Aunque la historia estuvo siempre disponible en Wikipedia y en otra infinidad de sitios al alcance de una búsqueda en Google, recién en los últimos meses Latinoamérica ha despertado a la llamativa realidad biográfica de Luis Miguel, a propósito de la serie que se emite en Netflix.

Desde hace algunas semanas, es noticia continental que el astro mexicano haya tenido tal o cual romance, que su infancia haya sido del todo anormal, o que su madre haya desaparecido en circunstancias nunca bien aclaradas. Pero sobre todo, se mantienen resonando semana tras semana los oscuros ardides de Luisito Rey, quizá el gran personaje de la producción, y que pese a ser el padre del cantante, es quien ocupa el lugar de perfecto antagonista.

Pequeñas coincidencias: Justo en este momento, cuando la figura de un español trucho pone de moda la imagen del padre tirano en el mundo artístico, parte el hombre al que la historia terminó por entregar un indeseado lugar principal en este apartado. Este miércoles 27 de junio, a los 89 años de edad, y dos días después del noveno aniversario de muerte de su hijo, ha muerto Joe Jackson, padre de Michael Jackson.

Un hombre que durante largo tiempo mantuvo el bajo perfil al que conduce la celebridad ajena, el momento en que la totalidad de los focos apuntan hacia una gran estrella, dejando al resto de su entorno en la sombra. Ello incluso cuando el propio Michael alcanzó a referirse en vida al lado más oscuro de su padre: “Se burlaba de mí y lo odiaba, me hacía llorar cada día. Era muy estricto, muy duro y severo. Había veces en que venía a verme y me ponía enfermo, me sentía mal, comenzaba a sentir náuseas”, dijo en una entrevista en 1993.

Pero como el propio Michael tenía siempre una canción o un escándalo a la vuelta de la esquina, nada de eso generó demasiado revuelo hasta que el “rey del pop” murió, y el escudriñamiento en su biografía se transformó en deporte oficial.

Entonces se desclasificó la figura del patriarca poderoso y temible, y la reputación de Joe Jackson alcanzó su forma definitiva: La de un padre tirano, déspota y maltratador, que impulsó la carrera de su hijo hasta cumbres de popularidad insospechadas, pero a costa de vulnerar su integridad, cercenar su niñez, y corroer por siempre su estabilidad emocional.

Él mismo alcanzó a reconocer que todo lo comentado no estaba ajeno a la realidad, por mucho que al mismo tiempo pretendiera bajarle el perfil: “A Michael sólo lo azotaba con un cinturón. Pero nunca lo golpeé. Golpeas a alguien con un palo, no con un cinturón”, dijo en 2003, dando cuenta de una pasmosa validación de la violencia en la crianza, a la que un posible seteo cultural en ningún caso le resta lo indefendible.

De esa forma, decía, fue como sus hijos alcanzaron fama y reconocimiento. Así, contaba, fue como los Jackson 5 se transformaron en un combo prolijo y milimétrico, pese a que en sus filas había incluso un niño de seis años, el propio Michael. Para que el número funcionara, la dinámica de ensayos contó muchas veces con un perverso incentivo: Joe sentado al frente con una correa en la mano, que no dudaba en utilizar cada vez que uno de sus hijos cometía un error.

Algunos de sus hermanos terminaron por naturalizar aquello, pero Michael lo resintió. Probablemente, algún analista pueda incluso fijar en ese punto el origen de los desvaríos que lo llevaron cuesta abajo, hasta terminar en su muerte: La obsesión malsana por el cambio en su aspecto, la negación de su raza, la fijación con el universo infantil, la ilusión de permanecer joven, la torcida noción sobre la convivencia con niños, la idea de inyectarse anestésicos clínicos para conciliar el sueño, etc.

Quién sabe si en sus largos 89 años de vida, Joe Jackson encontró un momento para arrepentirse. Aquí, en tanto, su historia quedará archivada junto a la de su par español, para recordarnos que ni siquiera las más tempranas y altas responsabilidades que lleguen a recaer sobre un niño, podrán alguna vez justificar el abuso.

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