Han sido escasas hasta ahora las señas feministas en la canción chilena. Dos de las primeras —una de ellas, muy conocida— las dieron hombres: Mauricio Redolés incluyó en Bello barrio (1987) un alegato a favor de las adolescentes explotadas por el comercio de topless y clubes nocturnos («… lleno de giles borrachos, / babean orgullosos de sus herramientas / todo por un billete a mano»), y, tres años más tarde, Jorge González estampó en el rap “Corazones rojos”  una mirada literal al abuso doméstico y cotidiano de hijas, esposas, trabajadoras y amantes con la dignidad acallada por un orden de machos atávico e insuperable,  «porque Dios así lo quiso, porque Dios también es hombre».

El estupendo nuevo disco de Ana Tijoux, Vengo, es quizá la muestra más poderosa de canto social que hasta ahora ha enarbolado la generación de músicos pop que debutó en los años noventa en Chile. Ya era hora. La compositora y cantante se ocupa desde perspectivas frescas de asuntos candentes (educación, reivindicaciones mapuches, derechos ciudadanos), con versos inteligentes e incisivos (mucho más agudos que la norma de canto político extendida por apuestas como las de Calle 13, por poner un ejemplo).

Pero en “Antipatriarca”, Tijoux enmarca, además, un manifiesto admirable de trato justo hacia las mujeres, que debiese convertirse en referente de un tipo de canción chilena urdida desde la conciencia feminista. Se combinan allí advertencias («tú no me vas a silenciar, tú no me vas a callar») con proclamas de autoafirmación («ni pasiva ni oprimida / mujer linda que das vida / emancipada en autonomía / antipatriarca y alegría»), que sirven también para comprender mejor desde dónde hoy Ana Tijoux elige verse como creadora. En las aguas agitadas del pop, acaso lo más difícil sea hacer flotar la madera distintiva de una voz propia. Tijoux viene haciéndolo hace años, pero con este Vengo demuestra que ya no hay vuelta atrás para una composición pendiente del colectivo desde la firmeza de una identidad a salvo de imposturas.