Luego de un buen rato de espera, una carcajada de fondo y una que otra instrucción a viva voz, anuncian que Rubén Campos ya está listo para la sesión de fotos. Aparece de pronto en lo alto de la señorial escalera de su exclusivo atelier de Presidente Errázuriz, vestido de riguroso negro y con grandes accesorios y, cual genio y figura, desciende escoltado por Francisco, su pareja hace casi 20 años, seguido de un grupo de asistentes y maquilladores, y tres pequeños yorkshire que no se despegan de su lado.

“¿Dónde quieres que me siente?, ¡tú mandas!”, le dice al fotógrafo, mientras lanza otra carcajada y mira desafiante a la cámara y posa con sus grandes anillos de turquesa y cristal. Todo en él es intenso, extremo, exagerado, ¡en grande!; características que supo impregnar en la alta costura, que sumado a su perfeccionismo, obsesión por los detalles y mirada vanguardista, lo convirtieron al poco andar en el diseñador más importante de Chile. Cómo olvidar sus famosas chaquetas de los ‘80 con hombreras gigantes por las que sus clientas apenas pasaban por la puerta. “Siempre he sido muy avant-garde, muy exagerado en todo: si eran vuelos, ¡eran vuelos! Los Leo somos así, muy centros de mesa ¡y nos gusta el hueveo! Nos encanta lo bueno, los detalles, el reconocimiento, que nos digan ‘qué lindo, ¿cómo lo hiciste?’ Soy muy Leo y, además, caballo de madera, ¡una yegua!”.

Una ‘yegua’ como dice él que en sus años de trayectoria, así como ha tocado el cielo, también ha topado fondo. Hijo de costurera y segundo de tres hermanos hombres, a los 13 ya hacía sus primeros diseños autodidactas en Temuco, su ciudad natal. Luego de estudiar Arte en la Universidad de Chile y patronaje en España, en 1984 instaló en Santiago su primera boutique en la meca de la moda, la exclusiva calle General Holley.

Su incipiente amistad en ese entonces con Patricia Comandari y los estilistas Gonzalo Cáceres y Luis Antonio le abrieron rápido las puertas entre las mujeres más adineradas del país. “En un par de meses ya no daba abasto y tuve que pedirle a mi madre que se viniera de Temuco a trabajar conmigo. El éxito fue muy rápido, la gente en ese tiempo casi no viajaba y yo traía cosas nuevas: telas envivadas e incrustadas en cuero, ¡se peleaban mis diseños!”, recuerda Rubén, quien fue el pionero en hacer desfiles en grande, como los del Crowne Plaza o en el Palacio Cousiño y con las modelos más espectaculares.

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“¡Tenía que ser el mejor! Aunque en un minuto se me fueron los humos… Era tímido, perfeccionista y me volví arrogante. Me molestaba que tiraran los vestidos de los colgadores; a algunas clientas les decía que no las atendería”. Una arrogancia y soberbia que Rubén reconoce aprendió a dejar de lado a golpes a mediados de los ‘90, cuando al cumplir 40 cayó en una profunda depresión que arrastró por años y que se sumó más tarde a una crisis económica que lo dejó en la calle.

Fue justo la época de su mayor auge profesional, con tiendas en Nueva York, desfiles en Miami junto a Oscar de la Renta y Carolina Herrera; bautizado como el ‘arquitecto de la moda’ y elegido en el Fashion Week of the Americas de 2001 como el premio al Mejor diseñador Latino. Tenía el mundo a sus pies, con todo para partir e internacionalizarse; sin embargo, Rubén lo estaba pasando mal.

