Si en los ’60 Jackie Kennedy deslumbró con un look pulcro y sofisticado, Michelle Obama (54) lo hace en la actualidad con elegancia y eclecticismo, lo que complementa con un carisma a toda prueba que ya quisiera Melania Trump, pero que para su desgracia, eso es algo que no se compra. Durante los mandatos de su marido, Barack Obama, Michelle se vistió con diferentes diseñadores estadounidenses, convirtiendo sus trajes en estratégicas propuestas políticas, ejemplo de esto fue la visita de Estado a China en 2014, donde utilizó prendas de Derek Lam, diseñador norteamericano de origen chino.

Igualmente, el compromiso con los valores que proclama —como el feminismo— la llevaron a escoger un vestido de la marca Milly para la pintura que le hizo la artista Amy Sherald, expuesta en la Galería Nacional de Retratos en Washington. La prenda —según cuenta Michelle Smith, la directora creativa de la firma— está inspirada en un “deseo de igualdad: igualdad en los derechos humanos, igualdad racial e igualdad LGBTQ”. En marzo, la obra tuvo que ser reubicada a una sala exclusiva por la alta afluencia de público que deseaba verla.

Es que Michelle mueve masas. Ya se da por seguro el éxito de su biografía, que será publicada en noviembre próximo. Además, está en conversaciones con Netflix para llevar a la pantalla la historia de su vida. Para la asesora de imagen Alejandra Bermúdez, ella es todo un ícono de estilo: “es elegante hasta con una polera blanca y un jeans porque tiene prestancia. Puede ser fácilmente la próxima candidata presidencial y ganar”. La ex primera dama ha sabido sacar provecho de su imagen, porque pese a su negativa para hablar de moda, no puede negar que su clóset guarda potentes argumentos para combinar política y estilo.