso: “Es el más bello de América Latina por su diseño y porque está ubicado en un sitio donde nadie puede competir”. Pero el profesional venezolano, que ha trabajado con artistas como Shakira y Metallica, explica que técnicamente también es una maravilla: “Desde el punto de vista acústico y de su capacidad técnica, somos uno de los mejores”.
Algunos de los artistas llegan directamente al teatro sin pasar siquiera por Santiago, como ocurrirá el próximo 14 de noviembre con el aclamado violinista ruso Maxim Vengerov, que llegará a Frutillar como único destino sudamericano de su gira para festejar los cinco años de teatro.

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La infraestructura es estupenda para los espectáculos, pero también para la faceta menos conocida del Teatro del Lago: la labor educativa que beneficia cada año a unos 830 alumnos y que está coordinada por Alejandra Flores. El modelo tiene estas dos caras de la moneda, las presentaciones de grandes artistas y la enseñanza de diferentes disciplinas artísticas, como música, danza y artes visuales. Una no se entiende sin la otra y, precisamente, en este punto radica una de las mayores originalidades de la institución. Ulrich Bader, director creativo, explica que “el Teatro del Lago partió como un centro cultural pero, con los años, la educación y la integración se ha convertido en la raíz de nuestro trabajo”. Bader-Schiess, que recorre el mundo buscando nuevas alianzas, dice que prácticamente todos los grandes artistas que se suben al escenario de Frutillar luego hacen alguna actividad con los alumnos y vecinos de la región.

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Uno de cada cuatro alumnos de las escuelas del teatro está becado y los días de semana incluso llegan algunos desde Chiloé. Ese vínculo que se extiende por toda la región y parte del sur de Chile hace, paralelamente, que las familias de los estudiantes se acerquen al teatro y rompan la barrera que todavía separa a parte de la ciudadanía de la cultura. Como les ocurrió a los abuelitos de Cristopher Vargas, que están a cargo de este pequeño de 9 años, uno de los pocos varones que aprenden ballet en el teatro. El niñito tuvo un accidente en su rostro siendo pequeño, le saltó ceniza en su cara, y cuentan que el baile le ha ayudado en forma asombrosa a fortalecer su autoestima. Pero también ha acercado a su familia a un mundo que les parecía distante. Noel Santana, el abuelo, fue parte del equipo de maestros carpinteros que edificó el Teatro del Lago. Cuando Cristopher empezó a bailar, el hombre se le acercó a la profesora de ballet y le confesó: “Nunca pensé que todo esto que ayudé a construir era para que mi nieto pisara esto no como un obrero, sino como un artista”.