Luego de dos discos junto a Teleradio Donoso (donde oficiaba como compositor y productor principal) y tres en solitario, Álex Anwandter se ha ganado el derecho a portar el sello de “garantizado”. A estas alturas, la noticia de un nuevo trabajo con su firma, más que a descubrir un material, nos invita a comprobar si sus estándares de calidad se mantienen o mejoran, y a verificar cuántos pasos más allá ha decidido avanzar esta vez. Un estatus halagador y desafiante, aunque también problemático y pesado.

Pero lo bueno es que el cantautor nacional se las arregla para responder cada vez a la expectativa, y encontrar caminos para seguir definiendo el mapa de su territorio. “Latinoamericana”, su cuarto álbum como solista, no es la excepción.

La placa, lanzada este viernes 12 de octubre, muestra a un artista en consolidada madurez, que se planta desde un lenguaje propio y reconocible, aunque para continuar con su expansión. El synth pop, como en toda su fase solista, sigue siendo la materia prima, pero arriba de esa nave Anwandter explora diversas latitudes, imponiendo convergencias desde los términos que él define.

En el inicio con “Malinche”, por ejemplo, calienta motores a ritmo cadencioso, sigiloso y sensual, anticipando lo que vendrá en términos estilísticos y líricos: Hay un destinatario contra el cual el narrador se alza, mientras que un halo brasileño irrumpe en esta pieza compacta y concisa, bien anclada sobre un bajo elegante y seductor.

Todo sigue con “Locura”, el sencillo que abrió esta nueva etapa, y en el que Anwandter relee su gusto por los arreglos de cuerdas y por el piano como engranaje de ritmos bailables, para hablar de un mundo en espiral delirante y de un tránsito por el borde. A estas alturas, una pieza ya conocida, pero que aún se puede redescubrir en la escucha con audífonos, y no con la amplificación limitada de un celular o un notebook, como ocurre entre tantos usuarios de plataformas digitales. Sólo así asoma la verdadera riqueza del diálogo melódico entre sus diferentes estructuras, y que puede sorprender a quienes se creían ya familiarizados con la canción.

El tema, rítmico aunque no exactamente pistero, es un buen ejemplo de la velocidad que esta vez impera en el disco. Si antes las piezas más movidas ocupaban cerca de la mitad del espacio, para dejar el 50 por ciento restante a una esfera melancólica e invernal, esta vez casi todas se encuentran en un punto intermedio. Entre ellas dos de los puntos más altos, “Latinoamericana” y “Canción del muro”, donde Anwandter además da cuenta de una inquietud crítica mucho más depurada.

“Si botamos el muro, lo botamos entero, y empezamos de cero, y lo hacemos bien”, dice en el verso principal de este último corte, en un llamado a romper con el orden imperante y arrancar con otro realmente sensato. “Veinte siglos durmiendo no han servido de nada, con las reglas que inventan, con la iglesia en la cama”, profundiza en la misma canción.

Um girassol da cor de seu cabelo” y “Olha Maria, en tanto, son las aventuras en portugués del chileno, quien se planta con autoridad en el ala más nostálgica de la música de Brasil, el país de su padre, y cuyos sonidos acompañaron su infancia.

 Una nueva bandera que el músico agita con propiedad y que ahora flamea junto a otras que ya ha hecho suyas, como la temática de género, aquí presente tanto en términos explícitos como en la difuminación periódica de las distinciones masculina y femenina.

Es Anwandter, entonces, en todo su esplendor, aguijoneando a conservadores y moldeando su sonido, hasta cuajar un disco que, de todas maneras, tendrá un lugar en los resúmenes sobre lo mejor de este año.