La moda rápida ha cambiado la forma en que nos vestimos. Hace cincuenta años comprar era una experiencia completamente diferente. Primero, para adquirir una prenda específica, sea un vestido de fiesta o un traje de baño, debíamos conocer el lugar preciso al cual seguramente llegábamos dateados. En la tienda o taller, conversábamos directamente con la persona que confeccionaba la pieza que, por ser hecha a mano y con materiales durables, tenía un precio bastante elevado. Esta era la misma razón por la que esta compra no se repetía de manera habitual.

Pero los tiempos han cambiado. Hoy vivimos en un mundo donde por unos pocos pesos y con solo un click podemos comprar ropa que es confeccionada de manera masiva al otro lado del mundo. Según la consultora internacional Mckinsey, entre 2000 y 2014 la producción de indumentaria se duplicó a nivel global, llegando a producirse más de 100 mil millones de prendas al año. Al mismo tiempo, el porcentaje de dinero gastado por pieza y cuánto tiempo esta dura en manos del consumidor, es cada vez menor.

No es una novedad que el aumento en la producción masiva de ropa ha significado un gasto desmedido de recursos naturales y un tremendo impacto para el medioambiente. La industria textil es la más contaminante después de las petroleras. En ella la producción mundial equivale a una emisión de 1.2 billones de toneladas de C02 por año, lo que representa el 5% de las emisiones globales, superando con creces a las emisiones totales que genera, por ejemplo, el sector marítimo y aeronáutico.

Asimismo, el Banco Mundial estima que el 20% del agua contaminada en el mundo proviene de la producción textil. Además, la fabricación de fibras como el poliéster utiliza gran cantidad químicos que son tóxicos para el suelo, el agua y el aire del planeta.

La periodista y analista de moda Sofía Calvo, quien es creadora de la plataforma Quinta Trends y autora del libro El nuevo vestir, apunta a la irrupción del nuevo modelo económico como el responsable de la forma en que consumimos actualmente, donde “la construcción de nuestro clóset refleja esta idea de lo impulsivo, comprar sin reflexionar. Del 100 por ciento de lo que tenemos, apenas ocupamos un 20”, dice. Y complementa: “Antiguamente la ropa tenía otro valor, otra materialidad, y la mano de obra era pagada de manera distinta en reflejo de cuánto se apreciaban los oficios. La gente analizaba antes de comprar algo porque era caro, había una reflexión respecto de la necesidad y el uso”.

Esto parece que pasó hace siglos, pero estamos hablando de apenas cuatro décadas atrás. “Antes estábamos conectados emocionalmente con las prendas. Recordábamos momentos importantes de nuestra vida ligados con la ropa, por ejemplo, ese vestido que ocupamos cuando dimos nuestro primer beso. Ahora esa conexión no existe. La ropa es desechable, se nos olvida que la tuvimos”, recalca Sofía.

EL PRECIO DE LA MODA

La moda rápida o fast fashion es esta máquina de producción que ha cambiado los parámetros individuales de los consumidores, y que deja que hoy se pueda comprar un pantalón incluso en un supermercado. Un modelo que se caracteriza por producir y vender prendas a bajo costo y de manera masiva, que ha acelerado los procesos de diseño, confección y entrega, y que acepta que grandes marcas como H&M y Zara realicen al año, no cuatro temporadas como sería la lógica que permiten las estaciones, sino 12 y 24, respectivamente.

Fue en 2008 que a partir de este creciente fenómeno desenfrenado dentro de la industria de la moda, la investigadora británica Kate Fletcher acuñó el término moda lenta o slow fashion. Buscando ser mucho más que la contracultura del fenómeno fast, Fletcher apuntaba a algo que no solo se definiera por la velocidad, sino que representara una visión diferente del mundo de la moda en cuanto a valores y objetivos.

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Esta idea de frenar el consumismo y de virar hacia un eje más sustentable también se ha desarrollado en nuestro país. “En Chile el movimiento slow sigue siendo de elite, no necesariamente ligado a un grupo socioeconómico, pero sí gente que tiene una educación privilegiada y una capacidad de tener una lectura crítica del consumo”, dice Calvo. Y garega: “No es una reflexión masiva, a la gente le cuesta conectar la situación ambiental con su cotidiano. Estamos en una etapa donde hay evidencia de un problema en que no son solo responsables las industrias, sino también los consumidores. Hay que presionar a través de la ‘consumocracia’, de nuestra opción por determinadas marcas. Tu consumo determina quién eres, lo que crees y cuáles son tus valores”.

