Llevaban separados casi treinta años. Tres décadas de relación cordial aunque fría y escasa. Pero cuando el pasado 15 de agosto, Rosalía Mera (69 años) llegó en estado irreversible a un hospital de Galicia tras haber sufrido un derrame cerebral en Menorca, Amancio Ortega (77 años y máximo dueño de la cadena Zara) fue de los primeros en acudir a su lecho de muerte y ya no se separó de su lado hasta el minuto de recibir sepultura, dos días más tarde.

Puede que lo hiciera para acompañar a la hija de ambos en un momento tan duro. O quizás para cerrar un círculo vital entre ellos. Porque esta es la historia de una pareja de tenderos que “con el tiempo, el esfuerzo y algo de suerte” –la cita es de ella– se convirtieron en las dos personas más ricas de España. El, con 57.000 millones de dólares, sólo Bill Gates y Carlos Slim lo superan. Ella, con 6.100, estaba considerada la emprendedora más adinerada del planeta.

De ahí que, a lo mejor, él haya querido compartir ahora los últimos momentos de la mujer con la que empezó todo. Zara le debe mucho a Rosalía Mera.

Jamás brindaron ni festejaron juntos por su ingreso en el club de los Forbes. El sabor amargo que les dejó la ruptura les impidió descorchar la botella. De ahí que, a lo mejor, él haya querido compartir ahora los últimos momentos de la mujer con la que empezó todo. Zara le debe mucho a Rosalía Mera.

La historia de Inditex, el grupo de marcas que capitanea Zara, está ligada al noviazgo de la pareja. Se conocieron en la tienda de moda en la que trabajaban, La Maja. Ella había elegido ser costurera para evitar una vida destinada a trabajar en el matadero del barrio donde había nacido. El había ascendido de recadero a encargado y le sobraban ideas e iniciativa. Una de ellas, producir y vender batas de boatiné, un tejido que confortó a la fría España de los años sesenta. Rosalía confiaba tanto en Amancio que, aun sin estar casados, dejó La Maja para coser batas. Llamaron a la marca GOA (el acrónimo opuesto del nombre completo de Ortega). Era 1962 y Mera tenía 18 años. Le acompañaba Primitiva, la mujer del hermano de Amancio, Antonio. Los hombres compaginaron el taller con sus trabajos en La Maja hasta que el éxito de las batas les permitió dedicarse a tiempo completo.

En 1975, pusieron en marcha otra idea: Zara, una tienda de ropa para mujer en la ciudad de Coruña. Un nuevo acierto. Pero para entonces las cosas habían cambiado mucho. Antonio había fallecido y Rosi y Ortega –ya casados y padres de su primogénita Sandra– vivían un drama tras nacer su hijo Marcos aquejado de una grave parálisis cerebral. “Encontrarte con un hijo que no es el que tú estás esperando es muy duro. (…) En esas circunstancias de gran conflicto, emerge lo mejor y lo peor de uno”, confesó la propia Rosalía hace años en una de las escasas entrevistas que concedió.

Cuando Zara abrió, ella ya se había medio retirado. Lo había decidido antes del nacimiento de Marcos, cuatro años antes. “Llevaba más de la mitad de mi vida trabajando. Y las cosas iban bien”, contó en la misma entrevista, recogida en el libro Dinero fresco de Carlos Sánchez. Pero la condición de la criatura la obligó a quedarse en casa sí o sí.

Pronto la pareja empezó a ir en direcciones opuestas. El, viajando para expandir el negocio. Ella, formándose en patologías infantiles. La distancia siempre es mala compañera y a principios de los años ’80 una empleada entró en la vida de Ortega: Flora Pérez. Cuenta Xavi Blanco, autor de Amancio Ortega, de cero a Zara (la biografía oficial del empresario), que éste, “hizo un último intento” por el bien de los hijos y puso distancia con Flori destinándola a otra ciudad. Pero el amor correspondido es difícil de esquivar y en 1984 Pérez quedó embarazada de la única hija de ambos, Marta (29 años). Se desconoce la fecha de separación de Ortega y Rosalía pero no firmaron el divorcio hasta dos años más tarde.

Veinte años de matrimonio que terminaron justo cuando Zara entró en una nueva fase: la de producción y consumo rápido. Fue ahí cuando realmente empezó a despegar. En 1989 abrió la primera tienda fuera de España (en Portugal) y Ortega empezó a crear y absorber otras cadenas hasta llegar a las 56.000 tiendas que forman hoy el grupo, repartidas en 86 países.

En 1989 abrió la primera tienda fuera de España (en Portugal) y Ortega empezó a crear y absorber otras cadenas hasta llegar a las 56.000 tiendas que forman hoy el grupo.

