No cabe duda que hablar de moda es un tema popular que deja a pocos indiferentes. Hoy hombres y mujeres se interesan en el tema y ha pasado a ser comentario recurrente en programas de farándula, matinales y prensa escrita. Es que seamos honestos, a todos nos gusta opinar y, por supuesto, si es acerca de otro mejor.

Ante ello no hay nada malo. No estoy aquí en calidad de enjuiciar o calificar, nunca lo haría y jamás sería mi intención. Estamos en un país libre, en democracia, donde todos podemos opinar y hablar con libertad, no obstante, mi punto va en hacerlo con conocimiento de causa.

Hoy es común ver que todos son “Asesores o Consultores de Imagen”, tomando a la ligera un oficio que requiere no sólo un profundo conocimiento técnico, sino además un enfoque y entendimiento completo del ser humano. Tener buen gusto, vestirse bien o buscar las prendas para vestir a una modelo talla 36 para una editorial de moda, requiere otras habilidades que vestir a personas “reales” – valga la redundancia – ya que aquí, no sólo se trata de vestuario, aquí el fin es encontrar un estilo particular que haga sentir a esa persona única y que le permita proyectar lo mejor de ella.

Un buen asesor de moda no pone foco en las prendas, ni hace énfasis en su expertise estética. No quiere brillar por lo bien que combinó la prendas, ella busca que quien brille sea la persona que está consultando, busca que el vestuario adopte un rol de mediador, o en palabras simples; ella es una herramienta más, para un fin en especial.

En nuestro país, existen buenas exponentes de este rubro, entre las que destaco a Francisca Torres y Colomba Urruticoechea.

Mi invitación es a cuidar de los oficios y a ejercerlos de manera responsable, a ser honestos en la práctica de nuestros quehaceres, pero sobre todo a no olvidar el gran respeto y ética profesional que refiere al trabajo tan directo y cercano con las personas.

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