“La crisis asiática me golpeó fuerte: lo perdí todo, pensé que era el fin. Ahí me di cuenta de quiénes eran mis amigos. Empecé de cero y fue maravilloso”. Un partir de cero que, asegura, fue con otra actitud y mirada, donde aprendió a despojarse de lo material, de cambiar sus colecciones completas de Armani y Versace que solía vestir por pantalones y poleras negras de jersey que usa hasta hoy. “No tenía ni tiempo para pensar en qué ponerme, sólo me enfoqué en trabajar. Me liberé de muchas cosas… Antes tenía que demostrar; desde entonces no tengo que demostrarle nada a nadie”. Por una u otra razón, despojarse de todo ha sido una práctica que ha repetido a lo largo de su vida.

Quizá por ello es que en 2014 le costó muy poco dejarlo todo una vez más: negocio, clientas, su hogar en Santiago y una figuración de primera línea para irse a vivir a Maitencillo y adquirir un bajo perfil. Allí, junto a sus trece perros, sus nanas y su madre Enriqueta Heijboer que entra y sale, formó su nuevo hogar y una renovada vida. Una casa relajada que se extiende hasta el mar, hecha a su medida, donde recibe a sus amigos, cocina sus platos predilectos y que sus más cercanos bautizaron como ‘Rubytar’ por los coloridos jardines y enormes cactus floridos que bordean la construcción; una mezcla de su apodo “Ruby” con la vegetación de Avatar. Un lugar que resguarda con extremo celo y el que deja solo algunos días al mes para ir a Santiago a atender a sus fieles clientas que se resisten a vestirse con otro diseñador que no sea Rubén Campos.

—¿Cómo han sido estos años de autoexilio?

—He sumado sabiduría, aprendizaje, conocimiento. No lo llamaría retiro porque sigo trabajando con mis clientas. En el fondo, me aburrí de realizar desfiles en Santiago, dejé de sentir pasión a la hora de crear o armar colecciones y estimé que era el momento de dar paso a otros. La moda en Chile está plana, monótona, se estancó. Y yo también tranquilicé mi ego; todo lo que hacía era por mi marca, mi éxito, mi nombre, los aplausos…

—¿Era muy competitivo?

—Uff, olvídate, hasta que sentí que ya no tenía con quién competir. Además, me propuse trabajar hasta los ’60, porque también creo que hay que dedicarle tiempo al autoconocimiento, a estar con uno, porque este trabajo es muy para afuera. Y he tenido la posibilidad de hacer otras cosas, mermeladas por ejemplo, ¡no sabía que me encantaba cocinar! Me preocupo de mi jardín, descubrí las suculentas; estoy con mis perros, me puse a tener más hijos ¡y ya tengo trece! (suelta otra carcajada). Abajo en la playa se produce un pozón entre las rocas y ahí me siento a contemplar la arena. Tener una salida al océano es como tener una salida hacia el infinito. Esta casa es un regalo, aquí podría morir.

—Se le nota contento.

—En mi vida desapareció el estrés. Sólo cuando llego a Santiago empiezo a producir cortisol y eso es lo que mata pues linda, y el causante de que no vivas el aquí y el ahora. Hoy valorizo el tiempo. Muchas veces Francisco me dice veamos una película, pero eso significa tres, cuatro horas que desaparecen. En ese caso prefiero dibujar, porque todo mi ser y mis sentidos están ahí. Además, estoy conmigo que es maravilloso.

—Si sus idas a Santiago le resultan tan difíciles, ¿no ha pensado en terminar con su negocio?

—Lo he pensado, pero tengo clientas de toda una vida que no tienen ninguna prenda en su clóset que no sea mía. Me debo a ellas y este año empezó increíble, con mucho trabajo y estoy entretenido. Por lo mismo, voy más a Santiago, me quedo un par de días, aunque regreso rápido porque soy aprensivo con mis perros.

—Con 18 años de relación, ¿por qué no vive con su pareja?

