La noticia golpeó duro, como un puñetazo seco en el rostro, de esos que duelen pero al pasar las horas dejan una marca más profunda.

Me costó creerlo al principio, más aún porque siempre me complejo asumir que alguien con talento nos deje de manera anticipada.

Prince fue uno de los grandes genios que nos entregó la música en las últimas décadas, músico, productor, multi instrumentista, trasgresor, anti sistémico, pero por sobre todo, creativo.

Mi primer acercamiento musical con Prince fue como muchos en la época que editó Purple Rain, una película y banda sonora a la que muchos no le pronosticaban buenos resultados, pero que terminó marcando pautas en la industria y transformando al oriundo de Minneapolis, en un rival directo de otro ícono como Michael Jackson.

Prince transitó siempre por los límites, pero por aquellos que se autoimponía a si mismo, fue cada vez más experimental en su música, no solo coqueteó con el funk, también lo hizo con la Sicodelia, con la electrónica y el jazz.

No se guardó nada en la industria, armó una banda, la despidió, armó otra, se autoexilió, se cambió el nombre, lo recuperó, se incluso se peleó con gigantes como Warner y últimamente con Spotify y Apple. Incluso se dio el gusto de regalar un disco con un diario.

Imposible olvidar su desenfrenada y hasta ahora incomparable Cream o el notable trabajo para la banda sonora de Batman.

Cuando quiso ser popular y exitoso lo lograba sin obstáculos, no era su objetivo acumular hits. Lo que Prince quería y quiso siempre, fue buscar y buscar nuevos sonidos. A veces le apuntó y en otras quedó en deuda con su propia genialidad.

Nadie puede quitarle un lugar en la historia, no por When Doves Cry o por estar en el Hall of Fame del Rock n’ Roll, sino por ser un auténtico creador, que pudo cruzar el jazz, el soul, el funk, a Zappa y Hendrix y fusionarlos en un solo batido musical. Se fue un auténtico príncipe de las notas musicales, las mismas que irónicamente nunca aprendió a leer en una partitura.

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