FRENAR LA INDUSTRIA FASHION

Bajo la presión del escenario actual, diferentes firmas han adscrito a iniciativas para mejorar los engranajes del sector. Una de ellas es Destination Zero, un programa impulsado por Greenpeace que ya acumula a más de 80 marcas —que reflejan el 15% de la industria—, y que las compromete a hacer una desintoxicación de ríos y océanos eliminando por completo las descargas de toxinas y químicos nocivos para el 2020.

El Fashion Revolution es otro movimiento internacional que agrupa a diseñadores, productores, trabajadores y consumidores de moda que buscan un cambio revolucionario en la industria. Se creó en respuesta al accidente que se vivió en 2013 en Bangladesh, donde colapsó el edificio Rana Plaza y murieron 1.129 trabajadores de la industria textil. El accidente reveló las atroces condiciones laborales en las que se produce la ropa, y dio vida a la campaña en redes sociales #WhoMadeMyClothes que invitó a los consumidores a pensar en quienes fabricaron sus prendas y abogar por un trato digno.

Pero no todos los frentes se están combatiendo desde organizaciones. El pasado mes de octubre la diseñadora chilena radicada en Nueva York, María Cornejo, fue distinguida con el Premio de Sustentabilidad del Fashion Group International. Un reconocimiento que se le otorgó por el trabajo de su marca Zero+Cornejo que se materializa a partir del uso de telas que no dañan el medio ambiente, como cachemira reciclada y viscosa eco, por medio de un diseño atemporal que apunta a que las prendas no dejen de estar de moda.

The New York Times describe a Cornejo como “la diseñadora chilena-americana que comenzó a trabajar en la sustentabilidad mucho antes de que esta se convirtiera en tendencia”. Su búsqueda por hacer cambios en la industria textil apunta al objetivo de lograr ser creativa utilizando menos recursos y eliminando los procesos. “Quiero mostrarle a la gente que el lujo también puede ser sustentable”, asegura la misma creativa.

“Como mujer independiente y cabeza de una compañía, este reconocimiento significa mucho para mi. Significa que tenemos una voz en la discusión y que debemos seguir presionando para generar cambios”, dice Cornejo. Otras marcas del sector, como The Reformation, Everlane o People Tree, han visto como oportunidad el escenario de cuestionamiento a la industria, y se han adscrito a un proceso que asegure un respeto por las personas y por el planeta. Moda ética y sostenible. Esa es la idea a la que adscriben estas exitosas marcas internacionales que trabajan por medio del comercio justo con sus productores y trabajadores, además de una medición por prenda de cuánto consumo de agua, dióxido de carbono y desperdicios significó su elaboración.

“Creemos en compartir no solo la etiqueta con el precio, sino el verdadero precio de la moda. Medimos el exacto impacto en la huella de carbono, en un cálculo que considera desde la plantación de nuestros materiales, hasta el teñido, confección, empaque, traslado y posterior cuidado de las telas”, asegura el reporte de sustentabilidad que envía The Reformation de manera trimestral a sus consumidores.

SUSTENTABILIDAD MADE IN CHILE

Las marcas de moda y sectores de la industria textil también han fijado la atención en otra posible solución: un proceso que permita reciclar textiles de manera indefinida, dando vida a nuevas prendas a través de materiales en desuso, una y otra vez. Lo que sería el sueño de una economía circular y el término acuñado como upcycling, podría ser una posible solución al sobrestock de prendas de vestir que el mundo ya ha generado.

Esto es lo que plantea el diseñador argentino Mariano Breccia, quien junto a Meche Martínez creó la plataforma creativa 12na, que trabaja con el reciclaje textil como eje central. Radicado en Valparaíso, Breccia produce ropa y objetos con etiqueta de upcycling, “sentimos que a nivel nacional es una escena que está creciendo y que puede posicionar a Chile como referente global. Hay mucha materia prima aquí y los jóvenes se están dando cuenta. Existen propuestas frescas que apuntan al upcycling que tienen muchos seguidores en Instagram y que se agrupan para ferias y desfiles. Se está construyendo un discurso”, cuenta.

