Por Olga Mallo   Fotos EFE    AFP

A los 50 –después de resucitar a Gucci e YSL–, no desperdicia minuto. Toda su energía va a crear moda. Y ya mira Latinoamérica como un buen mercado para la ropa que, espera, dure 25 años.

Cuando la revista Grazia invitó a un encuentro con Tom Ford, no dudé un segundo. La cita era en la recién inaugurada tienda Apple, un magnífico ciber palacio en Regent Street, donde el diseñador conversaría con Paula Reed, directora de estilo de éste, uno de los más destacados medios de moda de Inglaterra. Al final, lo entrevistaríamos nosotros.

Las tres horas que debí esperar no importaron ante la perspectiva de conocer a este texano, hombre clave del mundo fashion. Resucitó la alicaída marca Gucci en los ’90 y luego Yves Saint Laurent cuando la firma francesa fue comprada por  los italianos. Como director creativo las convirtió en indiscutible objeto de deseo y cuando renunció, en 2004, el valor en el mercado del grupo Gucci era de mil millones de dólares. Desde entonces no sólo se ha dedicado a la ropa, cosméticos, anteojos y perfumes con su nombre sino que en 2009 dirigió y produjo A single man, que tuvo a Colin Firth nominado al Oscar como mejor actor.
Ford es sinónimo de glamour, de sofisticación, y su talento transforma en oro todo lo que toca.
Divertido y cautivante, ahí lo tengo, en frente mío, de traje negro y camisa blanca como acostumbra, con esa barba de dos días que es su sello.
—¿Te sientes una leyenda de la moda?
—Para nada. Mi gran cable a tierra es Richard Buckley (columnista de moda que ha sido su pareja por décadas). Aunque a veces, cuando entrevisto a alguien para trabajar conmigo y veo que sus manos tiemblan pienso “¡Oh! quizá tengo este efecto en la gente”. Pero yo no me veo así. Creo que las personas que continuamente tienen metas nunca piensan que han llegado. Si llegas a decir “Ok, soy una leyenda” ya no te exiges, dejas de competir, de pensar, de moverte… ¡es como morirse!
—Estudiaste arquitectura. ¿Tuviste un momento en que dijiste esto no es lo mío?
—Soy arquitecto. Lo que me fascinó de esa profesión fue la idea de crear, construir, y es lo que amo también al hacer moda. En ella construyo. Un zapato, por ejemplo, es una gran obra.
—Dawn Mello, ex directora creativa de Gucci, contaba que cuando entraste a la compañía, Maurizio Gucci quería todo café y de formas redondeadas, mientras tú querías todo negro y cuadrado. Eso causó algo de fricción…
—Bueno, esa es de aquellas cosas que se torna ‘verdadera’ de tanto contarse. Maurizio tenía muy buenas ideas y había estado en la compañía en los años ’50 y ’60, pero carecía de talento para los negocios. Y claro, en sus tiempos todo era redondo y café, pero estábamos en los ’90, las cosas empezaban a cambiar, todo era negro, marcado, de formas angulosas. Finalmente fue removido, la firma estaba a punto de quebrar y decidieron darme la oportunidad de ser director creativo.
—Debes haberte sentido muy seguro para imponer tu visión en una empresa con años de tradición familiar. ¿Alguna vez estás inseguro?
—Constantemente. En esta industria debes dudar de ti mismo hasta el último minuto. Aun si terminaste una colección y la noche anterior al show te das cuenta de que algo está mal, tienes que deshacerte de eso. No importa cómo lo reemplazarás… Sí, debes estar siempre cuestionándote.
—Vienes de Santa Fe, no de una gran ciudad. ¿Como fue el paso a Nueva York?
—Con el look de Jon Voight en Midnight cowboy o algo así… Chaqueta Armani, jeans Calvin Klein y vaqueras, el look 1977. ¡Listo para NY! Los jeans eran muy chic, aunque algo apretados. Eso ayudó a mi carrera también (bromea).
—¿De dónde viene ese sentido estético?
—Unos nacen para la moda. Tengo una sobrina cuya primera palabra fue “zapato”. Algunas personas son más orales, otras somos visuales. Desarrollas distintas sensibilidades, buscas el camino… Mientras crecía en Santa Fe, tuve acceso a cosas interesantes. Adquirí cierta sofisticación en un estilo algo hippie. Me expuse a diferentes estéticas.
—Pero querías irte a Nueva York.
—Sabía que tenía que partir, así como supe que tenía que hacer una película. NY era el lugar.
—Para tener éxito, ¿talento o trabajo duro?
—Una combinación. Pero tiene que ver también con obsesión. Muchos diseñadores tienen mucho más talento que yo, pero no mi energía y perseverancia. Por cierto, debes poseer talento pues si los pantalones que creas no hacen ver el trasero de forma fantástica, no los comprarán.
—También hay que resistir golpes.
—Absolutamente. La moda es un mundo difícil, mucho más duro que la industria cinematográfica. Tienes que producir acierto tras acierto, a pedido, con un calendario apretadísimo. He tenido éxito, lo he perdido y lo he recuperado.
—¿Y las malas críticas aún duelen?
—Por supuesto. Porque a menudo están en lo cierto y te afecta más porque llegan uno o dos días después y vienes saliendo de tu producción, estás exhausto, no puedes ver con claridad…
—¿Cuál ha sido el momento de más orgullo?
—Diciembre de 2011, para el aniversario de mi relación con Richard Buckley. Estar 25 años con una persona me llena de orgullo. Ahora somos mucho más felices que al comienzo. Y profesionalmente, el instante en que he sentido más orgullo fue en el Festival de Venecia para la proyección de mi película. Al terminar la cinta, el teatro completo nos aplaudió de pie por diez minutos.
—Tu sentido del estilo en esa película fue la otra estrella.
—Estilo sin sustancia no sirve. Lo importante es el mensaje. El protagonista encuentra la paz cuando comprende su lugar en el universo. Y muere porque no necesita seguir vivo, jamás tendrá momentos más importantes que ése del descubrimiento.
—¿Te tomó mucho tiempo elegir la historia?
—Tengo una oficina en LA y estando en el epicentro de la industria del cine, recibí muchos guiones. La mayoría, versiones contemporáneas de 9 semanas y media, no el tipo de historia que yo quería. Un día me sorprendí pensando en George, protagonista  de un libro que leí a los 20 años. Fui a mi oficina, lo busqué, lo releí y dije “esto es”.

Lea la entrevista completa en la edición del 6 de julio.

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