Hace un par de horas que aterrizó desde la capital mundial de la moda y luce radiante. No hay cansancio en su rostro, menos de letargo. Desde el momento en que aparece en el lobby del coqueto Tinto Boutique Hotel del barrio Bellavista, vestido de negro de pies a cabeza, el ganador del Gran Premio de la Creación de París derrocha adrenalina y entusiasmo. En una de las habitaciones que mira a la piscina y al cerro San Cristóbal lo esperan un séquito de fotógrafos, estilistas y productores junto a tres mujeres que él mismo invitó para celebrar su arribo a las grandes tiendas comerciales.

La fotógrafa y comunicadora María Gracia Subercaseaux, la actriz Mayte Rodríguez y Antonia Bulnes, cofundadora de la red social de moda Cranberry Chic, son las elegidas para conocer antes que nadie lo nuevo del modisto chileno que más lejos ha llegado en el firmamento internacional. Octavio las saluda mientras las escudriña con la mirada. Al rato, sonríe entre satisfecho y exultante. Le bastan unos pocos minutos para saber bien qué ropa interpreta la personalidad de cada una. Por eso, cuando va colocando sobre una cama inmaculada las prendas de su colaboración para la marca Basement de Falabella, los elogios y cumplidos se multiplican. El ADN Pizarro que nace del arte cinético, los años treinta y el art déco, permanece intacto. Por primera vez, su propuesta —que es parte de los clósets de la reina Sofía de España y Rania de Jordania—, estará al alcance de un público más transversal, sin perder ese sello inconfundible que caracteriza su trabajo de artesano de la moda.

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Para ellas, el juego recién comienza. Para él, se trata de la antesala de días de tensión en los que la búsqueda de la perfección será el único norte. Obsesivo sin culpas, supervisa, vía telefónica, los últimos detalles de la fabricación y coordina los compromisos para el próximo verano boreal con su jefa de prensa. “Siempre supe que quería vivir en París. Claro que me fui en una época distinta, cuando todavía existían las casas de moda francesas y todo era mucho más pequeño. No sé si hoy podría repetir la misma historia con lo difícil que está todo para los que están fuera de los grandes grupos económicos de lujo”, reflexiona. Mayte Rodríguez se pasea con un vestido rojo de aires futuristas jugando con su pelo y Antonia Bulnes se enamora de un sweater perfecto para las frías tardes de otoño. “No podríamos haber elegido mejores modelos”, bromea, mientras María Gracia busca los zapatos indicados para lucir un smoking que le queda como hecho a medida. Octavio la mira, celebra su gen galo y recuerda el día en que juntos se colaron a su primer desfile de Yves Saint Laurent.

Para Octavio, llegar al retail no fue algo buscado. Al contrario, por años rechazó la llamada de las tiendas de departamento simplemente porque sentía que no era el momento. “Ahora, en cambio, estoy feliz de haber hecho el cambio de switch. Fue tan divertido. Todas las grandes marcas internacionales lo están haciendo, como Stella Mac Cartney con H&M. Es un desafío crear un lenguaje mucho más masificado donde el público tiene acceso a un cierto grado de creación artística”.

—¿Cómo definirías esta colección?

—No es una colección de tema, es el ADN de Octavio Pizarro trabajando para Basement. Es absolutamente atemporal. Puede servir para una mujer de 18 años o de setenta.

—¿Cómo la trabajaste?
— Sabía lo que quería mostrar. Eso se tradujo de una manera más industrial donde tanto Falabella como yo tuvimos que hacer concesiones. El proceso fue genial, logramos cambiar esa idea del fast fashion para crear cosas que tengan una intelectualidad, una historia.

—¿Cuál es el denominador común?

—Cuando empecé a diseñar lo primero que pensé fue en los must de la temporada. La chaqueta smoking, el pantalón bombacho, el sweater city, el maxi abrigo y la camisa de hombre de otras proporciones. Iconos que toda mujer quiere tener pero revisitado con mi estilo. Eso es lo entretenido. Además, las piezas están pensadas para que puedan mezclarse y así poder crear diferentes armarios”.

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Al ver cómo sus improvisadas musas calzan las prendas que nacieron en el más duro de los inviernos europeos, el orgullo le brota por los poros. Dos horas más tarde, cuando la sesión fotográfica alcance su clímax, los cuatro parecerán un grupo de amigos que se reúnen a tomar una copa de champaña en cualquier bar del mundo. “Trabajo toda la semana y sólo el sábado lo dedicó a mí, pero el domingo sagradamente estoy en el estudio. En general, no soy muy bueno para celebrar, pero este es un gran momento”, dirá, junto con el primer brindis.

Una semana después en su departamento en Vitacura, el viñamarino que pasaba largas horas dibujando mientras sus compañeros del tradicional colegio MacKay jugaban rugby, confesará qué hay detrás de esa búsqueda incesante de telas, texturas y cortes. “Tengo un grado importante de inconformismo, mis padres me lo dicen siempre ‘nunca estás conforme con nada’ y así es. Tiene que ver con el hecho de que estoy convencido de que aún no he terminado lo que quiero hacer en mi carrera. Esa huella que anhelo dejar, por la que quisiera ser recordado, no está lista todavía. A mí lo que me interesa es trascender. Tengo esa cosa media clásica y espero que sea rápido mientras sea joven. No quiero estar viejo cuando eso ocurra porque en esta industria todo es muy rápido. Quiero poder disfrutar al máximo el día que llegue mi momento. Mi historia se está escribiendo”, afirma.

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—Hace unos días el gremio fue sacudido por las declaraciones del diseñador Iván Grubessich, quien dijo que no existía ni un chileno reconocido en Francia.

—La verdad es que no lo conozco, ni entiendo cuál es el objetivo de sus palabras. Para qué. Cada uno tiene su estilo y relato propio. No soy nadie para criticar el trabajo de uno o de otro. Encuentro que en Chile están pasando cosas fantásticas. Además, yo no soy famoso. Si lo fuera no me hubieran dado el Premio de la ciudad de París. No lo hubiera necesitado y lo necesité. Trabajo en un núcleo de la moda, tengo mi clientela fiel, puedo vivir de mi arte, repartirme entre Santiago y Europa y trabajar las colecciones como a mí me gusta”.

A días del lanzamiento de su primer trabajo para Basement, todas las energías están puestas en el evento que marcará su primer acercamiento a un público masivo. Hace cinco años, tras dos décadas en Francia, en las que trabajó para Guy Laroche y Jacques Fath, entre otros, Pizarro comenzó a cimentar el camino por el que hoy transita. Decidió que era el momento de regresar a sus orígenes y buscar en las materias primas latinoamericanas nuevos aires de sofisticación. Así fue como nació el showroom que montó en la sala principal de su departamento, donde hoy conviven chaquetas, vestidos y blusas con carteras de cuero y piel, junto a todo tipo de accesorios, entre los que destacan sus echarpes de alpaca con aplicaciones de metal, piedras y cristales. Con una vista privilegiada del Club de Golf Los Leones, el espacio es el fiel reflejo de la personalidad de su dueño, quien supervisa las últimas polleras con tachas que acaban de llegar de la fábrica. “Siento que lo único que le falta a la mujer chilena es la diferenciación. Todavía queda algo de preocupación por el que dirán. Tiene que atreverse más, en especial con los colores que tan bien le quedan a su tono de piel”, sentencia, antes de que el teléfono vuelva a sonar. Francia llamando.