Esto viene como respuesta a la industria de la moda internacional, a la que Breccia ve desorientada y en decadencia. “La forma en que nos vestimos, comemos y consumimos es insostenible e irresponsable. Por suerte, algunas personas están tomando conciencia de lo vital que es un cambio en la manera en que consumimos la ropa, es importante entender que la industria de la moda actual no podría estar haciendo lo que hace si nosotros no fuéramos cómplices”, dice.

La diseñadora Gabriela Farías Zurita teme lo mismo. A los 12 años llegó a Chile desde Alemania, en 2001 fundó Hall Central y tras dejar la marca se planteó la siguiente pregunta: ¿por qué seguir generando más ropa si ya hay mucha?. “Si dejáramos de producir vestuario no habría problema en los próximos cientos de años porque podríamos seguir utilizando la ropa que ya hay. Por qué hacer más ropa, es algo que me pregunto muy seguido”.

Bajo esta premisa creó Zurita, una marca de moda de ideas sustentables donde trabaja en estrecha colaboración con artesanas aymara del altiplano chileno, tejedores quechua y sastres de Santiago. “Defino en pautas claras por qué cada uno de los productos que hago deberían existir. Cada uno tiene una intención y razón de ser”. Esto en directo al rechazo que le produce la industria y su forma actual de operar donde, asegura, se puede establecer un paralelo calcado en el funcionamiento de la producción de comida rápida. “Está destinada a gente que no tiene plata, es de mala calidad, genera daños y dependencia.

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El deterioro es tanto para el medio en que se fabrican como para quienes la consumen. Con la moda rápida pasa lo mismo, se bajan los precios para venderle a la gente pobre, para que no tenga excusa de no comprar y se genere una dependencia”, cuenta la diseñadora.

COMPRAR, USAR, REUTILIZAR

Comenzó a partir de una ingenua inquietud: las ganas de ver qué tenían en sus clósets el resto de las personas. Hoy, Feria Ferió es uno de los Marketplace más conocidos a nivel nacional con un catálogo de más de 80 mil prendas para su reutilización. “Mucha gente quería vender su ropa y participar. A mí me fue llamando la atención cómo había marcas de muy baja calidad que duraban menos que otras. En el camino nos fuimos dando cuenta de la cultura desechable que promovía el fast fashion y nos encontramos con que podíamos ser un actor muy relevante dentro del tema ambiental”, cuenta Martín Peñaloza socio fundador de la plataforma.

“Luego de que este año la Organización de las Naciones Unidas (ONU) calificara a la industria de la moda como parte de la ‘emergencia medioambiental’, se llegó a la conclusión de que para romper el círculo vicioso se debía cambiar la premisa de comprar-usar-desechar por comprar-usar-reutilizar. Eso es lo que venimos ejecutando con Feria Ferió hace más de cinco años”, cuenta Peñaloza sobre el sitio web que recientemente agregó una nueva métrica que entrega a los consumidores la información de cuánta agua ahorraron al comprar una prenda para ser reutilizada.

“Sabemos que tan sólo para confeccionar una polera de algodón se necesitan casi 3 mil litros de agua. Imagínate cuánto ahorras por comprar un outfit para que sea reutilizado”, agrega. Bajo este mismo principio de reutilización es que Paola Steck junto a su hermana Nicole crearon Chic Dress Proyect, el cual apunta específicamente a la reutilización de prendas de fiesta, las que son seguramente, las menos utilizadas de nuestros clósets.

“La gente se compra vestidos carísimos y los usa una o dos veces. Quizás se lo presta a una amiga o a veces hasta lo pierde. Nos quisimos centrar en el reciclaje en contrapostura al fast fashion, a la locura de fabricar y fabricar. Qué rico poder dejar el vestido para que otras personas lo puedan usar en vez de que termine en la basura”, cuenta Paola.

El incentivo a la reutilización del vestuario parece ser una alternativa efectiva. Sin embargo, frente a una industria que crece a nivel exponencial, con proyecciones de aumentar su mercado en un 30% para 2030, son los consumidores quienes pueden frenar a la industria, exigiendo mejores estándares y resignificando el valor de lo que compran. “No solo hay que volver a hacer productos de buena calidad, que sean respetuosos con el medioambiente y durables en el tiempo, también tenemos que volver a enamorarnos de la ropa”, concluye Sofía Calvo.