Rosalía para entonces ya estaba volcada en su querida Fundación Paideia, un centro de estudios e integración laboral para discapacitados. Se quedó, eso sí, con una parte del negocio, que se tradujo en un cinco por ciento de las acciones tras la salida de Inditex en bolsa en 2001 y un puesto de vocal en el consejo de administración de la multinacional, cargo que abandonó en 2004.

Sus vidas sentimentales también corrieron diferente suerte. Amancio se casó con Flora en 2001 y, puesto que Sandra se decantó por su madre y Marcos vivía con ella, el empresario creó una segunda familia con Marta, ‘la niña de sus ojos’ y la heredera del imperio. Rosalía, en cambio, no volvió a tener pareja. “Era una mujer atravesada por ese desengaño”, ha dicho Blanco estos días. De cara al libro ella le había dicho: “Las mujeres no tendrían que hipervalorar tanto el amor porque se hipotecan por algo que no es verdad”.

Sin embargo, siempre habló bien de Amancio. De él destacaba su “tenacidad, talento, perseverancia, esfuerzo y superación”. Y también defendió al grupo del que era la segunda mayor accionista, por detrás de Amancio. Como, por ejemplo, vestía de Zara.

Aparte de respeto mutuo, la ex pareja también coincidía en un hecho: un estilo de vida anónimo y bastante sencillo a pesar de que cuántos más años pasaban, más ricos se hacían. De Ortega no hubo foto en los medios hasta 1998. Cuando estaba en activo –hasta 2011– desayunaba con sus amigos, comía en el comedor de los empleados y los sábados compartía la mesa familiar con el servicio doméstico. Hoy tiene un yate, un jet privado y uno de los centros de hípica más importantes del mundo para que su niña compita entre los primeros, pero sigue sin querer hablar con la prensa y tanto en el velatorio como el entierro de Mera se presentó en mangas de camisa, descansó con su hija en la cafetería del tanatorio y despachó sin protocolos a las autoridades civiles que fueron a dar el pésame a la familia.

Rosalía por su parte también llevaba una vida muy discreta. Cogía el autobús urbano, compraba en la pescadería, frecuentaba los bares locales con sus amigas, lucía ropa bohemia y paseaba con su hija y sus nietos por las calles principales del pueblo gallego donde residían. Entre sus pocos lujos destaca una casa en Londres.

Ahora bien, no era la típica ex mujer que vivía de rentas. Como buena gestora que se consideraba, invirtió bien el dinero de Inditex y creó su propia fortuna. A través de su compañía Rosp Corunna, de la que su hija Sandra es socia minoritaria, tenía participaciones en el sector hotelero, en empresas de biotecnología, informática y audiovisuales, y en la farmacéutica Zeltia, dedicada a la investigación de fármacos anticancerígenos. Seguía trabajando para “sentirse bien íntimamente” y porque, según ella, los empresarios aman crear.

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Mujer de opiniones marcadas, Rosalía Mera hablaba, eso sí, con la libertad de quien tiene dinero. No necesitaba el respaldo de las elites, de ahí que criticara sin prejuicios las medidas del gobierno español y las manipulaciones de los medios. Planteaba cuestiones incómodas: “Los grupos de poder quieren que todo continúe igual, pero lo peor es que la sociedad civil (…) se está aburguesando”. Y no le importaba caer en contradicciones como ser la mujer más rica de España y pedir subvenciones públicas para sus proyectos sociales o posicionarse en la izquierda política cuando una de las principales críticas a Inditex siempre ha sido que fabrique en países de mano de obra barata.

Destacaba por su conciencia social. “Yo tengo suerte porque tengo medios económicos pero, ¿qué ocurre con las familias que no lo tienen?”, decía sobre la razón de Paideia. Y le preocupaba la lucha de sexos. “La aportación de las mujeres ha sido ignorada antes y ahora también”. En su caso, “siempre seré la ex de Amancio Ortega”, solía lamentarse cuando participaba en conferencias sobre liderazgo.

Todo apunta a que su hija Sandra (44 años) continuará su labor social, sin bien ha sacado la fobia de su padre hacia los medios. Los fotógrafos aparcados fuera del tanatorio tenían prohibida la entrada, ni siquiera pudieron identificarla las primeras horas. Psicóloga de formación, formó parte del consejo de Inditex durante unos años y también se desligó del grupo para seguir a su madre en Paideia y Rosp Corunna. Sus tres hijos acuden a la escuela pública, al igual que ella y a diferencia de su hermanastra Marta, que se educó con una institutriz británica. Dicen que lleva guardaespaldas. Le hace falta porque, con la mitad de la herencia de su madre y el tercio que le corresponde de su padre, algún día será la mujer más rica de España. Pero esa historia ya se contará en su momento.