En San Isidro, frente al hipódromo, entre algunos bares y cafeterías con sus terrazas a la sombra, se levanta el cuartel general de la exclusiva marca bonaerense Etiqueta Negra. La arquitectura abierta, moderna, llena de detalles testosterónicos como motos, botes a remos y autos de colección, en el papel, debería ser el foco de atención. Pero no. Cruzando la puerta aparece un vendedor de traje impecable de pelo largo peinado hacia atrás y barba. Más atrás, se cruza un ejecutivo de jeans pelo largo peinado hacia atrás y barba. Mientras que en las oficinas del fondo, sentado en una mesa, está concentrado otro treinteañero de pelo largo peinado hacia atrás y barba…

La escena —digna de la película ¿Quieres ser John Malkovich?— tiene una razón: subiendo las escaleras a una oficina de plan abierto está el jefe de la firma y gurú de la moda transandina: Federico Alvarez Castillo (55). Sentado, de camisa negra, con su pelo largo peinado hacia atrás y barba.

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A este lado de la cordillera su nombre no es tan popular como el de otras celebrities argentinas. Pero eso debería cambiar con el próximo aterrizaje de Etiqueta Negra en Chile (en Parque Arauco). Ha pasado más de una década desde la creación de esta marca (entre otras gestadas bajo su mano), pero su línea de ropa no sigue los veleidosos vaivenes de tendencias que surgen cada temporada —“¿Qué es preppy?”, me pregunta genuinamente—. Su filosofía es clara a la hora de poner diseños en los  colgadores: siempre ofrece ropa que se pondría él. Con su metro noventa, el marido de la diseñadora Paula Cahen D’Anvers es el mejor embajador y modelo de su empresa.

¿Todo lo que toca lo convierte en un hit? En tono nada canchero —incluso este gran amigo de Marcelo Tinelli habla con voz baja— responde: “Llevo cerca de treinta años dedicado a la moda. Y en ese camino largo he hecho algunas marcas que han sido exitosas, otras no tanto y algunas que no lo lograron. Lo que más visibilidad ha tenido han sido los aciertos, por lo que se me vinculan con aquellos”.

—Su carrera la empezó como “cadete” en una tienda. ¿La moda llegó a su vida de manera accidental?
—No. Partí trabajando de muy chico en un taller de motos. Estaba allí en las mañanas y estudiaba por la tarde. Saliendo de la secundaria estaba todo el día allí: entre fierros y autos. Y en una carrera de enduro en la playa de Pinamar, un señor que tenía la licencia de Fiorucci me vio y me dijo No querés trabajar con nosotros. Estamos armando un departamento de promoción y publicidad, que tiene que ver con las motos de cross, windsurf.  Allí partí en el área de marketing e hice una carrera ascendente.

—¿La moda llegó por accidente, pero hasta hoy lo relaciona con el mundo tuerca?
—Sí, siempre.

—Pero si una piensa en autos, se imagina un garage lleno de grasa y herramientas. Algo nada de fashion como lo suyo.
—El mundo de los autos es muy amplio y hay muchas aristas. Las restauraciones me gustan mucho. También los eventos, las competencias y los rallys. Y está el coleccionismo, que se relaciona con los autos históricos (la selección de Alvarez es infinita), que es la faceta más sofisticada del automovilismo. Ese mundo, que es muy chiquito, me pareció que era bueno para asociarlo a una marca de moda que pretendía dirigirse a un pequeño grupo consumidor. El tema para un segmento de elite.

—¿Y su estilo encaja con el de los chilenos? ¿Cómo nos ves?
—Los pueblos chileno y argentino tienen muchas similitudes. Hay elegancia y sobriedad. Esta es una marca que pretende vestir a los hombres, sin que ellos sobresalgan por su indumentaria, sino que por personalidad y presencia. Nuestra propuesta es bastante neutra. Aspiramos a que las colecciones duren en el tiempo. Y para eso necesitas una línea muy sobria, muy básica y de calidad. Esos son nuestros tres ejes.

—Creó esta marca en 2001, en plena crisis argentina. Y se expande a Chile en un 2014 crítico. ¿Ve la crisis como oportunidad?
—No tiene que ver con eso. Una marca de moda si, a priori, está funcionando —especialmente una firma como ésta— empiezas a trabajar sus temporadas un año antes. Entonces es muy difícil programarse para el tiempo justo. Yo no busco el tiempo para invertir, sólo invierto.

—Ahí el tuerca que aprieta el pedal…
—Si uno no acelera y no invierte, no es empresario… Tienes que tener esa característica. No puedo decir: Tengo diez tiendas en Argentina y me quedo quieto. Hay que seguir.

—Y en términos de estilo, ¿qué lo inquieta?, ¿dónde mira?
—El estilo lo pienso desde un lugar muy personal. Cuando me pregunto a quién apunta Etiqueta Negra, imagino a un señor latino muy parecido a mí. Me proyecto en cómo yo iría a una fiesta, cómo vestiría el fin de semana y cómo iría a trabajar. Es tan cercano que mi mujer (Cahen D’Anvers) hace la línea femenina y mis autos están en las tiendas. Al igual que el polo. Todo es muy personal y ha salido de nuestras necesidades. Y hay un pequeño grupo de señores que se identifican con ese estilo. Si hay un negocio —en cuanto a diseño—, pero no tiene que ver con nuestro ADN, no lo hacemos. Y esa actitud nos ha dado coherencia en el tiempo.

—¿Qué tienen en común sus embajadores Pablo Echarri, Marcelo Tinelli y Ricardo Darín?
—Son amigos nuestros. Y vestimos a hombres que son un aporte y que tienen visibilidad. Además, llevan la marca porque les gusta. Tampoco se trata de tener a una gran estrella, pero que se pone la ropa por compromiso. Eso se nota.