A sus más de cincuenta años se mueve por Londres en una scooter. Se va de fiesta con Alexa Chung. Salva a refugiados, mientras figura en la lista de las mejor vestidas de Gran Bretaña y su imagen cuelga en cuadros de colecciones privadas. Bella Freud es la sobreviviente más cool de la mítica familia de sicoanalistas y artistas.

Con ese apellido, la diseñadora de moda y artista visual (52) podría haberse quedado inmovilizada o haberse perdido entre ensayos y errores frente al talento tácito que le llegaba por herencia. Pero ella dio la talla e impuso su sello a la dinastía.

Bisnieta del padre del sicoanálisis Sigmund Freud e hija del renombrado pintor Lucian Freud (una de los catorce descendientes del  artista), se lanzó al mundo de la moda. Y su incursión tuvo la atención esperada desde su inicio. Para su fortuna, los ácidos críticos de la industria resultaron complacidos por la propuesta, que unía la herencia clásica británica con detalles de ese humor lleno de ironía que caracteriza a los ingleses.

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Un elemento de rebeldía que conoció de adolescente, en años en que su célebre apellido no era acompañado para nada con dinero. Colegiala, dejó la casa de su mamá y se puso a trabajar como vendedora en una tienda de Vivienne Westwood.

Allí se encantó con la moda. Estudió confección un par de años en Roma y volvió como aprendiz a los cuarteles generales de la legendaria diseñadora del punk.

Inquieta, se decidió por la autonomía. Pronto su marca creció. Y desde su asociación con multitiendas de lujo, diseñadores (Christian Louboutin es su padrino), puntos “provisorios” de venta y sitio web, los productos con su nombre se extendieron a accesorios, elementos de decoración y velas, entre otros.

Y nunca tuvo complejo con su herencia. De hecho, juega con ella. Uno de sus modelos de sweaters —se ha hecho conocida por esta prenda— lleva al frente el eslógan Psycho Analysis. Es ese espíritu rocanrolero que superpone a su imagen chic. Puede cruzar la línea del medio siglo de vida, pero no deja de ser una “chica de los ’90”.

Fue en esa década en que conoció a una de sus grandes amigas y colaboradoras: Kate Moss, rostro ascendente del decenio. Su amistad fue tan cercana que así fue como Lucian Freud la conoció (años más tarde él la retrató desnuda en uno de sus trabajos más mediáticos).

Entre las historias que contaba el pintor, la joven modelo se deslumbró con su pasado como tatuador de marineros. Ella no se demoró en pedirle que le ideara uno para ella. Este año la maniquí apareció desnuda en la portada de la revista Liu mostrando sus famosas golondrinas en tinta en la parte baja de su espalda.

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Hoy esa creación del papá de su amiga Bella ¡vale más de un millón de dólares! Y ningún ladrón puede robarla.

También en los años noventa creó lazos con las divas de la época Madonna y Courtney Love. Un séquito de admiradoras que se refresca en este siglo con it girls como Alexa Chung y Lara Stone.

Todas se fijan en lo que usa Freud. Antes de que se desatara la fiebre de calcetines con tacos altos, las revistas y fashionistas veían a la diseñadora adelantándose a esa tendencia.

Colaboradora de varios medios, Vogue la reclutó como bloguera. Allí adelanta desde sus películas experimentales hasta sus aventuras como apoderada de su hijo Jimmy (está casada con el reconocido novelista James Fox, quien sirvió como ‘escritor fantasma’ de la autobiografía de Keith Richards).

Este año la fotógrafa Cat García la incluyó en un trabajo documental que registra a los nombres que son la fuerza creativa del Londres actual.

La diseñadora no es ajena a las cámaras. También se sumó a otro proyecto de protesta artística en la previa de los Juegos Olímpicos de Sochi —donde, obviamente también estaba fichada su amiga Kate Moss—. Se trató de clips que alegaban la discriminación sexual en Rusia.

El compromiso político y social es lo que la mueve en esta temporada. Hace un par de años creó junto a la académica Karma Nabulsi la Fundación Hoping, que apoya a los niños refugiados de Palestina.

Nuevamente ella impone su marca a la forma de hacer caridad. Así, organizó una comida íntima para recaudar fondos en la casa museo londinense donde vivió Sigmund Freud hasta su muerte y donde se encuentra su famoso diván. Hasta allá llegaron Christian Louboutin, Helena Bonham Carter y Jemima Khan, entre otras socialités. Una noche que cerró con el discurso de John Malkovich, actor de uno de los cortos artísticos-fashion de la diseñadora y estudioso fanático del mítico sicoanalista.

Las herederas Missoni no se demoraron en colaborar con un bolso especial cuyas ganancias van directo a Hoping. Una alianza natural. Entre dinastías se entienden.