—No linda, ya no estoy para vivir con nadie, menos con alguien tan joven como él. Nunca hemos vivido juntos, aunque viajamos harto. Francisco es una de las personas fundamentales de mi vida junto con mi madre. A mis hermanos casi no los veo, ni a mi familia tampoco. Soy bastante cerrado. Tengo amigos maravillosos, pero no soy de estar llamando ni de juntarse seguido. Ya lo hice, fui de mucha vida social; eso también me aburrió y quedó solo la gente más importante. Al sumar sabiduría a los años, aprendí a no exigir, pedir ni esperar nada. Me llevé muchas desilusiones.

—¿Cuáles han sido sus grandes golpes?

—Acuérdate de esa portada de un diario que decía: “Diseñador dio puntada sin hilo”, cuando lo perdí todo. Fue uno de los momentos más terribles de mi vida y justo ahí apareció Francisco. Un amigo nos invitó a celebrar mi cumpleaños a su casa, ahí nos conocimos y nunca más nos separamos. El tenía 21 años y yo 39. El es ambientalista (dueño de la fundación ecológica Ecoman), tiene su vida y yo no lo puedo coartar.

—¿Quiénes hoy entran a su casa?

—Muy pocos; la mayoría de la gente les tiene miedo a los perros, se complican y yo complicaciones no quiero. Ahora estoy con mi mamá, que está bastante mayor y quien a sus 85 decidió separarse de su segundo marido, con 25 años de matrimonio, porque quiere estar sola, ¡imagínate!

—¿Por qué no se ve con sus hermanos?

—Somos muy diferentes, la relación siempre ha sido compleja, no hay nada en común. Ellos están en Temuco, yo hago otra vida. Según mi filosofía, al final uno decide en qué familia nacer; eso está relacionado con tus vidas pasadas, la vida y la muerte, y los karmas que tenemos que vivir y mejorar. Si te fijas, tiene mucho que ver con lo que he aprendido, sufrido y logrado en mi historia.

—¿Qué filosofía sería esa?

—Soy cristiano, sin embargo desde los 17 años soy seguidor de Prem Rawat. Por él estoy vivo, porque en algún minuto de mi vida pensé en suicidarme. Hace cincuenta años pensaba que yo era el único personaje así en el mundo, y tuve un bullying en el colegio ¡que te mueres! Muchas veces me llevaron al hospital porque me hacía el enfermo para no ir a clases de educación física. Nunca salí a recreo, de la clase me iba a la biblioteca para que no me molestaran. Fue terrible, sufrí mucho. Muchos compañeros me han pedido perdón…

—¿Los perdonó?

—Te recuperas perdonando. Por eso me propuse ser el mejor diseñador de Chile, para que nunca nadie más se riera de mí. Un detalle, debí haber dicho que sería el mejor del mundo, porque me creo el mejor. Tenía todo para serlo, estaba internacionalizando mi carrera, pero me pesó lo que me ocurrió en el 2000. Mi marido me había abandonado, se fue con uno más joven a Miami. Me quedó la escoba, fue muy duro.

—¿De qué manera la filosofía de Prem Rawat salvó su vida?

—El es el ex gurú Maharaj Ji, muy similar a Osho. El me enseñó que todo está dentro de ti, en una época en que no tenía nada claro. Aprendí meditación —que practico hasta hoy— y comprendí que no necesitas de otros para ser feliz; que somos un ser completo y perfecto que generamos nuestra propia felicidad. Hasta hoy cultivo ese pensamiento; yo vivo, me gusta el espumante, ¡es uno de mis vicios!

—¿Qué otros vicios tiene?

—Me fumo un pito de vez en cuando, ¡también me salvó! Con mi depresión vivía drogado con prozac, famotidina, hasta que un amigo me dijo: “Fúmate un pito”. Bueno, desde entonces fumo. Y la verdad, ¡me encanta!

—En este tiempo de seudo retiro, ¿ha surgido algún reemplazante suyo en Chile?

—Nadie te puede reemplazar…

—¿Por qué no ha salido otro Rubén Campos?

