Me encanta perderme por las calles de París. Entre viaje y viaje, entre calle y calle, entre boulevard y boulevard hay una mujer que me ha conquistado: Gabrielle Chanel.

Audaz y vanguardista. Experta en el arte de reinventarse. Tan independiente y visionaria, como creativa y amante de la libertad. Intensa y apasionada, entregada al amor con la misma pasión que se entregó a los negocios y a vivir, cuando las apuestas de la fortuna estaban lejos de estar a su favor. Donde estuvo, todavía quedan resabios de su presencia, como en su departamento, en el 31 de la Rue Cambon, donde aluciné subiendo por la escalera de espejos donde Mademoiselle, espigada y seguramente con su cigarrillo en la boca, solía ver discretamente sus desfiles.

Por eso ahora hay un nuevo destino en mi lista de lugares “con alma” para ver: Hace unas semanas Chanel anunció la compra de la villa “La Pausa”, en Roquebrune-Cap-Martin, muy cerca de Monte Carlo, en la . La única de sus casas que fue especialmente diseñada, construida y decorada para ella.  Con una espléndida vista al mar, fue el refugio perfecto para sus 10 años de romance con Hugh Grosvenor, duque de Westminster, durante los locos años ’20. Cuenta la leyenda que la historia de amor terminó cuando ella asumió que no podría darle un hijo y él finalmente decidiera dejarla para casarse con otra mujer. Coco, digna como nadie, solo comentó: “Ha habido muchas duquesas de Westminster. Chanel hay una sola”.

En “La Pausa” estuvieron, en un ambiente relajado e informal, artistas e intelectuales de la talla de Jean Cocteau, Paul Iribe, Serge Lifar, Pierre Reverdy, Salvador Dali y Misia Sert, una de las grandes amigas de Coco. Cierro los ojos por una fracción de segundo y me puedo imaginar por qué La Pausa se convirtió en todo un éxito con atardeceres que seguramente inspiraron algunos párrafos de Cocteau, algunas líneas y figuras sobre los lienzos de Iribe y Dalí o alguno de los versos cargados de sentimiento que le dedicó Reverdy a Gabrielle, a quien amó por más de 40 años –sí, el mismo Reverdy amigo y socio de nuestro Vicente Huidobro–.

La villa, inspirada por la arquitectura de la abadía de Aubazine, el orfanato donde Gabrielle pasó su infancia y juventud, fue vendida a la muerte del Duque de Westminster en 1954, al escritor y editor estadounidense Emery Reves. Un nuevo halo de glamour y política cubrió la residencia. Esta vez eran nombres como Greta Garbo, Aristóteles y Jackie Onassis, los príncipes Rainiero y Grace de Mónaco (sus casi-vecinos), el Duque de Windsor y Konrad Adenauer, los que ocupaban los siete dormitorios de la residencia. Winston Churchill, que conoció a Coco durante su tiempo de romance con el Duque de Westminster y con quien forjó una sólida amistad, pasó allí también largas temporadas a fines de los ’50 pues también era un buen amigo de los Reves.

No hay duda de que tras una merecida restauración,  la maison de verano recuperará su más absoluta identidad. Y Karl Lagerfeld verá en el lugar un escenario más que perfecto para la puesta en escena de alguna de las pasarelas de temporada… Y nada sería mejor que estar allí para ver como los pasillos y el gran jardín de La Pausa, se vuelven a llenar de glamour y elegancia, y por qué no, del sentimiento apasionado y amoroso, prohibido o no, que la edificó.

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