Hubo un momento en que los fashionistas del planeta se rindieron a los pies de la mujer de Barack Obama. Si bien durante la primera campaña presidencial su buen gusto había cosechado múltiples elogios, no fue hasta su primera gala de los Kennedy Center Honors en 2008, cuando lució un modelo violeta de Peter Soronen que el mundo de la moda comenzó a mirar a esta abogada de Chicago con otros ojos. De ahí en adelante, la madre de Malia y Sasha no hizo más que sorprender y marcar tendencias sin asomarse jamás al precipicio de la autocomplacencia o la frivolidad.

Enemiga de dar mayores detalles sobre cómo elige el vestuario o cuál es su diseñador favorito, se sabe que Oscar de la Renta, Carolina Herrera, Marc Jacobs, Isabel Toledo, María Cornejo y Barbara Tfank figuran entre sus predilectos. Sin embargo, para quien es considerada la mejor vitrina que el diseño norteamericano ha tenido durante el siglo XX, su máximo orgullo ha sido potenciar la industria más allá de cualquier individualidad. Esto significó que en las últimas semanas no pocos se rehusaran a vestir a su sucesora Melania Trump sólo por solidaridad con ella. Tom Ford ha sido el único en manifestarlo públicamente, pero lo cierto es que la industria está de duelo por la partida de Michelle de la casa presidencial.

Orgullosa de su robusta y atlética anatomía, es de las que defiende “la comodidad ante todo aun cuando esté en el Palacio de Buckingham”. Para ella, el vestir es una sumatoria de factores regidos por la inteligencia y la emoción. Especialista en mezclar prendas costosas con las de grandes tiendas, impuso su manera de vestir como tema de conversación y logró que algunos de sus atuendos se convirtieran en un explosivo éxito de ventas. Tal como ocurrió con el Narciso Rodríguez amarillo que utilizó en enero pasado durante el último discurso que su marido pronunció sobre el Estado de la Unión y que en menos de una hora se agotó en la web.

Más allá de su carisma y asertividad a la hora de vestirse, lo que elevó a esta mujer de 52 años a la categoría de ícono fue su extraordinaria habilidad para conectar la moda con la cultura popular. Repetir outfits, apostar a piezas low cost, optar por la moda sustentable o elegir diseños cosmopolitas revelaron que el interés de Michelle por la ropa va mucho más allá de un tema meramente estético. Por algo, junto a su gran aliada Anna Wintour organizó el primer taller educativo en la Casa Blanca que reunió a pesos pesados de la moda con estudiantes universitarios sólo para hablar del futuro.

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Aunque su figura trasciende el color de su piel y filiación política, es innegable que gracias a ella las afroamericanas no sólo encontraron un referente sino que también una verdadera fuente de inspiración. “Vivan el sueño de ser la mejor versión de ustedes mismas”, repitió, en muchas de sus intervenciones, en las que no temió romper viejos paradigmas sobre el lenguaje de la ropa y la edad. De hecho, sólo después de que ella se atrevió a usar un vestido de manga sisa, esta prenda comenzó a ser aceptada en los círculos diplomáticos para las mujeres mayores de 40 años. Antes de su osadía, era algo completamente impensado. “Hay que hacer ejercicio y comer bien, la edad no es más que un número”, filosofó en una publicación, donde la calificaron como “una mujer sin edad”.

En las giras oficiales, nunca olvidó llevar trajes de los diseñadores de los lugares que visitó y aunque muchos puedan pensar que se trataba de un detalle menor, lo cierto es que en situaciones complejas ha sido la maniobra política más eficaz. Para la visita a China en el 2014, seleccionó un vestido estampado en beige y blanco de Derek Lam, un diseñador norteamericano de ascendencia china. Su elección fue interpretada por la prensa local como una suerte de guiño a la cultura ancestral. Mucho antes, en su primera comida de Estado en la Casa Blanca en honor a la India se encargó de pedirle a Naeem Khan que le diseñara un vestido strapless blanco bordado con pedrería que muchos catalogaron como una verdadera obra de arte.

Aunque su discurso no siempre fue bien interpretado y en algún minuto llegó a ser considerada como “la peor pesadilla del feminismo estadounidense”, Michelle es fiel a sí misma y no pretende claudicar en su campaña mundial por la alimentación saludable y la educación de las niñas en todo el mundo. Total, nunca escondió su escepticismo hacia la política ni se amoldó a los cánones estéticos de sus predecesoras. Menos ahora, cuando comienza a despedirse de Washington con la portada de Vogue diciembre bajo el brazo.