—Falta creerse el cuento, tener actitud. Hacía cosas que llamaban la atención, sabía de espectáculo… Me gusta el reconocimiento. El minimalismo de los ’90 lo hice muy a mi estilo con pabilos perfectos, todo en negro, vestidos sin costuras ni cortes, estirados al vapor… Ninguna pinza, ¡me cargan! No me gusta lo simple, sino lo complejo, lo elaborado; lo mío son los detalles y la perfección. Por algo me decían el arquitecto de la moda. En el Palacio Cousiño y en el Bellas Artes hicimos unos desfiles maravillosos, con escenografías, unas producciones espectaculares. Todo eso se perdió…

—¿Hoy existe alta costura en Chile?

—No, existe un prêt-à-porter couture; todo cocido a máquina, con muy pocas técnicas de alta costura, pero muy bien hecho y a medida. Los tiempos han cambiado, las clientas de la alta costura son muy pocas porque es muy cara.

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“PENSÉ EN CAMBIARME DE SEXO”

En el ’87 Rubén declaró por primera vez su homosexualidad en el programa radial Las mujeres también improvisan que rompía de alguna manera los cánones de una sociedad chilena aún muy conservadora. “Era un programa con Raquel Correa y María Eugenia Oyarzún, quienes me preguntaron y yo no sé mentir. Dije: ‘Sí, soy homosexual y tengo pareja’. Despertaron tanta expectación mis palabras, que ese mismo día me invitaron a un programa de TV junto a Gonzalo Cáceres y Pato Araya. Recuerdo que les dije que reconocieran que también eran maricas, ¡porque yo no era el único!”, cuenta.

—Valiente hacerlo en una época en que nadie se atrevía.

—Me liberó mucho porque en el ‘87 ya era muy importante en la moda, no daba abasto. Llegué a tener 60 personas trabajando conmigo, tuve que arrendar la parte de arriba de la fundación de la Lucía Pinochet —que estaba al lado de mi taller—, abrir un hoyo en la pared y tomarme el segundo piso porque no cabíamos. Desde el día que reconocí mi homosexualidad, dejaron de molestarme.

—¿Está más cómodo con la mayor apertura valórica?

—Siempre me he sentido cómodo linda, he sido como soy y nunca he tenido problemas con eso. Creo eso sí que soy una raza en extinción, porque ahora ¡todos son machos pues! Ya no sabes quién es quién. Ves a dos hombres, juras que son machitos y resulta que son pareja y están casados. Los maricas y las locas quedamos muy pocos, ¡estamos en extinción!

—¿Y qué es ser marica?

—¡Así pues, como me ves! Mi pareja me dice que soy más mujer que todas las que él ha conocido; es que para ser una gran mujer hay que ser hombre primero, pues linda. Yo me hubiera cambiado de sexo en algún momento de mi vida.

—¿Pensó en hacerlo?

—Pero por favor, ¡muchas veces pensé en cambiarme de sexo! Cuando tenía como 13 o 14 años vi una película de un hombre que pudo hacerlo y me impactó saber que yo no era el único, que había una realidad paralela.

—¿Y por qué al final no se operó?

—Soy muy hombre en mi carácter, en mi quehacer, pero también muy mujer para mis cosas. Nunca me he vestido como tal, un par de veces me he disfrazado. No soy asiduo a lugares gays. En el fondo, soy bastante centrado en ese tema.

—¿Se siente transgénero? ¿Lo identifica Daniela Vega?

—No, fíjate. Si hubiese querido operarme, con el carácter que tengo, ¡lo hago! Entonces no quise y hacerlo a estas alturas ya no. Para mis amigos, nanas, no soy Rubén sino Ruby, y para los niños, ‘tía Ruby’. Aún así, nunca he sido loca para vestirme, sino muy minimalista. Me he permitido cosas, pero con gusto y estilo; eso es lo importante, no la moda. En mi vida y en el vestir he seguido una línea. Y si en un momento intenté demostrar mucho, hoy no tengo que demostrarle nada a nadie. Hoy soy lo que soy.