Hay ciertas consignas que, de tanto aflorar, terminan instalándose como verdades que se reproducen sin más. Aún protagonista de nuestra cultura presente, de Jorge González muchos dicen que está a la altura de Violeta Parra y Víctor Jara, o al menos ahí, a unos metros de esos dos portentos de nuestra música popular.

El privilegio de haber sido protagonistas de su leyenda tal vez ha incidido en la reproducción de esa sentencia, pero seguro que aún falta algo más de distancia y análisis para determinar qué lugar del escalafón vamos a asignar en definitiva al ex Prisioneros.

¿Y Álvaro Henríquez? Quizá es mejor contenernos un poco antes de caer en la tentación de rankearlo, pero lo cierto es que tampoco necesitamos de ese ejercicio para saber que está en el selecto grupo de los más determinantes, independiente del lugar que allí le asignen unos u otros.

De ahí que las noticias sobre su salud no puedan dejar indiferente a nadie que sienta un mínimo vínculo con el arte local, y donde seguro no se ubican los tuiteros —a estas alturas, un sustantivo/adjetivo que es prácticamente sinónimo de hater— que intentaron ver bajo el agua con el trasplante de hígado a que fue sometido.

Allá ellos. Ya hemos ahondado antes en su problemática y no gastaremos demasiadas más líneas en su agotadora y triste perfomance. Insistentes en seguir forzando el punto de equilibrio, más temprano que tarde la tortilla se dará vuelta para estos adalides del buen comportamiento, buen gusto, buena música, bien vivir, bien pensar, y un largo y aburridísimo etcétera.

Cuando eso pase, Álvaro Henríquez seguirá ahí, escribiendo la historia del rock a la chilena. Porque entre todos los méritos que el líder de Los Tres carga sobre sus hombros, seguro que el dejar fluir una identidad local a través de la guitarra eléctrica (y acústica) debe estar entre los más decisivos.

A él debemos la repavimentación orgullosa de la ruta hacia adentro, que luego recorrieron nombres como Los Bunkers o la mismísima Mon Laferte. A él debemos el rescate de la cueca y su reposicionamiento como expresión masiva y popular, antes que como recorte de Icarito. A él debemos discos mayúsculos como “Fome” (1997), “Pettinellis” (2002) y “Álvaro Henríquez” (2004). Esta última una obra algo más alejada del hype, que nos dice que aún queda Henríquez por descubrir y valorar, tal como dijo “Por acanga” en 2015.

Por eso lo queremos de regreso y confiamos en que lo veremos volver, para seguir escribiendo una historia que, en unos años más, seguramente nos llevará a animar largas discusiones en torno al lugar preciso que, merecidamente, ya ganó entre los grandes.

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