El ambiente dentro del backstage del último desfile de Michael Kors es diferente a los demás. Primero, por el orden y el silencio. Segundo, por la cantidad de gente que deambula en los Spring Studios de Tribeca, donde también se presentó la colección de Diane von Furstenberg en la pasada edición del NYFW. 

La tenista Caroline Wozniacki y la it girl Jessica Chastain pasean por el área de maquillaje y se pierden en medio de las modelos que visten delantales blancos almidonados. Anna Wintour y Anna Dello Russo llegan con más de 15 minutos de anticipación. Algo bastante inusual para dos megacelebridades.

Mientras en la planta baja los invitados se acomodan a los costados de la pasarela, en el segundo piso el diseñador recibe a la prensa internacional. Hay medios de los cinco continentes y sus representantes deben formar una fila serpenteante, igual a la de los aeropuertos. Cuatro hombres que parecen recién salidos de la película Men in black custodian que nadie vea qué ocurre detrás de la puerta hasta el momento de cruzarla.

El lugar es grande y hace muchísimo frío. El aire acondicionado está al máximo y al fondo está Michael, el diseñador que trasformó su nombre en sinónimo de la moda norteamericana y sus iniciales en un objeto de deseo, imitado hasta el hartazgo. Viste pantalón, polera y un saco negro, y zapatillas New Balance blancas. Está bronceado, tal como se le ve en el programa Project Runway. En 2015 abrirá su primera flagship store en nuestro país, donde su línea de perfumes y maquillaje ya es un éxito, y aterrizar en Sudamérica lo tiene muy entusiasmado.

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—En los últimos años hubo una suerte de explosión de fanáticas de Michael Kors en Chile y en toda Latinoamérica. Es imposible pararse en un mall más de dos minutos sin ver pasar al menos una mujer con una cartera MK. ¿Es consciente de lo que genera?

—Es muy emocionante encontrar eso. Creo que internet realmente nos mostró que nuestros clientes son globales y responden de una manera similar en todos los continentes. Las diferencias que había antes entre una persona que compraba en Tokio y la de Chile van a desaparecer cada vez más, porque la moda hoy es universal. La gente tiene posibilidad de viajar, y si no es a través de un avión es gracias a las redes sociales.

—¿Esto hace que su trabajo sea más complejo porque tiene que satisfacer a todas, o más simple porque piensa en un único tipo de mujer?

—Es un desafío emocionante. Cuando empecé como diseñador lo hacía enfocándome en la mujer norteamericana. Los europeos pensaban en la europea, los sudamericanos en las sudamericanas, y eso ya no existe. Eso se ha perdido y hoy todos aprendemos de todos, mezclamos ideas, las complementamos para crear un estilo global que se adapta a las mujeres del mundo. 

—¿Y cómo es esa mujer?

—Tenemos muchísimas mujeres. Hay tres generaciones de clientas en la misma familia. Independientemente de su edad o de donde viven, creo que ellas lo que buscan es esa sensación de tener algo que es glamoroso, femenino, pero al mismo tiempo es práctico y usable. Ese balance es el que busco como diseñador. Me inspiro en una mujer actual que está muy ocupada, que tiene que viajar por el mundo y que si es joven quiere verse más sofisticada, y si tiene 65 quiere lucir moderna como a los 30.

A pesar de sus años de experiencia, Michael Kors se pone muy ansioso antes de cada desfile y ésta no es la excepción: “Es como convertirse en padre, porque cada colección son 9 ó 10 meses de trabajo. Ahora viene el momento del parto”, bromea. Su última propuesta está inspirada en el sentido del humor y en el optimismo. “El mundo está muy complicado en estos días y la misión de la moda es aportar pensamientos positivos”, explica.

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—Usted habla mucho del concepto de lujo democrático y eso es bastante irreal…

—No me refiero necesariamente a algo que tenga que ver con la democratización o el libre acceso a la moda, sino más bien al lujo cotidiano. La gente muchas veces piensa que lo glamoroso sirve únicamente para una ocasión especial, y esa filofofía está absolutamente pasada de moda. ¡Es muy antigua! Hoy el lujo es para todos los días. Si tengo una cartera increíble de cocodrilo la puedo usar para ir a trabajar, para subirme a un avión y hasta para hacer las compras en la playa. Eso es algo nuevo, es el verdadero cambio de los paradigmas de la moda.

—¿Cuál sería entonces la nueva regla?

—Ya no hay reglas.