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VIDA ETERNA GUSTAVO, por Beto Cuevas

En la mañana del jueves 4 de septiembre amanecí con una sensación de extravío. Por un instante no sabía dónde me encontraba, aunque intuía que era en la habitación de un hotel. Rápidamente se alinearon mis recuerdos y supe que estaba en Tijuana, México, en la antesala de un concierto con La Ley. Una vez incorporado proseguí con mi día muy a pesar de la insistencia de aquella sensación antes mencionada. Apenas prendí mi aparato telefónico me enteré que el mundo en que vivimos ya no era el mismo de ayer, puesto que a las 9 am hora de Buenos Aires había fallecido Gustavo Cerati.

Fue inevitable sentir una profunda pena a pesar de que hace cuatro años ya no lo volvimos a ver ni a escuchar. Supongo que el hecho de que supiéramos de que aún permanecía entre nosotros mantenía viva la esperanza de que pudiera algún día volver a despertar como lo hice yo esa mañana, pero eso no estaba destinado a suceder.

Me conecté posteriormente a mi sistema de fe y la sensación de estar extraviado se transformó en un sutil bienestar y la idea de que Gustavo Cerati finalizó el largo camino de cuatro años de transición se instaló en mi corazón.

Sin ningún afán de abrir un debate acerca de lo que hay o no después de la vida física, coloqué en mi corazón la confianza y certeza de que ahora Gustavo vuelve a su lugar de origen, a ese espacio de donde todos venimos y regresamos, a la fuente de amor eterno que nos permitió llegar hasta este remoto rincón de la existencia llamado vida.

Sin duda el legado de la música que creó Cerati tanto en su póstuma banda, Soda Stereo, como lo que realizó en solitario, seguirán influyendo a generaciones de músicos latinoamericanos. Cerati logró crear un sonido muy propio y un estilo muy particular en su forma de escribir letras. Y, a pesar de que no fue una influencia para mí debido a que crecí en Canadá, cuando lo escuché, recién en el año ’88, me di cuenta de que existía música del estilo que me gustaba y que podía hacerse en español.

Vida eterna Gustavo Cerati y gracias por tu legado artístico, que siempre tendrá un eco en mi corazón. 

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APRENDIENDO DEL ÍDOLO, por Nicole

Conocer a Gustavo Cerati fue encontrar al ídolo. Lo admiré desde niña. Uno de mis primeros cassettes fue “Nada personal” de Soda Stereo, y desde ahí atesoré todos sus discos.

Su obra, sus guitarras, sus letras, su sonoridad, melancolía y potencia siempre me sorprendieron y cautivaron. Al conocerlo y trabajar juntos el disco  “Sueños en tránsito” (1997) aprendí muchas cosas y supe que todo el proceso sería una experiencia que me motivaría a hacer más discos. Pasamos muchas horas en el estudio.

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Iba a mi casa a escuchar mis canciones, me alentaba a tener más confianza en ellas. Escuchaba y respetaba mucho mi opinión musical. Lo observé cómo procesar sonidos. Después vino Londres. Y todas las grabaciones y mezclas aún más concentrados fue una etapa inolvidable y valiosa.

Sus canciones permanecerán. Conocerlo y hacer música con él fue un regalo.

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EL ÚLTIMO ABRAZO, por Gustavo Santaolalla

“Querido Gustavo, gracias por toda la increíble música que nos has dejado, vivirá siempre con nosotros como tu recuerdo. La vida se manifiesta de muchas formas y sé que tu viaje continúa. Sabés vos también que acá seguís y seguirás siempre presente en nuestros oídos y en nuestros corazones”.

“Me enteré de su muerte en mi casa de Los Angeles y ahí escribí esta carta abierta”, explica el compositor desde Estados Unidos.

Los dos Gustavo —Santaolalla y Cerati— se conocieron en el ambiente musical bonaerense en la década del ’80, cuando Santaolalla ya era un músico y compositor argentino de renombre. Una de sus presentaciones más recordadas fue cuando aparecieron juntos en el escenario del autódromo de Buenos Aires un sábado de noviembre de 2008. Bajofondo, la banda liderada por Santaolalla había invitado a Cerati a interpretar El mareo, sencillo que habían grabado en conjunto. Un espectáculo que quedaría en la memoria colectiva de esas 35 mil personas que ovacionaron el show. 

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La última vez que los músicos estuvieron juntos fue el 13 de marzo de 2010, en el concierto solidario Argentina abraza a Chile, realizado en Palermo y que iba en ayuda de las víctimas del terremoto del 27 de febrero. Desde ese entonces nunca más volvieron a verse, ni a hablar. En mayo de ese mismo año Cerati sufrió el accidente cerebro vascular que lo mantuvo en coma por poco más de cuatro años. Santaolalla nunca lo visitó, nunca se recuperó de la impresión, estaba muy acongojado por el estado de su amigo, explica el ganador de dos premios Oscar. La conexión musical era fuerte, hicieron muchas cosas juntos y hoy Santaolalla está triste: “prefiero no hacer declaraciones, por eso escribí la carta”, dice desde Estados Unidos.